ZUACORTA

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

A caballo entre Daimiel y Villarrubia como todos sabéis, se encuentra Zuacorta, un paraje en el que se construyó el primer puente que cruzaba el Guadiana apenas unos centenares de metros después de su nacimiento. Desconozco el origen toponímico, aunque parece que el nombre viene de la (corta) estrechez en la que se situó en tiempos un azud para desviar el agua imagino que con finalidad agrícola. Pero Zuacorta para mí, tiene un significado mucho más allá, un significado vital en la más rigurosa acepción del término. Calderón de la Barca allá por 1635, nos proponía en su obra “La Vida es sueño”, la dualidad a veces contrapuesta entre el libre albedrio y la predestinación. Ciertamente, la vida a veces más que sueño, es pesadilla, y eso, una pesadilla, es lo que aconteció una mañana de verano del mes de agosto hace ya mucho tiempo.


Junto con el tío Ernesto como único adulto, habíamos acudido toda la cuadrilla a pasar la mañana junto al rio, y a disfrutar de la umbría que la vegetación de ribera, por aquel entonces una autentica selva proporcionaba. Todos en la cuadrilla sabían nadar…menos dos: mi primo Ángel y un servidor, que siendo los más pequeños, no habíamos aprendido entre otras cosas porque le teníamos mucho respeto al agua. Con el tío al frente, marcharon los mayores a bañarse en una parte del rio en que la profundidad era suficiente para cubrir las cabezas, dejándonos a Ángel y a mí, en un lugar en que supuestamente “no cubría”. El primero que probó fortuna fue Ángel que, desconfiado y asido fuertemente a la vegetación de la orilla se metió hasta la cintura… el siguiente fui yo. Todos los que conocéis el lugar, recordareis aquella especie de fango negruzco que cubría las orillas y que se metía entre los dedos de los pies.

También recordareis lo resbaladizo de aquella superficie, y podréis imaginar la precaución extrema con la que me acercaba al agua avanzando a pequeños pasos cual Chiquito de la Calzada. Lentamente, el agua fue cubriendo mis tobillos primero, luego las rodillas, y finalmente la cintura, pero en un intento de ir un poco más allá, resbalé en un pequeño talud e irremisiblemente fui engullido por el rio. Instintivamente contuve la respiración, pero sentí que caía hacia el fondo como una piedra; bajo mis pies el agua cenagosa, sobre mi cabeza, la claridad rodeada de árboles que asistían como mudos testigos a mi ahogamiento, entre medias el agua.

Es verdad, que en esos instantes todo pasa muy despacio, y llegué a tener conciencia de que todo se acababa, hasta que sentí como, surgida de la superficie, una mano tiraba de mí hasta sacar la cabeza fuera del agua y depositarme en la orilla a cuya vegetación, me agarré como naufrago a su tabla. Nunca tuvo nadie un nombre tan apropiado como el de mi primo aquella mañana. No sé qué hubiera pasado de no estar él allí, y si la vida es un sueño, tal vez hallé la muerte aquel día, o tal vez, como lo hacía el río unos centenares de metros más arriba, nací de nuevo, lo cual como manchego considero un privilegio ¡ahí es ná!, nacer en el mismo lugar que el Guadiana.


Pero Zuacorta, aparte de darme la muerte y la vida el mismo día, también me deparó momentos inolvidables de los cuales recuerdo dos con especial cariño.
Había cerca del puente un establecimiento, en el que tras una mañana de juegos acudíamos a apagar la sed con un vaso de “La Pitusa” con chorrito de vino blanco y… ¡Señores pónganse de pie!, unos cangrejos como en mi vida he vuelto a tomar. Nada de lo que pueda decir, hará justicia a aquel manjar del que solo puedo afirmar que debería haber sido patrimonio de la humanidad…Lo mismo, por cierto, que los tallos de la Churrería Alcázar y que las gambas con gabardina del Cortijo.


Recuerdo, cuando las primeras tormentas del verano descargaban su furia sobre la sedienta llanura que, acompañados del tío Ernesto y del tío Ramón, íbamos a coger caracoles a Zuacorta. La liturgia era siempre la misma: esperar a que ambos terminasen su trabajo, cenar, y a eso de las doce de la noche coger las linternas un par de cubos, y en el Simca 1200, hala al rio.

Pocas cosas le gustan más a un crio que salir armado con una linterna a descubrir los secretos de la noche, y el río a esas horas se convertía en un lugar mágico dando rienda suelta a la imaginación. Particularmente entrañable, me resulta el recuerdo de Ramoncico cuando, poco dado a doblarse por la cintura, nos advertía de la presencia de los moluscos –Mira niño, ahí hay uno.
Y por el camino pisaba seis o siete con las consiguientes risas. Cuando entre todos conseguíamos llenar medio cubo, llegaba el momento de apagar las linternas, y mientras en la oscuridad Ramoncico, intermitentemente iluminada de rojo la cara por la llama del cigarro, terminaba con el “Celtas Corto”, la mirada volaba hacia un cielo completamente despejado y de un azul oscuro intenso del que colgaban literalmente miles de estrellas.


Cada vez que la noche me sorprende regresando a casa después de pasar el día en Daimiel, aparco el coche o la moto en la cuneta, apago las luces, y durante un rato, bajo la bóveda de estrellas que me tocan en los hombros, dejo volar la imaginación al pasado y me convierto en el niño que murió, y nació el mismo día unos metros más abajo que lo hace el Guadiana.

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