AFRICA (Segunda parte). LOS MASAI

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

Si uno se documenta sobre el pueblo Masai, encontrará que son una tribu de pastores y guerreros nómadas que habitan mayoritariamente al norte de Tanzania y el sur de Kenia, por cuya frontera discurren trasegando sus ganados en busca de pastos según la época de lluvias. Un pueblo celoso de sus tradiciones, pero que ha sabido aprovecharse de la riqueza que el turismo aporta al país. Uno, tiene la imagen idealizada del masai armado con su lanza, y el cuerpo embadurnado del ocre de su tierra, dispuesto a enfrentarse cuerpo a cuerpo con un león, pero lo cierto, es que esos tiempos pasaron a engrosar la leyenda y en la actualidad, pueden ser desde un alto ejecutivo (los menos), a andar pastoreando (la mayoría) por el Serengueti, Ngorongoro, o cualquier lugar donde sus ganados encuentren sustento.

Las mujeres se dedican a “sus labores” y a la crianza de los hijos, amén de fabricar múltiples collares, estatuillas, pulseras y abalorios con los que después comercian contigo. Regateadores hasta la extenuación, pretenden que los dólares que se encuentran en tu bolsillo, pasen a la faltriquera que se encuentra bajo su colorida manta masai la cual constituye su seña de identidad en el vestir, y les hace visibles allá donde vayan, tanto en sus poblados como al borde del camino apacentando sus vacas, ovejas y cabras de las cuales se alimentan casi en exclusiva. Lo cierto, es que es un pueblo al que su forma de vida le impide integrarse en el desarrollo cultural y económico del país.

Como decíamos al principio, son guerreros y pastores encargándose los primeros de aumentar sus rebaños incluso robándoselos a sus vecinos. No tienen registros de nada parecido a nacimientos o defunciones, ni al parecer les hace falta. Las modernas formas de vida les han despojado de su libertad para pastorear por donde tengan conveniente, y se les ha desalojado de tierras que antes ocupaban, y que ahora forman parte de la red de parques nacionales.

Cabe señalar aquí, que en Tanzania existen unas 125 etnias diferentes cada una de las cuales tienen sus formas de vida propias, por lo que la gestión gubernamental de semejante diversidad es muy difícil. Según me contaba mi anfitrión en la penumbra de su choza, una choza en casi total oscuridad (no tienen ventanas, solo pequeños orificios) con las paredes cubiertas de barro y excrementos de vaca, y por cuyo suelo corrían inquietantes cuerpecillos (que no llegué a identificar) me contaba digo, que no consumen verduras ni frutas, o si lo hacen es ocasionalmente, siendo la carne y la leche mezclada con sangre la base fundamental de su sustento. Cuesta creer, que tan menguada pitanza garantice la salud de quien la consume, y por deformación profesional, durante las dos horas que estuve hablando con ellos fuera de la ceremonia turística que nos prepararon, me interesé por los problemas de salud que sufrían, contestándome que no padecían dolencias dignas de mención.

Al parecer, semejante milagro se debe a la gran cantidad que consumen de una infusión obtenida a partir de la acacia, árbol más que abundante en su entorno, y que, al parecer tiene propiedades profilácticas sobre una gran variedad de dolencias. Lo cierto, es que en un momento dado me presentaron al consejo de ancianos de la aldea; unos tipos de unos cincuenta y tantos años (los más viejos que he visto) y que francamente, no me parecían muy saludables. No es que yo sea Hércules, pero en caso de conflicto violento creo sin temor a equivocarme que me hubieran durado poco aun siendo mayor que ellos. Parece razonable pensar, que el medio en el que viven por más natural que sea no promueve la longevidad.

Las infecciones, la malaria y otras circunstancias, hacen que la esperanza de vida (por eso no vi ancianos) se acorte sensiblemente pese a las acacias, y jamás obtuve una respuesta concluyente acerca de sus ceremonias de enterramiento flotando en el aire la idea no confirmada, de que los cadáveres eran dejados en manos de la naturaleza para su gestión. Llegados a este punto, uno, se pregunta cosas que, a buen seguro ellos no se preguntan, tales como: ¿Hay registro de la propiedad?, ¿o de defunciones y nacimientos, y demás zarandajas del “primer mundo”? Francamente, lo veo improbable, y lo que es mejor, completamente inútil dadas las circunstancias ¡pero es que soy tan ignorante!

Según sus creencias, muy pocas personas son merecedoras de la vida eterna, y los cadáveres, generalmente, se dejan para que se los coman los carroñeros. Aun así, a veces los cadáveres de grandes personas son enterrados en una tumba a poca profundidad, con la cabeza inclinada hacia la casa, depositando en su lado hierba, un bastón y unas sandalias nuevas. Los “Laibon” reciben una tumba bajo una pila de piedras. Los creyentes, cuando pasan por el lado echan otra piedra. Nunca se habla de los muertos, y cuando se quiere hacer referencia a ellos, se utiliza un sinónimo o apodo. Como que se cree que una casa queda contaminada si adentro muere una persona, los enfermos que se han echado de casa son expulsados de la tribu y quedan en medio del campo para ser devorados por las hienas, aunque estén plenamente conscientes.

En el poblado, hay una escuela a la que acuden los pequeños masai atendidos por un maestro masai también, que entre otras cosas les enseña inglés. Y uno, puede imaginar las clases en mitad de la nada, donde desde el interior de una choza en penumbra, un puñado de niños descalzos, con ojos vivaces y ropas multicolores, gritan a coro lecciones en un idioma ininteligible para los ñus, las cebras y las jirafas que, desde su atalaya en la distancia, levantan brevemente la cabeza, escuchan, y vuelven a su sosegado pacer.

Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel

se representa a Caín

fugitivo, y muerto Abel,

junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,

que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil

va cantando la lección:

«mil veces ciento, cien mil;

mil veces mil, un millón».

Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de la lluvia en los cristales.

Con mi admiración para este pueblo que sobrevive a sí mismo teniendo un móvil por satélite en una mano, y la vara y la espada al cinto. Son, como otros tantos pueblos que no poseen más que la tierra que está bajo sus pies mientras viven, y cuya forma de vida incluso en África se da de narices contra el progreso. Es cierto que tiene una esperanza de vida muy corta comparada con la nuestra, pero gozan de ella con unos niveles de libertad que no somos capaces de imaginar en nuestro occidentalizado cerebro. No hay televisión, ni demás zarandajas tecnológicas…cuestión de prioridades.

Si a usted le dieran a elegir entre un Real Madrid Barcelona en el salón de su casa, o un largo paseo sin hora de llegada mientras observa cientos de ñus, cebras, jirafas, búfalos, elefantes y antílopes. Mientras escucha el ronco rugir del león o el chapoteo de los hipopótamos, y se abre ante usted la inmensidad de la sabana plagada de trinos ¿Qué elegiría usted?  Yo sí sé lo que elegiría.

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