RECUERDOS DE AQUELLOS DÍAS SIN TIEMPO

0

 412 visitas,  1 visitas hoy

Paki García Velasco Sánchez

Hace ya tres años, en ese 2020, poco nos imaginábamos lo que estábamos a punto de vivir, lo que se nos venía encima a todos, ya que en aquel 14 de marzo el mundo poco a poco se fue parando, se fue quedando quieto, la vida tal y como la conocíamos se quedó en pausa, dormida, nos tuvimos que quedar en casa, quietos, con respeto, con miedo, ¡con mucho miedo!!

Solamente podíamos salir a lo más básico, a comprar alimentos, a por medicinas etc…siempre llevando mascarilla y guardando las distancias.

Fuera de nuestras paredes sólo se escuchaba silencio, ese silencio ensordecedor que tan solo era roto por las sirenas de alguna ambulancia o coche de Policía que cruzaba la calle.

Las noticias que nos llegaban eran desalentadoras, los muertos seguían sumando día tras día, me atrevo a decir que casi todos hemos perdido algún familiar o amigo por este maldito virus.

Las horas se hicieron monótonas y los días eternos, pero nos acostumbramos, tuvimos que hacerlo.

Al cabo de unos días de encierro volvimos a percibir el canto de los pájaros, esos que ya ni sabíamos que convivían con nosotros y que no nos dimos cuenta que estaban ahí, siempre han estado ahí, aunque con las prisas y los ruidos sus trinos no se escuchaban.

Y como un nuevo ritual, empezaron a sonar los aplausos por todos los que no pudieron parar, los que seguían a pie de cañón llevando el peso de lo más básico, ¡se merecían esto y mucho más!!, y así, día tras día las ocho de la tarde, se convirtió en la hora mágica para muchos, sobre todo para los más peques, los cuales salían a las terrazas llenos de ilusión, aunque sin saber muy bien cuál era el motivo de esa extraña» celebración» diaria.

Y ahí, en ese momento, fue cuando empezamos a conocer a nuestros vecinos de ventana, de balcón, a esos que solamente y cuando nos cruzábamos en la escalera o en la calle, dábamos los buenos días sin más, y vimos que detrás de cada pared había una historia, a veces buena y otra no tanto.

Y quisimos sacar al artista que llevábamos dentro con los mil y un arte que teníamos a mano, ya fuese online (a través de las redes), o en vivo (a pie de ventana y terraza): unos recitando poemas, algunos cantando, otros tocando música, pero todos, todos, con un fin en común, tener a la gente entretenida y hacerla olvidar por unos minutos los momentos difíciles que estábamos viviendo.

También llegaron las vídeo llamadas a la familia y a los amigos, ¡bendita tecnología!, era genial seguir viendo sus caras y saber que estaban bien dentro de tanto malo como teníamos encima.

Días después comenzaron los paseos y gimnasia dentro de casa, empezamos a movernos, no quisimos que esto nos parara, teníamos que sentirnos vivos e intentar seguir con la mente ocupada para no pensar en toda la tristeza por la que muchos hogares estaban pasando, pero era difícil, por lo que más de uno se vino abajo y llegó la ansiedad, esa que te ahoga y te oprime el corazón y que tan difícil es echarla fuera de tu cabeza y de tu cuerpo.

Las horas bajas se mezclaron con los ratos de euforia cuando una buena noticia se colaba entre tanto caos, y así un día tras otro en el calendario.

Fueron días y noches de mirar al cielo y a los tejados desde las ventanas.

Y nos metimos de lleno en esa Semana Santa tan atípica, en la cual, y sin poder salir de casa, escuchamos varias marchas procesionales gracias a las cofradías, aún recuerdo la mañana de Viernes Santo en la terraza y bajo la lluvia, oír los acordes del Niño Perdido en la hora justa cuando debía salir a procesionar nuestro Nazareno, ¡fue increíble!

¡Y llegó la primavera!!, lo sé porque en el tejado de enfrente creció una amapola que al cabo de los días se convirtieron en tres, tan rojas y bonitas como siempre y en contraste con las tejas envejecidas por el paso del tiempo, mucho más.

Al cabo de varias semanas llegó el día en que nos empezaron a dar algunos minutos de libertad según las edades, para pasear, para incorporarnos poco a poco a esa nueva realidad que tanto nombraban y que tan rara me suena aún; al principio salimos con cautela, con respeto, con miedo, ese mismo miedo que por precavidos, por falta de información o por sobrecarga de ella, nos era difícil echar fuera del cuerpo. Aunque algunos eso ni lo miraron e iban según querían y sin hacer mucho caso de lo que nos iban marcando.

Y empezamos con las fases de desescalada, recuerdo la primera vez que pisé nuestra plaza después de tantas semanas sin salir, era impactante verla sin nadie, desierta, vacía.

O salir al campo y darte cuenta que la naturaleza había seguido su curso y había crecido frondosa y sin dejar huecos libres por ningún sitio, era espectacular.

Y poco a poco, se volvieron a escuchar los motores de los coches, algunos con acelerones y otros con la música a todo volumen, lo cual hizo que el sonido del silencio o el trino de los pájaros se apagara cada vez un poco más.

Ahora hace tres años que la vida nos cambió de golpe y para siempre, tres años en que ya nada es lo mismo, nada es igual…tres años ya, que se nos calló el mundo encima, fueron días de miedo, de agobio e incertidumbres.

El Covid ha marcado un antes y un después en nuestra vida, en nuestras relaciones y es casi imposible no echar la vista atrás recordando aquellos días y lo que muchos, unos mejor que otros, vivimos en esas fechas, porque todos, absolutamente todos, hemos sido víctimas de esta pandemia.

Compartir.

Sobre el autor

Déjanos un comentario, no hay que registrarse