RECUERDOS CON DULCE SABOR

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Paki García Velasco Sánchez

Cómo todo el mundo sabe, cada jornada es un Día Internacional de alguna o de varias cosas: “día del huevo, día de los gatos, día de las librerías” etc…, pues hoy precisamente y echando un ojo a los susodichos días internacionales, he visto que el pasado 11 de octubre, se celebró el Día Internacional de la Niña.

Según he leído, la iniciativa de incluir en el calendario universal un día para las niñas, fue promovida por la organización no gubernamental ONG Plan Internacional en el año 2009 con presencia en varios países del mundo y lo hizo a través de su campaña internacional: «Por ser niña», enfocada en acabar con la doble discriminación que sufren millones de niñas en todo el mundo por género y por su edad.

Esta celebración, se viene festejando desde el año 2012, fecha que la ONU designó para dar a conocer los problemas a los que muchas niñas se enfrentan, y de esta manera promover sus derechos.

Pues resulta que, al ver el nombre de este día internacional en cuestión, (NIÑA), se me ha venido a la cabeza aquel chicle que más de una de nosotras (y porque no decirlo, seguramente alguno de vosotros también) habremos masticado en nuestros años mozos, porque vamos a ver, que levante la mano quien no recuerde aquellas chuches de su niñez y adolescencia, las cuales, a veces recordamos con mucha añoranza porque ya no existen…seguro que somos muchos, ¿verdad??

Pues hoy quiero rendir un pequeño homenaje a algunas de esas chuches que han pasado tanto por mi vida como por los de mi generación, endulzándonos así, un poco más, aquellas tardes del finde cuando, después del obligatorio paseo que dábamos entre charlas y risas por el centro del pueblo (osea, el parterre, la plaza, San Pedro y vuelta a empezar), íbamos con nuestras pesetillas a los puestos que había en la plaza a gastar la asignación semanal.

Muchos somos los que recordamos aún, aquellos puestecillos que se colocaban en el portal de la plaza y que tan acogedora hacían la atmosfera sobre todo en los fríos y lluviosos inviernos que por entonces teníamos, y que, aunque cayeran chuzos de punta como vulgarmente se dice por aquí, no faltábamos a la cita dominical con ellos para comprar las chuches semanales.

Por citar alguno: el de la Tere y Juanma, el del manco, el de la María, el de Blas (Q.E.P.D) etc…

Por hablar de alguno de los antes mencionados, decir que los primeros eran vecinos de calle míos y aún recuerdo cuando sacaban el puesto por las portadas de su casa, iba cargado de todo lo que te podías imaginar y mucho más; asimismo se me viene a la cabeza verlos acarrear todos los días varias veces, aquellas enormes espuertas llenas de chufas, pitos o altramuces, las cuales, vendían luego a granel dentro de pequeños capiruchos fabricados de periódico o revistas. Por si no lo sabéis, quiero decir que todas estas cosas llevaban muchísima preparación con cambios de agua durante toda la semana, hasta que al final los cocían en una olla grandísima y así quedaban listos para su consumo, por cierto, una vez que los tenían guisados ¡que ricos estaban!

Y si hablamos de Blas, el bueno de Blas, ¿Qué decir de él?, tan solo que era una bellísima persona y que siempre te recibía con una sonrisa y con palabras agradables. Blas aparte de ponerse en los portales de la plaza, también situaba su puesto enfrente del Teatro Ayala, sobre todo los domingos por la tarde a primera hora, coincidiendo con la sesión de cine en donde era habitual ver su puesto a rebosar por los cuatro costados con toda la chiquillería que poco después pasábamos a ver las pelis de turno dedicadas a nosotros, los niños.

Pero vayamos al lío, y como no puede ser de otra manera, comenzamos este dulce recorrido con el susodicho chicle, el de Niña, un chicle que apareció en los años 70 y que hizo la delicia a más de una de nosotras, porque aparte de su sabor, laaaaaaaaargo sabor e inmensas pompas que se podían hacer con él, también nos hizo coleccionar aquellos álbumes tan chulos que te regalaban para los cromos que venían dentro de su envoltorio, cromos que eran de papel encerado, los cuales traían vestidos de mujer de diferentes épocas en la historia y que había que recortar y pegar en las modelos que había dentro de sus páginas…¡me encantaba!!.

Y ya que hablamos de chicles, tampoco me quiero dejar algunos de los de entonces, porque otra cosa no, pero chicles sí que he rumiado yo, anda que no me gustaban en todas sus formas y sabores, con el añadido de que como muchos de ellos traían cromos coleccionables para los álbumes que nos regalaban al comprarlos, ¡pues era la pera!!

De entre todos los que había quiero resaltar los de Cheiw, que esos sí tenían sabores para elegir y todos buenísimos, pero si tuviera que escoger uno solamente, me quedaría con el de canela mentolada, madre mía, ¡era tremendo!! que sabor, que textura mmmmm…lástima que los dejasen de fabricar.

Luego vinieron otros, como aquellos de Bam Bam, a este le pasaba lo mismo que al de Niña, que tenía un sabor largo y hacía unas pompas tremendas (pompas que a más de uno nos explotaron en la cara jajaja); más anterior a estos estaba el de Cosmos, un chicle de color negro y con sabor a regaliz, ¡estaba buenísimo!!, (yo lo compraba en los recreativos que se encontraban en la calle Fontecha y los sacaba de una máquina expendedora que tenían colgada en la pared).

Pero si hablamos de chicles con una larga trayectoria, los que se llevaban la palma eran los Bazooka…josusssssssss, ¡esos eran lo más!!! tenían un sabor buenísimo, aunque los últimos que me eché a la boca casi me joroban los “piños” al no poder roncharlos bien, ¡madre mía lo duros que estaban! (los saqué en la feria con la escopetilla de plomos y se ve que estaban un poco resequillos y difíciles de masticar jajaja). También recuerdo aquellos que parecían un cigarrillo y eran de fresa, otros que eran sabor a plátano, a melón, y como no, el kilométrico Boomer o el famoso pintalabios que te ponía unos morros tan coloraos que parecías un besugo jajaja…ah, y no me quiero olvidar de las bolas de chicle, esas pedazo bolas que casi ni te cabían en la boca y que llevaban pica pica por dentro.

Después estaban los anisillos de colores, los cuales venían metidos en envases de varias formas: botijillo, lupa, muñeco, sifón, chupete raqueta, sonajero etc… había una buena colección donde elegir. Luego estaban aquellos rollos de regaliz rojo o negro que en el centro traían un caramelillo, o los peta zetas que te los echabas a la boca y parecía que tus dientes estaban disfrutando de un espectáculo pirotécnico por el jaleo que llevabas dentro de los morros jajaja; también el PitaGol, los Palotes, las gominolas multiformas, las nubes ya fuesen naturales o bañadas en chocolate, los Chupachups normales o de Koyak, (estos con su chicle de fresa por dentro), las bolillas de anís, los caramelillos Sacis, los Sugus, los de nata, los de café con leche, de cubalibre etc…eso sí, para caramelo caramelo, ¡el padre de todos ellos!, porque seguro recordaréis aquellos que tenían dibujada en su envoltorio a la Virgen del Pilar y eran enormes, Adoquines creo que se llamaban, jolín, esos eran inacabables, ¡pedazo bichos!!. Y antes de terminar con este apartado, no se nos pueden olvidar los que eran un agujero rodeado de caramelo, los Chimos, ¡faltaría más!!, ni tampoco los Pez con sus bonitos estuches terminados en una cabeza ya fuese de animal o persona, la cual tirabas de ella para arriba para poder sacar los caramelos que traían o para rellenarlos de nuevo con sus múltiples recambios, y que, si no eras un poco mañoso, se te “espanzurraban” por todos sitios a la primera (doy fe de ello). Después estaban las pulseras fabricadas con caramelillos a los cuales ibas arreando mordiscos desde que te los colocabas en la muñeca, o aquellas largas tiras de caramelos ácidos rellenos de pica pica.

También estaban las cosas salaillas como las bolsas de gusanitos Risi (que recuerdo costaban un duro), ¡casi ná!, las pajitas de la misma marca y que eran más caras, 15 pesetas nos pedían por ellas pero que ricas estaban, y como no, los kikos y las pipas, porque la de pipas que habremos pelado sentadas en aquellos bancos de piedra tan típicos de nuestro pueblo, madre mía, lo que nos cundía, iba una bolsa tras otra.

Pero claro, si no querías ni una cosa ni otra, también contábamos con la opción del pastelillo de turno, y ahí es cuando entraba en juego la bollería industrial (se me hace la boca agua solo recordarlos): Phoskitos, Tronquitos, el Tigretón, la Pantera Rosa, el Bollycao, los Donuts o sencillamente, los cuernos de chocolate, (estos dos últimos por entonces los vendían a granel, sin envoltorio)

Y ya puestos a recordar y si nos metemos en plena época estival, ¿Que me decís de los polos en el verano?, pues sencillamente que estaban de vicio todos; sobre todo aquellos que eran de cosecha propia y fabricaban Helados Castellanos, y hablar de estos helados es rememorar todo el abanico de posibilidades que nos ofrecían, a cada cual mejor y más exquisito: esos coyotes que bien ricos estaban, sobre todo los de dos sabores, esas conchas, los bombones, los sándwich, los helaos de corte que si tenías suerte y dinero podías pedirlos dobles; esas macetillas de una o de dos bolas y que con maña y la cucharilla de colores que te ponían en ella, metías las susodichas bolas de “helao pa dentro”, para después arrearle un mordisco a la macetilla en los bajos y comértela absorbiendo, haciendo así que se juntaran ambos sabores del helado y que si no andabas listo, aquello se empezaba a derretir y te chorreaba poniéndote toda perdida, y entonces ale, ¡a lavarte en los chorrillos de agua de la Manola!! jajaja.

Ah, y no olvidemos lo más sencillo como eran aquellos polos de hielo de mil y un sabor que tan buenos estaban y que al principio fabricaban de forma redonda, ¡que ricos estaban todos!

Y ya para terminar este lote, también mencionar los granizados u horchatas que nada tenían que envidiar a los de Valencia, ya que tenían un sabor increíble… que ganas de que llegase el finde para tener algo de dinerillo e ir a por alguna cosa de las que he dicho antes, daba igual cual fuera, todos estaban deliciosos… ¿los recordáis?

Y aunque sé que muchas chuches se me han quedado en el tintero, (nombrar todas sería imposible), esto es lo que ha dado de sí el chicle Niña, por lo que, después de haber dejado a nuestras caries bien contentas con este banquete de rico y dulce sabor y a nuestras neuronas llenas de nostalgias de la niñez, cierro el capítulo por hoy diciendo que crecer no consiste en olvidar la infancia y adolescencia…tan sólo dejarla atrás.

¡Un brindis por esas niñas que un día fuimos y que aún viven dentro de nosotras!!

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