EL PATIO

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

Mi infancia son recuerdos de un patio de Daimiel, y un huerto soleado donde tres higueras compartían el silencio…

Quiero hoy, al hilo de los versos con que Antonio Machado abre Campos de Castilla. Quiero decía, recordar aquél espacio en el que la tarde se detenía a hablar con golondrinas aviones y vencejos, y donde los gatos caminaban distraídos por el lomo de la pared de barro, rota su blancura por mil y una pequeñas heridas por las que sangraba el rojo adobe.

Aquellas tardes interminables de septiembre cuando los gorriones más prudentes que un servidor, echaban la siesta, y no se atrevían a surcar el espacio sofocante que separaba las blancas paredes que cercaban aquél coso pavimentado de piedras, que a veces, tan dolorosos recuerdos dejaron en nuestras infantiles rodillas cada vez que nuestro corcel de desvencijadas ruedas, desafiaba las leyes del equilibrio. Unas piedras, a las que no conseguían herir ni el paso de los años, ni las pesadas ruedas de los carros camino de la báscula después de traspasar el umbral de las portadas: unas portadas de las que colgaba aquél llamador rematado en una bola negra, al que a duras penas podía alcanzar poniéndome de puntillas, y que tronaba con un estampido seco que las recias maderas se encargaban de amplificar como si estuvieses llamando a las puertas de un castillo.

Lo primero que hacía al llegar para pasar el verano, antes siquiera de ver a la familia, era irme derecho a esas portadas y hacer sonar el llamador, para que los duendes que había dejado al irme supiesen de mi regreso y de la promesa de aventuras que aguardaban dentro.

Había música en ese patio, una partitura llena de silencio salpicada por el silbido de los tordos, el piar de los aviones, la gresca de los gorriones, y de cuando en cuando del tañer de las campanas de San Pedro. Esa música se escuchaba donde quiera que estuvieses; lo mismo desde el fresco vientre de la bodega a través de las ventanas que daban al jaraíz, que sentado entre los brazos solícitos de las tres hermanas silenciosas; de las tres higueras que, obsequiosas te ofrecían la dulzura de sus frutos compartidos a menudo con los jilgueros y los verderones.

También, junto a la puerta de la bodega, había un pozo a cuyo brocal nos asomábamos para ver allá al fondo nuestras infantiles figuras reflejadas en el agua fresca que la oscuridad albergaba. En la bodega, como guerreros de terracota puestos en pie, desafiaban el paso de los años docena y pico de tinajas conteniendo en su interior el producto de las largas noches de labor durante la vendimia, noches, en que la moledora giraba su engranaje sin descanso alimentada por los largos rastrillos que manejaban con destreza Floren y Rufo, triturando todo un año de esperanzas encerradas en el ámbar de los racimos y que era liberado bajo los jaulones de madera a cuyos pies, descansaba en el estanque cuadrado que lo recogía y que conoció de nuestras habilidades natatorias en el dulce fluido.

Ya en el jaraíz, la Marrodan y Rezzola terminaba de exprimir los hollejos contribuyendo a aumentar la profundidad de aquél mar de mosto que, a base del impulso de las bombas, se drenaba hacia el vientre vacío de cubas y tinajas. Qué diferente la música de aquellas noches alumbradas por la mortecina luz de unas pocas bombillas de ciento veinticinco que, agotadas por las muchas horas de labor subían y bajaban de intensidad como si les fuese a dar un vahído. Sonido de trasiego, de carros yendo y viniendo, interrumpidos de vez en cuando por el: “Bueeeeno”, cuando la todavía promesa de vino rebosaba el recipiente que lo iba a albergar.

Comunicaba el patio con el huerto, un pasillo flanqueado por la pared enjalbegada y la de la bodega. Un pasillo que supo de nuestro ir y venir escopetilla en mano, o jugando al escondite en las noches de luna llena, y que guardaba en el jaraíz, en la cuadra, o en la cocinilla conversaciones en voz baja mientras fumábamos nuestros primeros furtivos cigarrillos en plena oscuridad, lejos de miradas indiscretas y valiéndonos del sazi de menta con que disimular el pecado. Solo los grandes ojos de “La Far”, la yegua con que Floren repartía el butano, guardaban mudo testimonio en sus dilatadas pupilas de nuestras andanzas.

No quiero hoy hablar de lo que hacíamos aquella cuadrilla de niños de brazos, cara y piernas negras por el sol, y blanco cuerpecillo oculto por una camiseta. Niños en blanco y negro que, como tantos crecimos y maduramos en el vientre de un patio empedrado. Hoy, con quizá demasiados años encima, cada vez que paso por delante de la calle Prim número diez, me detengo a mirar a través de las vallas que cierran el solar, cierro los ojos, y me parece escuchar las risas de mi primo Monchi.

La llamada de la tía Pili, o la risa socarrona de Ramoncico.Tambien me parece oír a Floren y a Rufo. A Ramón el carrero y a “Caracol”. A nuestro Rai recientemente desaparecido, o a la abuela Pilar hablando con la tía Emilia. Al tío Ernesto y a la tía Maruja. A mi padre y a mi madre. A Sole y Ricardo. Las de “Chule” y el “Brujo” …Sus voces han quedado prendidas al otro lado de la valla, al otro lado del tiempo, y lo peor, es que ya no está el aldabón para llamar ahora que ya no tengo que ponerme de puntillas para llamar.

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