SEMANA SANTA 2023. HE VISTO…

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

La túnica, hacía rato colgaba junto con la capa, de la percha que el empleado de la tintorería le entregara al recogerla, también el capillo convenientemente doblado descansaba en el tramo horizontal. Comprobó uno por uno, que el cordón, el rosario, el escudo y el medallón estuvieran junto con los guantes en la bolsa de cartón en la que dormían un año entero. Extrajo del altillo del armario el capirote de plástico enrejado, y no pudo dejar de recordar aquellos otros que la tía Pili, hacía ya muchos años, improvisaba artesanalmente con papel de periódico endurecido con pez o algo similar.

Por último, el velón y la carga del cartucho de gasolina; una innovación que no terminaba de convencerle. La Borriquilla, había dado paso un año más a una semana marcada en el calendario de muchos hijos pródigos que, por esas fechas ponían rumbo al lugar que les viera nacer, atraídos por una fuerza sobrenatural. En el reproductor del coche suenan una detrás de otra Expiación, El niño perdido, Nuestro Padre Jesús, Flagelación, Corbatos…que hacen más llevaderas las largas y aburridas rectas a la salida de la capital, hasta que el desvío en Puerto Lápice nos indica que estamos próximos a nuestro destino que nos recibe con una “mascletá” de música proveniente de las calles y del recinto ferial.

Una música que se te mete dentro para quedarse a vivir contigo durante un tiempo indefinido incluyendo el momento en que te tumbas en la cama para intentar dormir, y que está ahí esperándote al despertar para ser la banda sonora que te acompaña durante unos días allá donde vayas. Alguien dijo, que la música nace justo en el límite en que las palabras fracasan, y la verdad, es que el esfuerzo que hacen todos y cada uno de los músicos para con una sonrisa permanente, estar todos los días a pie de paso sin apenas descansar, llevando la emoción al lugar donde solo la música te puede llevar, es digno de destacar, y constituye en sí mismo un acto de penitencia, aunque el hecho de no llevar hábito no signifique que no sean tan nazarenos como el que más.

Por fin, llega el momento de descolgar la túnica y la liturgia de vestirse. Ayudados siempre por las manos solícitas de una madre, una esposa o una hermana que repasan borlas, el rosario, el cordón, la capa, y posicionan el corazón peleándose con ese imperdible rebelde que siempre tiene ganas de jaleo; uno pasa de ser un simple mortal a ser un nazareno. Capirucho en una mano, velón en la otra, y en corto paseo te vas aproximando al templo en el que hace un tiempo que ya empieza a pesar, te bautizaron. Por el camino, otros hermanos: unos residentes, y otros venidos de sepa Dios donde, acuden a la llamada de esa gran madre que en su interior alberga un abigarrado ajetreo de balanceos de raso blanco y pisadas que la centenaria madera del suelo amortigua.

Un suelo por donde pisaron tus padres y tus abuelos, y por donde si Dios quiere pisarán tus hijos, un suelo que amortiguó también tus primeros pasitos cuando siendo un niño, el incienso se te metió en el pecho para no salir jamás lo mismo que el retumbar de Flagelación o Amargura cuando el de la Columna y su santísima madre embocaban la salida hacia José Ruiz de la Hermosa, o El Niño Perdido en La Paz con las primeras luces pregonaba la de Jesús Nazareno… en realidad, casi nada ha cambiado. Tras la pandemia que todo lo trastocó, vino un año, el pasado, que sirvió para volver a cogerle el pulso a la vida y a la ilusión.

Las motivaciones siempre han permanecido intactas, cada uno las suyas, pero este año, observando tras el anonimato que confieren los ojos de paño del capillo, he vuelto a ver a la gente en la calle flanqueando el paso de las diferentes cofradías. He vuelto a ver y sentir el silencio, el respeto, y por qué no decirlo, la admiración… he visto un pueblo orgulloso de su Semana Santa. He visto recortarse contra el cielo azul oscuro de la primavera manchega la figura del cristo de Los Negros levitando sobre los asistentes.

He visto al Nazareno encontrase con la Virgen del Primer Dolor rodeados de silencio. He visto la figura etérea del Cautivo con su inmaculado lienzo blanco flotar sobre las cabezas de la gente. He visto la mirada compasiva desde una ventana al paso del Cristo de la Expiración de Los Blancos, y la belleza sobrecogedora del Santo Sepulcro. La serenidad de La Soledad y Las Angustias siguiendo como cualquier madre a su hijo aun sabiendo del trágico final. También he visto un pueblo más engalanado, más bonito, más dispuesto a gustarse así mismo, más orgulloso de lo suyo. He visto a nuestros mayores acompañados en lugares preferentes y me he sentido bien porque no hay nada que enorgullezca más, que continuar con lo que nuestros padres empezaron y que trasciende más allá de la escueta costumbre, de la tradición sin significado.

Hoy, ya despojado de mi atalaya tras el capillo y parapetado detrás el ordenador, estoy descontando los días para siempre si Dios quiere, volver a pisar la madera del suelo de San Pedro y emocionarme con la música, volver a confundirme entre mis hermanos, entre mis paisanos, entre mis amigos, entre mi familia. Mientras tanto, voy por el pasillo de mi casa tarareando mi favorita: “Nuestro Padre Jesús”, para hacer más corta la espera.

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