YO 2.0

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Paki García Velasco Sánchez

Cuando me propusieron escribir un artículo sobre mí, me quedé completamente en blanco (para que negarlo), y es que me pareció algo tan extraño, tan poco habitual eso de tener que definirme, que durante varios días no supe ni por donde empezar. Porque no es tan fácil mirarse hacia dentro y poner en palabras lo que una es, lo que siente o lo que ha ido construyendo a lo largo de los años. He tenido que pensarlo mucho, muchísimo, darle vueltas una y otra vez como si buscara la forma más honesta y amena, de contar quien soy sin dejarme nada importante por el camino o sin que suene egocéntrico. Y es que, al final este texto no deja de ser eso, un pequeño intento de ordenarme por dentro y compartir un pedacito de mí.

Lo cierto es que no tengo muy claro ni quien soy. Hay días en los que soy la Paki, a ratos soy la amiga de la Encarni, otras veces soy la mujer de Luis, también hay quien me llama Mari Cruces, incluso no falta (y es verídico) quien se dirige a mí por Nokakedoki… Aunque últimamente, (siendo honestos, cada vez más) aparece ese “señora” que me sueltan con toda naturalidad y que me deja obnubilada y con los ojos abiertos como dos platos soperos porque no me acostumbro, todo sea dicho de paso.

Me considero alguien extrovertida, de las que hablan, ríen y se muestran tal cual… o al menos eso parece a simple vista. Porque dentro de mí también vive una faceta más cohibida, más tímida, una que aparece cuando menos lo espero y que me recuerda que no todo en mí es impulso, y, ¡la verdad sea dicha! me gusta que sea así. Me gusta tener esos contrastes, porque al final son los que me hacen sentir completa, humana, real.

Estoy bastante activa en redes sociales, me gusta mantenerme conectada, participar y compartir todo lo que creo importante para los que están al otro lado de la pantalla. Además, y junto a otras personas, llevo un grupo de Facebook donde colaboro en la organización y en que todo funcione bien. Dicho grupo: “Me Gusta Daimiel”, es un espacio en el que intento aportar y estar presente, porque valoro mucho el contacto y la comunidad que se crea a través de esta plataforma.

Soy una persona a la que le apasiona el cine en todas sus formas. Disfruto tanto de las historias llenas de adrenalina como son las grandes catástrofes que te mantienen al borde del asiento, como de las películas de monstruos marinos al estilo “Tiburón”, que combinan tensión y misterio en alta mar. Sin embargo, tanta afición por este tipo de películas ha tenido su efecto negativo en mí, y es que he terminado desarrollando un auténtico pavor a meterme en el mar cuando voy en la playa, claro está, por culpa de esas historias de megalodones y tiburones varios jajaja. Aun así, no todo lo que veo despierta esa emoción tan intensa, porque también me encanta dejarme llevar por el lado más ligero del cine, ya sea con historias románticas (de esas que hay que sacar el moquero y sonarse la nariz) o con comedias que me hacen reír a carcajadas y hacen que olvides por un rato el día a día.

Siempre me ha costado definirme con una sola palabra, y es que soy una mezcla de energía y timidez, de ruido y silencio, de pasado y presente. Porque, aunque vivo aquí y ahora, hay una parte de mí (un pequeño rincón del alma) que aún sigue bailando en aquellos años 80 en nuestro lejano Studio 18, como si el tiempo allí, en aquella década, se hubiese detenido para siempre. Y es que dichos años tienen algo especial, algo que me llama sin saber muy bien por qué, como una nostalgia prestada que siento como propia.

La música es, sin duda, una parte esencial de lo que soy. Me gusta casi toda: Hip Hop, Clásica, K-Pop, Disco, Techno, Jazz, Country, Rock, Baladas etc… da igual la que sea, me dejo llevar por distintos estilos según el momento, según el día o incluso según el clima. La música me acompaña, me entiende y a veces incluso me define mejor que las palabras. Eso sí, hay una excepción clara… el Reggaetón nunca ha conseguido encontrar su sitio en mí…y es que supongo que todos tenemos nuestras pequeñas fronteras musicales.

Y bueno, ya que estamos confesando cosas, si hay un lugar donde realmente me siento en paz, es en plena naturaleza (soy más de campo que un olivo). Hay algo en ella que me calma, que me reconecta: el sonido del viento, el olor de la tierra, la luz filtrándose entre los árboles… todo tiene un efecto casi mágico en mí. Es como si el mundo, por un momento, bajara el volumen y me dejara escuchar lo mejor de él. Y es ahí, en esos instantes, donde aparece una de mis grandes pasiones: la fotografía.

Hacer fotos no solo es un hobby para mí, es casi una necesidad, es mi forma de capturar lo que siento, de congelar instantes que de otra manera se perderían para siempre. Me gusta observar, buscar encuadres, jugar con la luz… pero, sobre todo, me gusta contar historias sin palabras. Porque cada fotografía que hago, es un pequeño pedazo de cómo veo el mundo, de cómo lo siento. Podría pasar horas haciendo fotos sin darme cuenta del tiempo, completamente absorta, completamente feliz.

Y luego está la ropa… ¡Ay, la ropa!!! … mi otro pequeño gran vicio, ¡me encanta! Me gusta ir de tiendas y mercadillos, imaginar combinaciones, dejarme llevar por colores, tejidos, estilos. Comprar ropa es una de esas cosas que me divierten más de lo que probablemente deberían. Mi armario está absolutamente lleno, desbordado, casi pidiendo auxilio… y aun así, siempre siento que me falta algo. Lo más curioso de todo es que, con tantas opciones como tengo, acabo poniéndome casi siempre lo mismo jajaja, es una contradicción que me define bastante bien, la verdad.

Y otra de mis debilidades, sin duda, es mi calle y sus gentes. Esa calle que no aparece en los mapas importantes pero que, para mí lo fue absolutamente todo. La calle de mi niñez, de mi infancia, la que me vio crecer sin prisas, sin relojes, sin más preocupación que aprovechar cada minuto de luz antes de que anocheciera. Esa calle donde, sin darme cuenta y sin saberlo, fui construyendo algunos de los recuerdos más bonitos de mi vida.

Aún hoy al pasar por ella, puedo escuchar las voces de las amigas llamando desde la puerta, el eco de nuestras risas, las despedidas eternas que siempre eran “cinco minutos más”, aunque nunca eran solo cinco. Era un mundo pequeño, sí, pero lo era todo, era el escenario de mil historias y de juegos inventados.

En esa calle aprendí a ser quien soy, entre tropiezos, risas y pequeñas historias que, aunque el tiempo haya pasado, siguen viviendo intactas dentro de mí. Porque hay lugares que no se olvidan, que se quedan a vivir para siempre en nuestro corazón, y mi calle es sin duda, uno de ellos. Allí aprendí el valor de las cosas sencillas, la magia de lo cotidiano, y esa sensación tan bonita de pertenecer a un lugar y, sobre todo, a unas personas.

También me encantan las juntas con mi familia o amigas, esos momentos en los que sabemos que vamos a compartir risas, historias y buena compañía. Disfruto muchísimo desde antes de que empiece todo, especialmente ese pequeño “ritual” de organización para decidir el día, el lugar o quién lleva qué… aunque, siendo sinceras, casi nunca nos ponemos de acuerdo a la primera y le damos más vueltas que las aspas un molino a todo, así hasta que coincidimos. Siempre hay mil opiniones, cambios de planes y un poco de desorden, pero para mí eso también forma parte de la magia de ese ir y venir de ideas donde ya empezamos a disfrutar, porque al final lo importante no es el plan perfecto, sino el simple hecho de estar juntas.

Y ya para terminar, también diré que en estos últimos años estoy ejerciendo a tiempo completo de directora de hogar, que dicho así parece algo muy serio, pero en realidad significa que mi día a día incluye desde organizar la casa hasta negociar con la lavadora para que no se trague los calcetines jajaja. Asimismo, decir que en mis ratos tranquilos me gusta leer, sobre todo novelas románticas, sí, esas donde sabes perfectamente cómo van a terminar, pero da igual, ya que te enganchan como si fuera la primera vez que te las echas a los ojos.

Cierro estas líneas mencionando una de las facetas que más me define en estos últimos años, y es mi camino como colaboradora en un medio digital, un espacio que se ha convertido en refugio y altavoz a partes iguales. Y es que escribir no es solo algo que me gusta, es la forma en la que ordeno mi mundo, en la que doy sentido a lo que siento y en la que conecto con los demás a través de mis textos. Cada artículo ha sido una pequeña ventana abierta, un gesto de valentía y de cariño hacia quienes están al otro lado. Y finalizo con profunda gratitud, porque seguir escribiendo, compartiendo y creciendo en este camino es, sin duda, una de las aventuras más bonitas que he elegido vivir.

Y al final, más o menos esa soy yo, una colección de contrastes, alguien que siente los pequeños momentos, que guarda las risas, las conversaciones y hasta ese desorden de no ponernos de acuerdo como parte de algo bonito. Soy la que habla mucho y la que se queda callada, la que mira al pasado con cariño y al presente con curiosidad, la que necesita naturaleza, pero también disfruta del caos, la que tiene mil prendas y repite conjunto. Soy la que siente profundamente y la que observa, la que captura momentos y la que se deja llevar por una canción.

Porque en el fondo, lo que realmente importa en esta vida, es compartir, sentir y quedarse con esas personas que hacen que todo, incluso lo más simple, tenga sentido.

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