DAIMIELEÑORUM REBUS Los pavos de D. Santos

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José Ignacio García-Muñoz

Serían las once de la mañana más o menos, cuando una piara de Meleagris gallopavo negros (Entre nosotros pavos de toda la vida) se encontraban haciendo el pavo, en la acera frente al Casino de La Armonía lugar al que les había llevado su dueño que tenía que hacer algún “mandao” en su interior. El pavo como de todos es sabido, es un animal que, aparte de quedar estupendamente en una bandeja por Navidad con el culo relleno de castañas, no tiene muchos más atributos si no contamos la terquedad, y ese aire de aristócrata venido a menos al que la evolución de las especies ha traicionado dotándole de una cara poco agraciada adornada por un apéndice colgante nada atractivo y muy lejos de su monárquico pariente el pavo real.

Como (No sé lo que opinaría Charles Darwin) una cara improvisada en el último momento. En evitación de que los pavos se dispersasen mientras resolvía sus asuntos en el casino, el propietario, requirió la ayuda de un zagal que por allí estaba, instándole a que echara un vistazo a los susodichos cosa a la que el muchacho accedió. Durante un par de minutos, los animalillos permanecieron agrupados hasta que el tedio y la falta de algo que echarse al pico terminaron por despertar su afán de aventura, y decidieron mover el moco por las proximidades.

Lenta pero inexorablemente, unos tomaron por Monescillo, al tiempo que otros lo hacían por la calle del General Espartero; y el resto, decidieron ver mundo por la plaza de España. Inquieto y viendo que la situación se le iba de las manos, el muchacho celoso de su encargo, sacó una onda y resolvió la desbandada cual CDR por las calles de Barcelona, a base de pedradas. Tan certera fue su puntería, que cuando el propietario de aquellos bichejos bajó por fin a la calle, no menos de media docena de ellos caminaba cojeando y el resto apenas se movían sin caer al suelo. Espantado, se acercó al muchacho que aguardaba recostado cerca de la puerta y le espetó: ¡Pero leche! ¿Qué les ha pasado a los pavos? A lo que el zagal encogiéndose de hombros al tiempo que se limpiaba la nariz con la manga de la camisa respondió: No lo sé, ¡Pos que habrán trompezao!

 Pensándolo bien, quizá aquí tuviera su origen el dicho “Eres más cachondo que un pavo al trote”

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