COBRADIEZMOS

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

Decíamos hace unos días a propósito de la exposición de López Canito, que la lidia, es solo la cabeza del iceberg de la fiesta de los toros, que debajo de esa parte más visible se esconde todo un mundo que, exceptuando los verdaderos aficionados pasa desapercibido para el gran público. Hoy, vamos a sumergirnos para ver una pequeña parte de ese mundo oculto; un aspecto, una escena cotidiana del mundo de los toros que merece la pena contemplar.

Son las seis de la mañana en la dehesa cacereña. Bandadas de gorriones aletean aquí y allá buscando su sustento entre la incipiente hierba pintada del sutil verde de abril. El sol reflejado en las gotas de rocío puebla el suelo de destellos plateados. Una cigüeña; siempre un buen presagio, recorta su silueta contra el azul mientras transporta en el pico una rama con la que reforzar el nido que construyera hace ya años sobre una majestuosa encina. Encaramadas a los bebederos, calman la sed las tórtolas subiendo y bajando al unísono sus cuellos atentos al aguilucho, y en un extremo del cercado, a la sombra del árbol que le cobijara durante la noche, se despereza “Cobradiezmos”.

Con pasos lentos, romaneando de lado a lado con la cabeza, se aproxima al bebedero donde en rápido vuelo las aves le hacen sitio. Bebe largos sorbos dejando que los primeros rayos del sol calienten su lomo y su morrillo cárdeno: un lomo que, en un ya lejano 16 de abril del 2016 en el albero sevillano, sintió el peso de los caballos, la punzada de la puya, y el aguijonazo de las banderillas. Tenía entonces cinco años, y fue llamado a levas por su señor Don Victorino Martín que lo escogió de entre la muy ilustre familia de las “cobradoras” a la que pertenece su madre “Cobradiezmos”, que todavía vive luciendo el capicúa 818 en sus costillares; un número que a su vástago de homónimo nombre le traería suerte en la batalla.

La primavera sevillana lucía en todo su esplendor, y el graderío aparecía como siempre repleto y expectante. Allá por el ocho, tras el burladero, aguardaba su contrincante: Manuel Escribano Nogales, un sevillano de Gerena de 32 años de edad con el que entabló desigual combate. Éste, enardecido por los suyos, desplegó todo su arsenal de lances a los que el número 37 respondía con una nueva acometida hasta que, en un momento determinado ambos dejaron de pelear, y aceptaron que lo que en principio era una lucha a muerte, se convirtiera en un juego en el que el diestro ofrecía un engaño que “Cobradiezmos” trataba de tocar, y que Manuel, con todo el temple de que era capaz trataba de evitar. Y a ese juego, en el que ya no había intención de injuriar por parte de ninguno, se entregaron ambos provocando que la Real Maestranza de Caballería se convirtiese en un manicomio, y como el juego crea amistad, ninguno de los dos quiso que el otro muriera, algo que al respetable le pareció de justicia, y “Cobradiezmos” indultó al de Gerena, y el de Gerena a “Cobradiezmos”.

Hoy, en 2023 año de gracia de nuestro Señor, nuestro protagonista completamente recuperado gracias a los cuidados de su señor, deambula a su antojo rodeado por decenas de vacas que albergan en sus vientres la herencia de nobleza y bravura que “Cobradiezmos” les ha transmitido, y que ya corre por la sangre de cinco hierbas que se preparan en otro lugar de la dehesa para ser llamados al combate por su señor.

La gloria en la vida, no siempre se esconde tras una victoria o una derrota. A veces, basta con saber valorar a nuestro oponente y reconocer sus virtudes; como aquella soleada tarde de abril hicieron todos los allí congregados: Toreros, toros y público. Una lección de tolerancia, y de respeto.

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