CRONICAS DEL BARRO

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

El nivel primitivo del suelo queda un metro por debajo de nuestros pies. Después de unos días el barro se ha endurecido, y donde antes bastaba empujar con la pala o el rastrillo para retirar el barro, ahora requiere repetir una y otra vez el mismo ritual: pico o azadón para ablandar el terreno, cargar con la pala la carretilla, sacarla fuera de la parcela al borde del barranco donde se acumulan toneladas de barro seco, y vuelta a empezar.


Estamos con David, un joven ingeniero industrial que desarrolla su profesión en Hamburgo, pero que ha tenido que venirse para echar una mano en la casa de sus padres situada a escasos metros del barranco, un barranco que hace unos días se desbordaba arrasando todo lo que encontraba a su paso cubriéndolo con una costra de barro.


-Mi madre estaba sola en casa cuando empezó a llover, y en pocos minutos el sonido de la lluvia se convirtió en estruendo. el agua llevando en sus entrañas ramas, muebles, coches y cuantos objetos encontraba a su paso, golpeó con furia contra las paredes, puertas y ventanas, y de pronto el nivel de agua dentro de la casa empezó a subir tanto, que mi madre cogió el teléfono y nos escribió un mensaje despidiéndose de nosotros mientras veía flotar sillas, cacerolas ,y los paltos de la cena .Saltaron los fusibles y se quedó a oscuras esperando el final mientras aquella marabunta hacia saltar los cristales de las ventanas buscando una salida por el otro lado de la casa; menos mal, que un vecino se acordó de ella y consiguió rescatarla en el último momento. Al salir al exterior, mi madre pudo comprobar como el coche familiar, un Ibiza rojo que estaba aparcado en la puerta, había saltado por encima de la valla y corría rio abajo arrastrado por la corriente.


En algún caso desgraciadamente, han sido personas las que han sufrido la furia de la naturaleza, y han pagado con su vida el hecho de encontrarse en el lugar equivocado en el momento equivocado.


Un par de casas más abajo, a una vecina ya mayor, le cayó un armario encima tirándola al suelo y quedando aprisionada debajo. No le rompió ningún hueso, pero no podía quitárselo de encima ella sola, y mientras, el agua seguía subiendo de nivel. Al estar en el suelo, hubieran bastado cuarenta centímetros para que se hubiese ahogado, menos mal que alguien acudió en su ayuda y la sacó de allí.


Hoy el sol aprieta, y tras una parada para beber agua y descansar un poco, volvemos a picar, cargar, y vaciar la carretilla fuera.


-Las máquinas no pueden entrar todavía, y aparte de eso, las pocas que hay están trabajando en zonas comunes como el consultorio, el polideportivo o el colegio. Teníamos un campo de futbol con césped artificial que ha desaparecido literalmente, no hay rastro ni de las porterías.


Mientras, el barro se endurece convirtiéndose en un amasijo, en una gigantesca croqueta rellena de mesas, sillas, ladrillos, una valla de brezo y alambre entera, macetas, bicicletas, algunos juguetes de los niños, y sepa Dios que sorpresas más contra las que el azadón tropieza de vez en cuando.


-Si el gobierno declara esto zona catastrófica, los que tenemos algún seguro podremos recuperar parte de lo perdido, pero los hay que no van a poder recuperarse en mucho tiempo si es que lo hacen.


Ya sé, que muchos piensan que no deberíamos haber construido tan cerca del barranco, pero las licencias son legales, y aquí no había llovido nunca de esta forma…Quizá hemos pecado de soberbia y minusvalorado a la naturaleza no sé.


Poco a poco, el sol se va poniendo y las máquinas cesan en su incesante trajín, las luces del pueblo se van encendiendo y una extraña calma se apodera de este lado de la carretera. En silencio, como zombis, algunos propietarios continúan sacando de sus casas trastos que el agua ha dejado inservibles. Enderezo mis riñones, me retiro los guantes de trabajo que están rígidos por la humedad del sudor, mientras mi compañero, me rocía con una manguera el barro adherido a las irreconocibles botas. Una última mirada al trozo de terreno donde he estado trabajando me dice que apenas he conseguido que se note mi esfuerzo…Dejé de contar cuantas carretillas sacaba cuando pasé de la treintena, no tenía mucho sentido. David que se queda un rato más, me agradece la ayuda al tiempo que saluda con la mano subido a un montón de escombros. Arranco el coche y paso entre casas que acumulan en la puerta los restos de lo que hace una semana eran los muebles de un comedor, de una cocina, o un dormitorio, sus propietarios levantan la vista, y me miran con curiosidad; tal vez sea alguien del seguro o alguna autoridad que está evaluando los daños, mientras me alejo veo por el retrovisor como enseguida vuelven a su faena, todavía queda algo de luz y hay que aprovechar. Mañana será otro día.

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