HORIZONTES INFINITOS. DÍA DEL LIBRO 2.026

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Manuel Molina

Desde hace años escribo para sacar un mundo que habita dentro de mí. Que me grita desde lo más profundo y cuando sale, a través de las palabras, encuentro el sosiego. Es una vocación que apareció cuando más desorientado estaba y desde entonces ha otorgado sentido a mi vida. Sin embargo, estoy seguro que podía pasar los años sin escribir una sola línea, pero jamás sin leer. Decía Borges “soy los libros que he leído” y yo me aferro a esta idea. Sin las horas que he pasado leyendo caería en un mundo gris, predecible y llano al que llamamos realidad. A través de los libros he podido viajar en el tiempo y el espacio, vivir amores imposibles o ser parte de las más arriesgadas aventuras. He acompañado a la familia Buendía en sus cien años de soledad, he vivido la metamorfosis de Gregorio Samsa y luchado contra Richelieu por las calles oscuras de París.

A través de los libros he sido mil veces yo y esto ha alimentado mi mundo abriéndolo hasta horizontes infinitos. Aquel que se enamora de la lectura una sola vida no le basta. Las novelas me han ayudado a comprender mi entorno, me han hecho crítico y me han dado la capacidad de debatir para no tragarme cualquier piedra que se lanza a través de las pantallas en nuestra sociedad actual. Mis manos se convertirían en arena si los libros dejasen de existir.

Pero sobre todo he entendido que aquel que lee es capaz de encontrar un mundo nuevo en las palabras. Sumergirse en la ficción, y créanme, cuando alguien se adentra en este universo es incapaz de abandonarlo. Es cierto que nuestros tiempos se han vuelto frenéticos y que el “cerebro de cristal” que llevamos todos en el bolsillo combate fuerte contra la calma y concentración que requiere la lectura. Pero una vez que abrimos un libro, comenzamos a caminar entre sus páginas y llegamos a la palabra FIN, no cabe la menor duda de que encontraremos un premio. El premio de habernos enriquecido y transformado. El premio de llevarnos a esos personajes y escenarios para siempre.

Desde el principio de los tiempos las grandes construcciones terminan por agrietarse. Los muros caen. El reloj de arena desgasta incluso aquello que parecía invencible. Pero hay algo que permanece de otro modo: las palabras. Shakespeare sigue vivo en sus versos, en la voz de Hamlet y en el veneno de Romeo y Julieta. Cervantes no ha dejado de cabalgar un solo día al lado de su loco admirable, y García Márquez continua recordándonos que estamos hechos de memoria y relato. Si dejamos de leer, si dejamos de contarnos historias, el mundo se nos irá secando por dentro.

William Faulkner afirmó que “Lo que hace la literatura es lo mismo que una cerilla en medio de un campo en mitad de la noche. Una cerilla no ilumina apenas nada, pero nos permite ver cuánta oscuridad hay a su alrededor”. Celebrar el Día del Libro es, en el fondo, poner de manifiesto esa llama humilde que no hace ruido, pero que nos permite ver. Ver una página abierta en mitad del cansancio. Ver una historia que nos salva de la prisa o una voz lejana que, sin conocernos, nos entiende y nos refleja.

Feliz día del Libro

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