AFRICA (Primera Parte)

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

Acomodé mis vapuleados huesos en el angosto espacio que KLM tiene reservado a la clase turista. Frente a mí, la pantalla interactiva mostraba en tres D el recorrido que me separaba de un sueño que se había ido fraguando en mi cabeza desde que era un niño.

Una especie de tumor benigno conformado a base de células de anhelo y esperanza: ¡Ir a África, y pisar el Serengueti! Esa posibilidad que ahora se antoja alcanzable, no lo era tanto para un muchacho de pueblo en los años cincuenta, pero las películas de Tarzán de niño, Mogambo y Hatari de joven, y los reportajes de la 2 en televisión después, han continuado alimentando y manteniendo vivo ese rescoldo que ahora estoy dispuesto a apagar; una deuda conmigo mismo que ya era hora de saldar.

Con sus uniformes corporativos, y sonrisa profesional, las azafatas repartían en ese caos de mantas, almohadas, y personas retorcidas en sus asientos, envases esterilizados con algo que llamaban cena. Todo aséptico, todo uniforme, todo previsto; la antítesis de lo que en unas horas iba a comprobar… el contraste entre dos mundos.

Tras tomar tierra en el aeropuerto de Kilimanjaro, y pasar los controles y trámites administrativos de rigor a los que tan aficionados son las autoridades de no importa qué país africano, verdaderos apasionados del sello y el impreso, del formulario y el uniforme, saludamos con el primero de nuestros “jambo” a los que iban a ser nuestros guías en los próximos días. Instalados en el Land Cruiser, emprendimos camino a nuestro primer lodge y para ello, transitamos por una de las escasas carreteras que pisaríamos en nuestro safari.

Las carreteras, son las arterias de la vida social del país. Como los corpúsculos de la sangre, miles de personas, animales, y las más dispares mercancías, discurren por ellas o sus cercanías; de modo que este primer capítulo, lo voy a dedicar a la carretera y a lo que desde ella se ve, que es mucho. No está en mi ánimo, decir a nadie qué, ni cómo tiene que hacer las cosas, pero si me aceptáis el consejo, contemplad las fotografías sin prejuicios a la hora de interpretarlas. Es relativamente fácil, caer en la misericordia piadosa y considerar a los protagonistas de las mismas como criaturas dejadas si no de la mano de Dios, sí al menos de la de la civilización y el progreso, lo que a nuestros ojos les convierte en desgraciados automáticamente.

Es cierto que su nivel de aspiraciones, no es el nuestro, pero tampoco son esclavos de una sociedad que exprime hasta la última gota a sus individuos. Hago aquí mías las palabras de Antonio Machado, y se las adjudico a todos y cada uno de los personajes que aquí salen:

Converso con el hombre que va siempre conmigo

Quien habla, solo espera hablar a Dios un día

Mi soliloquio es plática con este buen amigo

Que me enseñó el secreto de la filantropía

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

Así, es como entro en África, donde perdido en la inmensidad de la sabana, a kilómetros de ningún lugar, podemos ver a alguien caminando sin saber nunca de donde viene, ni donde va. Un lugar, donde nadie es importante, un lugar donde todo importa.

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