LA SED QUE NO SACIA

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Juanjo Rogo

Yo tuve en mis labios
la piel de sus cuellos,
el vino escondido en el ánfora
de sus bajos vientres
y bebí hasta el fondo
el oscuro racimo de la entrega.

Pero la sed no es un vaso
que se vacía:
es una herida que sangra,
una raíz extendida en vida
buscando otra humedad,
otro musgo,
otra lluvia distinta bajo
la tierra exhausta.

Labio que hoy besa,
mañana buscará otra boca
para no morir de la misma sed.
Así es el rio que no regresa,
agua que corre, huella que deja.

No es culpa del hombre
ni de la boca,
es culpa del deseo que no
se agota;
de la piel que es fuego y brasa,
pero queda en ceniza
que el viento arrasa.

Por eso voy y vuelvo,
huyendo,
con las manos abiertas hacia otra orilla,
porque el amor no es quedarse:
es partir con el sabor aún fresco
de la misma sed que no sacia,
que nos separa y nos vuelve a fundir
en el voraz oleaje de las lenguas.

Mañana será otro labio,
otro nombre,
otra cintura donde anclar el ansia.
Pero la sed será la misma:
la misma herida abierta que no sabe
llenarse de otra cosa
que no sea el agua que se marcha.

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