DAIMIELEÑORUM REBUS (Cosas de los Daimieleños)

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José Ignacio García-Muñoz

Son muchas las historias que se cuentan acerca de personajes que habitan en la noche de los tiempos de nuestro pueblo. Historias que han sufrido el letargo del olvido, y que en la medida de lo posible trataremos de rescatar del desván de la memoria, procurando en todo momento respetar los hechos tal como sucedieron. Es posible, que el filtro de la transmisión oral modifique sustancialmente algunos detalles, pero el fondo de la cuestión trataremos de respetarlo y ajustarnos fielmente a los hechos.

Deliberadamente, y con el fin de no herir susceptibilidades omitiremos los nombres de los protagonistas que no hace tantos años, poblaban las calles y los campos de nuestro querido pueblo. Años de ventanas abiertas en las casas bajas a través de las cuales veíamos la televisión de los privilegiados que la podían pagar, en las que además de los telediarios, se podían ver las faenas de “El Viti”, y a la selección española de fútbol que Matías Prats padre con sus inefables gafas negras retransmitía con tan apabullante despliegue de datos. La primera de las historias tiene relación con el choque entre dos iconos de la vida rural, y que transformaría a la postre toda una forma de vida. Me estoy refiriendo a la confrontación entre las máquinas y los seres vivos; en este caso, entre una mula y una moto.

En esa época, la moto no era el vehículo de ocio en que se ha convertido actualmente. Era un vehículo más utilitario que otra cosa, bien como herramienta de transporte al trabajo, o bien con fines militares o de orden público, siendo la utilización para ocio secundaria y el deportivo cosa de locos además de caro. Recuerdo perfectamente como durante esos años, convivían las bestias de carga (mulas y borricos) con las “amotillos” utilitarias. Compartían los caminos de las viñas en nuestro Daimiel, las Derbi Antorcha o las Guzzi Hispania con los carros y con las mulas y sus serones cargados. Esta convivencia generalmente pacífica, podía trocarse en violenta si la mula o el borrico, pegaban la “espantá” al escuchar el escape de una de aquellas chicharrillas pilotada por el gañán de turno acercándose a “tó lo que daban”.

El animal, coceaba a troche y moche intentando alcanzar el origen del ruido, y dando las más de las veces con el “piloto” de la mula en el suelo, circunstancia ésta, que no contribuía a apaciguar los ánimos. Cuentan que una tarde de verano, después de la puesta de sol, cuando el calor manchego empieza a dar tregua y las chicharras amainan en su monocorde canto, un gañán montado en su mula, regresaba por la linde de una viña camino del pueblo después de una dura jornada de labor, cuando a su espalda, escucho acercarse a toda velocidad a un zagal montado en su Bultaco Lobito. No vamos a dudar de las cualidades todoterreneras de la Lobito, pero sería un error despreciar las de una mula en buenas condiciones, y como el camino no era muy ancho y el animal con sus serones ocupaba casi todo el espacio disponible, el de la moto, intentó un adelantamiento límite emparejándose con la acémila (Como Márquez y Rossi al final de recta) para disputarle en una frenada de infarto el palmo de terreno necesario para adelantar en un lugar donde el camino se ensanchaba ligeramente.

En ese momento, aprovechó la mula para tirarle un “bocao” a la cabeza que dio al traste con la maniobra, y terminó con la Lobito y su piloto por los suelos. Con toda la flema que solo un manchego es capaz de exhibir en semejante situación, el piloto de la mula exclamó: ¡Sieja muuuuula que no haces más que galguear!

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