COLORES DE OTOÑO. POESIA Y CIENCIA.

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

Poco a poco, las labores de vendimia van quedando atrás, los días acortan sus horas de luz, y las temperaturas comienzan a bajar gradualmente. El otoño llega con su alfombra marrón cubriendo las aceras y los campos, y el paisaje se puebla de tonos amarillos, pardos, rojizos y ocres como si un pintor impresionista, dando pinceladas a diestro y siniestro hubiese dado rienda suelta a la imaginación en el gran lienzo que es la naturaleza. Es para muchos la estación del año más bella, pero al contrario que la primavera que llega plena de pujanza y estallido de colores vivos, el otoño se va despacio, con discreción, en tonos pastel. Pero… ¿de dónde sale una paleta con semejante variedad de colores? Desde luego, la causa última es algo mucho más prosaica, es un asunto puramente hormonal. La ciencia, por su propia naturaleza es lo más práctico que hay, y la naturaleza obedece inexorablemente a un reloj programado genéticamente al que las causas medioambientales pueden alterar, hacer que adelante o atrase, pero que al final termina por imponerse.

Podemos tomar como referencia las viñas por aquello de que nos conciernen, nos tocan más de cerca, pero en términos generales se puede aplicar a todas aquellas especies vegetales que hemos dado en llamar caducifolias; es decir, que se les caen las hojas en otoño o en cualquier época desfavorable.

La vendimia, supone un gran estrés para la planta del que se ha de recuperar durante el invierno. La maduración de los frutos y su desarrollo han hecho consumir grandes cantidades de energía a la planta, y lo primero que hace como cualquier ser vivo es ahorrar energía dejando de llevar a cabo funciones que la consuman; una de ellas es cesar la fotosíntesis.

Despojadas del fruto, a la planta las hojas no le sirven y siguen requiriendo de grandes recursos. Las horas de luz con la llegada del invierno se reducen, y también la producción de clorofila que dota a las hojas de su característico color verde, por lo que se desprende de ellas, no las necesita. Es en este momento cuando tiene lugar lo que se llama “Abscisión”, y la planta sustituye la clorofila por los carotenoides y las antocianinas que van a dotar a las hojas de esa gama de colores que tanto nos fascinan. Las primeras dan tonos ocres y amarillos, y las segundas rojo y púrpura, conviviendo en la hoja todas juntas hasta que se seca, algo que termina de rematar una hormona llamada auxina que deja de fluir entre el tallo y el peciolo de la hoja, hasta que se hace quebradiza y por su propio peso cae o es arrancada por el viento.

¿Necesitan las plantas el frio? Todos los seres vivos; y las plantas lo son, están adaptadas al nicho ecológico donde viven y se desarrollan, de modo que en un clima tropical de abundantes lluvias temperaturas suaves y muchas horas de luz, las plantas no son caducifolias sino perennes, muestran un porte exuberante durante todo el año, pero no es el caso que nos ocupa donde el frio marca su ley a pesar del cambio climático.

Se estima, que en nuestras latitudes una planta ralentiza o detiene su metabolismo cuando las temperaturas bajan de 6 hasta -10º entrando en lo que se ha dado en llamar “parón vegetativo”. Durante ese periodo la vid restringe casi toda la circulación de la savia a las raíces evitando gastos innecesarios. Es el momento de preparar el suelo, y hacer las podas mecánica y manual ayudando a la planta a acumular recursos tan necesarios para el momento de la floración y posteriores.

 Son diferentes los estudios al respecto, y existen algunas diferencias según la latitud, pero podemos concluir que la viña tiene una especie de termostato con una temperatura marcada en rojo como el punto cero de su actividad: son los diez grados. Por debajo de esa temperatura la planta como venimos diciendo, ralentiza o detiene su metabolismo, y por encima de esos diez grados lo acelera, tanto es así, que se estima que un viñedo necesita unas 500 horas de frio, y que al menos ese frío ha de bajar de los cinco grados durante el tiempo suficiente para evitar una brotación pobre; tan pobre, que se calcula que la brotación de yemas estaría por debajo del 2% si así no sucediera. El frio también ayuda con las plagas matando muchos insectos, y algunos hongos parásitos Lo que no le viene bien a la viña son las heladas a destiempo cuando las yemas ya han asomado la cabeza.

Igualmente, la viña necesita horas de exposición al sol y temperaturas superiores a esos diez grados antes mencionados para que salte el “termostato” se desarrolle, y se produzcan la floración y la maduración de los frutos.

Dice un refrán: “En octubre siembra la tierra y cubre”. El campo, y todo lo que de él depende parece aletargarse y sumirse en un profundo sueño. Despojados de su librea, los arboles muestran su desnudez, y por doquier, las hojas son arrastradas al capricho de un vientecillo helado que arrebola mejillas e invita a buscar refugio solo o en compañía cerca de la chimenea, viendo como en el fuego se consume lo que se salvó del naufragio de la poda, y crepitan sobre la roja incandescencia los restos de lo que fueron antes colosos en la rivera de un rio, sombra amiga en medio del páramo, o el hogar de algún pajarillo en mitad del bosque. Es el momento de abrir una botella de vino, verterlo con respeto en una copa, y mirar a través del rubí los matices hijos de la tierra, reconocer los aromas, y esperar que la lágrima resbale lentamente por las paredes de cristal antes de incorporarlo a nuestra savia particular. Atrás, ha quedado la fugaz explosión de colores suavizados por el tímido sol de otoño al atardecer. La tierra parece dormida, pero por debajo, oculta a nuestra vista, se desarrolla una actividad frenética que llevará en primavera al renacimiento de la vida. Siempre ha sido así, y así será cuando nuestros huesos se reencarnen en un nuevo racimo de vida.

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas nuevas le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

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