CUANDO EL PELIGRO NO ES CRUZAR LA CALLE

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Miguel Domínguez Palomares

Al otro la dado de la calle, bajo el débil relente de una sombra, observé a la joven. Había visto esos ojos antes. Su vestido blanco era un destello de luz brillante que potenciaba la oscuridad de su cuerpo. El sol acechaba por todas partes. De pronto caí en que sus ojos eran parecidos a los de la niña que había salido en televisión tapada con manta junto a la playa.

La joven, de unos quince años, hizo un gesto hacia un grupo de amigos que se encontraba justo enfrente. Los separaba una avenida repleta de coches. De pronto, se lanzó a cruzar la vía, pero no lo hizo sobre los peldaños del paso de cebra que le quedaban a unos treinta metros, tal vez no se percató de su existencia o simplemente lo ignoró.

Alguien, desde el otro lado, le gritó que no lo hiciera, pero ella lo hizo. Desde mi posición contuve el aliento. Imagino que no vio peligro. Supongo que no percibió que hubiera riesgo inminente pese a que el filo metálico del primer coche le pasó al lado; lo sorteó sin dejarse impresionar por el bufido cálido que le revolvió el cabello. Avanzó, descuidada. A mitad del trayecto dejó pasar a un camión que bramó enfurecido a su espalda. Finalmente, logró llegar a la acera burlando la embestida del autobús urbano.

Instantes después pasó junto a mí. Su rostro supuraba indolencia. Al momento, una mujer la nombró «¡Alika!», y ella, acudió a su encuentro. Le recriminó su desfile suicida, pero por el gesto que hizo me pareció que no entendió la intención ni las palabras. Me dio la impresión de que la chica no sentía que había hecho algo mal, se limitó a bajar la cabeza. Se aparto para reunirse con otros jóvenes que, como ella, vestían su misma piel, portaban su misma mirada y daban la sensación de haber recorrido caminos parecidos. La mujer les hizo un gesto y, todos, se subieron en una furgoneta en cuya puerta quedaba impreso el cartel “Centro de acogida”. Se marcharon a un destino desconocido. Los vi alejarse, pero en mi retina quedó congelada la imagen de Alika: un destello en blanco sobre fondo oscuro surcando la avenida.

¡Qué casualidad! ¡O no! Justo unas horas antes, había visto en las noticias un suceso que enseguida relacioné con el episodio que acababa de presenciar. Las imágenes mostraban el desembarco de migrantes en las costas españolas.

Al parecer, llegaron en un navío fantasma carente de velas y motor, tripulado por bucaneros sin alma, impulsado tan solo por el deseo y la inocencia de cincuenta pasajeros que se aventuraron a cambiar de vida en busca un mundo mejor. Viajaban de noche para no ser vistos, como sombras negras en la oscuridad.

El foco se centró en los despojos, desperdigados por la arena, del bote con el que iniciaron el viaje. Unos metros más allá, entre trozos de madera y astillas, cubiertos ya con fundas del color de la luna, yacían inertes los cuerpos sin vida que el mar, entre olas de plata, había devuelto.

Después, la cámara se giró para mostrar a los supervivientes. En sus miradas perdidas todavía quedaban restos de espuma, de arena y de gritos de agonía a los que le seguían un silencio atronador. Entre ellos había menores. Un primer plano se centró en una niña que lloraba lágrimas saladas. Se cobijaba bajo una manta roja que era incapaz de tapar su tragedia. Dijeron que tenía once años, que viajaba con su madre y su hermana, solo que éstas, descansaban inertes sobre la playa a escasos metros de ella.

El representante de una O.N.G. advirtió que en su mayoría estas personas huyen de sus países de origen. Nadie viaja por placer hacinado en una patera, concluyó.

Tal vez aquella madre y sus dos hijas, como algún día lo hizo también Alika, se armaron de valor para dejar todo atrás y se subieron en una de esas embarcaciones. Seguro que tuvieron una razón que las empujó a hacerlo, pese al riesgo. Quizás escapaban de un algún peligro, de un mal inminente. Puede que huyeran para evitar ser forzadas a casarse con alguien a quien no deseaban. A lo mejor, buscaban un paraíso en donde no ser condenadas por pensar o sentirse diferentes. Probablemente esa barca fuera el único salvavidas que les quedaba; era eso o resignarse a sufrir abusos sexuales, mutilación genital o ser obligadas a prostituirse. ¡Quién sabe!

Desconozco la cara del monstruo del que Alika y esa niña huían, como tampoco sé el rostro del que les espera aquí. Supongo que el riesgo les acechará en cada esquina y que el principal mal con el que se encuentren será la incertidumbre de saber que va a ser de ellas.

Dicen que el peligro es el riesgo inminente de que suceda algún mal.Ahora que lo pienso, es cierto que Alika no cruzó la calle por el sitio correcto, pero analizando la naturalidad con la que lo hizo y presuponiendo su pasado y su futuro, tal vez, cruzar la calle entre una jauría de coches no era, ni será, el principal de sus peligros.

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