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Eva Jiménez Loro
Hay días en los que una se pregunta para qué sirve todo esto. Para qué sirve organizar actividades a las que quizá no vaya demasiada gente; para qué sirve dedicar horas a preparar algo que durará apenas una tarde; para qué sirve intentar mover cultura, ocio o creatividad en un lugar pequeño donde, muchas veces, parece que todo está ya decidido de antemano… Hay días en los que parece más fácil rendirse, mirar hacia otro lado, irse a otro lugar o simplemente limitarse a sobrevivir. Y, sin embargo, hay personas que siguen haciendo.

Proyecto Glitch#13, por Alberto Peral y Eva J.L.
Personas que montan mesas y escenarios mientras otros todavía duermen, personas que pasan semanas preparando eventos que quizá solo recuerden unos pocos, personas que invierten tiempo, energía, ilusión, trabajo y muchas veces dinero en proyectos que no garantizan absolutamente nada, personas que crean asociaciones, espacios culturales autogestionados, talleres, actividades, conciertos, encuentros o pequeños espacios donde todavía pueda pasar algo humano.

Inicio del proyecto Sindical Espacio 13
No suelen ser las personas más visibles, y tampoco las más reconocidas. De hecho, muchas veces ocurre justo lo contrario: quien intenta hacer cosas acaba más expuesto a la crítica que al agradecimiento. Porque construir siempre es más difícil que opinar. Y cuidar algo siempre desgasta más que consumirlo. Pero, aun así, hay gente que insiste. Y creo que eso dice mucho de un pueblo, y aún más de esas personas.

La Granja Festival, festival con sello daimieleño
Vivimos en una época extraña. Nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había parecido tan difícil conectar de verdad con los demás. Consumimos imágenes, vídeos, noticias y opiniones a una velocidad absurda, pero cada vez cuesta más encontrar espacios reales donde sentirse parte de algo. Espacios donde poder existir sin estar produciendo constantemente, sin competir y sin demostrar nada. Por eso cada vez me parece más importante todo aquello que nace desde lo pequeño, desde el alma.

Puerta de Hades (desde 1999) este año cumple 27 años en Daimiel como asociación juvenil y cultural
Las asociaciones culturales, los grupos de teatro, los talleres, las actividades juveniles, la gente que enseña folklore, los artistas locales, los espectáculos diferentes… Las personas que organizan cosas casi por pura necesidad emocional, aunque no lo llamen así. Porque al final no se trata sólo de ocio. Se trata de crear lugares donde alguien encuentre amigos, donde uno pueda habitar emociones sin culpa. Donde una persona tímida se atreva a hablar. Donde alguien descubra una afición que le haga sentir menos solo. Donde un adolescente encuentre un sitio en el que no tenga que fingir quién es. Donde alguien pueda emocionarse o sentir, y vuelva a casa pensando que, aunque haya sido por unas horas, el día ha merecido la pena. Y eso, aunque a veces no lo parezca, también cambia vidas.

La Escuela Local de Folklore bailando junto a Karmento y Vermú en el VID Festival
A menudo hablamos de los pueblos únicamente desde la nostalgia o desde el problema. O bien se idealiza todo como si antes viviéramos en una especie de paraíso perdido. Incluso a veces se habla de ellos como lugares condenados al envejecimiento, la monotonía o la falta de oportunidades. Pero los pueblos son mucho más complejos que eso.

La Fiesta de la Vendimia de FEDADA reúne a más de mil personas cada año
Pueden ser lugares acogedores y asfixiantes al mismo tiempo. Lugares donde existe cercanía, pero también miedo a ser diferente. Donde hay apoyo mutuo, pero también juicio constante. Donde muchas personas sienten que tienen que marcharse para poder convertirse en quienes son realmente. Y, aun así, hay quienes deciden quedarse, volver o simplemente intentar aportar algo desde aquí. No porque sea fácil, ni porque dé prestigio. Muchas veces ni siquiera porque dé estabilidad o seguridad profesional, todo lo contrario.

El Meister en La Casa Con Ruedas, sala con programación constante de conciertos
Se quedan o vuelven porque existe una necesidad profundamente humana de construir algo que tenga sentido. De dejar una huella, aunque sea pequeña. De hacer que el lugar en el que vivimos sea un poco más amable, un poco más vivo y un poco menos frío para quienes lo habitan y para los que vienen detrás.

Muestra de los talleres de teatro de Aníbal F. Laespada
Yo no sé si escribir sirve para cambiar grandes cosas. Probablemente no. Pero sí creo que sirve para observar, detenerse, mirar aquello que normalmente pasa desapercibido, poner palabras a ciertas emociones colectivas que muchas veces sentimos, pero casi nunca expresamos. Y quizá por eso he querido empezar de esta manera aquí en este espacio de comunicación.

No desde la polémica ni desde la necesidad de convencer a nadie, sino desde algo mucho más sencillo: la intención de hablar sobre las personas, las contradicciones, lo humano, las emociones, y las pequeñas cosas que construyen la vida de un pueblo para hacerlo grande.

Fragmento del Baile de Ánimas de la A.F. Virgen de las Cruces
De lo bueno y de lo incómodo; de lo que nos une y de lo que nos distancia; de quienes intentan crear belleza, espacios seguros o cultura incluso cuando parece que todo invita al cansancio o al cinismo.

Brujas Festival, otro festival con impronta daimieleña
Porque quizá un pueblo no lo definen solo sus calles, sus tradiciones o sus edificios. Sino las personas que, pese a todo, siguen intentando hacer cosas bonitas para los demás y cuidado a través de lo que crean. La gente que sigue apostando por reunir a otros en tiempos donde cada vez parece más fácil encerrarse en uno mismo.
Quizá un pueblo se define, sobre todo, por las personas que todavía se niegan a dejar que todo se vuelva gris, y hacen que esto valga de algo. Porque, como dice Viva Suecia, hay que hacer que merezca la pena, y que nos cuelguen por no condenar el amor de la clase que sea.

Por ti; por ella.
