HIJO DE PUEBLO

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Manuel Molina


Ahora que las grandes avenidas y los edificios se ven en un horizonte muy cercano busco un momento de silencio en la azotea. Desde aquí observo con ojos lentos los tejados naranjas y las calles chatas que se retuercen. Los alambres para tender la ropa brillan a la hora en la que el sol comienza a bajar y el ruido de los coches parece detenerse. Una bandada de palomas vuela en círculo sobre las chimeneas apagadas. Frente a la barandilla donde me apoyo aún siguen los carteles amarillentos de aquellos helados de la infancia. El rótulo de la tienda de barrio resiste al paso de los años y el poyete donde abría los sobres de cromos parece ahora una pieza diminuta de dominó. Las hojas del calendario se han arrancado a una velocidad vertiginosa y ya no hay nuevos cursos en septiembre. A pesar de ello, siempre regreso a aquellos veranos donde mi dedo señalaba el Frigopie con veinticinco pesetas, al niño de pantalones cortos y zapatillas de tela. La vida en la calle, salir al fresco, los partidos interminables de fútbol con un balón deshilachado y la merienda de Nocilla. La certeza de que los mandiles que nos miraban desde las ventanas eran como satélites vigilantes y a la vez mujeres que nos protegían de cualquier mal. Son tiempos que he tomado como una patria a la que regreso, un destino en los días de adulto que pasan como látigo por mi espalda.

La chimenea de la Pitusa refleja la última luz dorada que deja un sol de primavera. Es como un obelisco dedicado a los años de mi niñez. Una torre erigida en el corazón de mi barrio con un rayo tatuado. Un rayo que formó parte de mis fantasías y de las historias que contábamos de camino al colegio Calatrava. Como aquella vez que nos dijeron que abrirían una calle donde estaba una vieja casa. Nos imaginamos la fachada abierta con un agujero y a través de las habitaciones un laberinto por el que cruzar, parecido al túnel de Alicia en el país de las maravillas. Así es la imaginación de un niño que nada tuvo que ver con los fríos dientes de la excavadora.


Las casas que miro bajo mis pies están cuarteadas y los carteles de “se vende” figuran como una plaga de insectos en las rejas de las ventanas. Hace muchos años que la calle fue quedándose huérfana de aquellos vecinos que parecían familia. Que barrían la acera a primera hora de la mañana y bajaban con el monedero bajo la axila a esperar la compra del pan. Siempre seré un hijo de pueblo, un niño que agarrado al manillar de su bicicleta buscaba nuevos caminos a través de los campos de amapolas y viñas. Que corría por la vía del tren y soñaba con conocer a los inquilinos de la casa de los franceses. El barrio se ha ido quedando huérfano de niños, ya no los veo correr por la calzada y llamar a los timbres en la hora de la siesta, con la mochila a cuestas para acudir a la piscina municipal. La cal que se desprende de las fachadas es como hojas de una novela que va pasando y que a la vez tiñe mi cabello de canas.
Antes de volver a las habitaciones y cerrar la puerta de chapa de la azotea recuerdo la estrofa del poema “Ítaca” de Cavafis y siento la certeza de seguir caminando y buscando nuevos puertos que me enriquezcan. Como diría el poeta, llegar de nuevo a estas calles será mi destino, pero antes es necesario con la mayor de las voluntades alzar las velas y continuar el viaje. Soy un hijo de pueblo, y cuando de nuevo el cielo parezca caerse entre los grises edificios y las inmensas carreteras, quizás en una cafetería perdida volveré a mi patria, aunque solo sea un instante.

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