CANCER

0

 261 visitas,  1 visitas hoy

José Ignacio García-Muñoz (Queche)

Dice el calendario de efemérides, que el pasado día 4 de febrero fue el día internacional del cáncer, y que el próximo día 31 de marzo será el del cáncer de colon, una enfermedad más propia de tiempos modernos por su incidencia que de épocas pretéritas. Las evidencias paleontológicas de esta enfermedad son casi nulas en la prehistoria, y las lesiones que se pueden evidenciar en los restos óseos hallados, no permiten certificar que el cáncer fuese una patología que nuestros ancestros padeciesen. En las primeras civilizaciones en Sumeria y Egipto, se les atribuía un origen sobrenatural, y estas civilizaciones tan dadas a tener un dios grande o pequeño para casi cualquier cosa, no tenían uno específico para las enfermedades tumorales o cancerosas lo que habla de su desconocimiento, o escasa incidencia. Como casi siempre en la historia del ser humano, tuvieron que llegar los griegos para poner algo de orden y sistemática.

En el Corpus Hippocraticum, colección de obras atribuidas a Hipócrates, se menciona unas lesiones ulcerosas crónicas, algunas veces endurecidas, que se desarrollan progresivamente y sin control expandiéndose por los tejidos semejando las patas de un cangrejo, por lo que las denominó con la palabra griega καρκίνος (se lee karkinos) dándole un significado técnico a la palabra griega cangrejo que se escribe igual. De allí, el término pasa al latín como “cancer” (en latín sin acento) con ambos significados, el del animal y el de úlcera maligna o cáncer en el sentido moderno. Siglos después, al formarse el castellano se derivan de la palabra latina dos términos separados. Por una parte, usando un sufijo diminutivo, se forma la palabra cangrejo para denominar al crustáceo y, por otra parte, se consolida el término “cáncer” como un término médico para un tipo determinado de lesión (en latín Cancer cancri m. Cancer a similitudes del vocablo para el animal marino) Resulta muy interesante la descripción en forma de anamnesis que el propio Hipócrates hace al respecto de la enfermedad:  Si en la ictericia el hígado se pone duro es mala señal. Si persiste esa ictericia puede ser debida al cáncer (karkinos) o cirrosis hepática, enfermedades ambas que ocasionan endurecimiento y aumento del volumen del hígado. En otro escrito de Hipócrates, sobre las enfermedades de las mujeres, describe el cáncer de mama usando también el término karkinos: /…/En las mamas se producen unas tumoraciones duras, de tamaño mayor o menor, que no supuran y que se van haciendo cada vez más duras; después crecen a partir de ellas unos cánceres (karkinos), primero ocultos, los cuales por el hecho de que van a desarrollarse como cánceres (karkinos), tienen una boca rabiosa y todo lo comen con rabia.

En la época romana, el cáncer sigue siendo una enfermedad rara como lo demuestran los estudios en cementerios de la época. En el lado opuesto del Mediterráneo, los árabes sí asimilan el concepto griego de medicina proponiendo la cirugía como alternativa para expulsar el humor maligno. Durante el periodo medieval Europa, por influencia del cristianismo, se aleja del naturalismo científico griego por considerarlo pagano y contrario a la omnipotencia divina, esto produce una acelerada pérdida de conocimientos médicos al tiempo que la mentalidad cristiana propone una desvalorización del cuerpo, lastre material del espíritu, y una visión “milagrista” de la salud. Los escasos reportes de casos clínicos medievales no muestran evidencias adecuadas de la prevalencia y el tratamiento del cáncer, se describen episodios aislados y la terapéutica continúa siendo herbolaria y local. Un caso conocido es el del papa Gregorio X quien presentaba una lesión cutánea que podría ser un melanoma y que recibió tratamiento con un ungüento a base de arsénico, que lo aliviaría al menos ocho años, hasta que muere por otras causas. No es hasta el siglo XVIII, que el tratamiento de la enfermedad adquiere un significado más próximo a como lo entendemos hoy día salvando las distancias que la moderna tecnología impone tanto a nivel diagnóstico como de tratamiento.

Hasta aquí la breve pincelada histórica, pero ahora vamos a bajar a un nivel más humano, a un nivel más cercano, para tratar de comprender que es lo que experimenta en el plano emocional un paciente con cáncer, dejando las cuestiones técnicas relativas al tratamiento para los oncólogos y demás personal sanitario.

Vamos a tratar de imaginar la situación: Tumbado sobre la camilla protegida por papel, el técnico extiende el gel conductor sobre la zona interesada y a continuación, presionando suavemente el manípulo contra la piel recorre el campo exploratorio. Mirando la pantalla del monitor, y tecleando en la botonera del ecógrafo va acotando y perfilando una imagen. Tú, tumbado bocarriba experimentas la sensación de frio que te ha dejado el gel, y miras distraído al eco grafista que súbitamente ha cambiado el gesto por uno más solemne. Vuelve a teclear en la botonera y captura algunas imágenes, te entrega un trozo de papel: “límpiese”. Se sienta al otro lado de la mesa, y una vez que te has acomodado la ropa te dice con gesto serio: “Tiene usted un tumor de tantos centímetros situado en tal parte de su anatomía”. Mi consejo es que a la mayor brevedad contacte con un cirujano especialista, hay que extirparlo y probablemente el órgano al que está adherido. Una sensación de frio extraño te pasa por la garganta, y sientes que tu vida acaba de cambiar de forma radical. Antes de abandonar el hospital como un autómata, consigues una cita de urgencia para esa misma tarde, y emprendes el regreso a casa con una pregunta en la cabeza ¿Cómo se lo voy a decir a mi familia?

Después, vienen días de vértigo en los que vas de consulta en consulta y de prueba en prueba, en cada una de las cuales te la juegas con el resultado esperando que la cosa no haya ido más allá, que se haya quedado quieta, que no se haya extendido, que la temida metástasis haya tenido a bien no producirse, y miras en el puto internet todo aquello relacionado con tu caso, y no sacas ninguna conclusión. Más pruebas para el preoperatorio, y después de algunas horas, despiertas en la UCI, te pasan a la habitación y tres días después a casa. El cirujano ha hecho un gran trabajo. Por lo visto, el que te ha operado es un auténtico genio que hace milagros con el bisturí o el láser, parece que todo ha ido bien, y durante unos días te cuidas como nunca en la alimentación y en el descanso. Mientras, empiezas a asimilar la mutación que se ha producido en tu interior, y de alguna manera estableces un dialogo con tu cuerpo que te empieza a hablar, y tú, a hacerte los primeros reproches “Por qué no habré ido antes al médico”. Regresas a que te quiten los puntos o las grapas, y recibes llamadas de personas que se interesan por tu salud y que no volverán, incluidos algunos familiares, a llamarte nunca más cuando pasen los días. También los habrá que te darán palmaditas en la espalda, y te dirán “Veras como todo va bien, eso no es nada, “Yo tengo un amigo que…”. Y viene más pruebas, y tal vez algún tratamiento…la caída del pelo, las vomitonas, la delgadez y las miradas de compasión, y si todo va bien después de ir tan mal, viene la parte que consiste en vivir no se sabe muy bien durante cuánto tiempo con la espada de Damocles sobre tu cabeza, esperando que en las sucesivas revisiones no vuelva a aparecer nada sospechoso. Es como si en esos periodos entre pruebas te dieran la libertad condicional durante un trimestre y pudieras, planificar algo, aunque sea a tan corto plazo. El puñetero cáncer es lo que tiene: te deja sin perspectiva a largo plazo, es como si tu vida hubiese quedado entre paréntesis durante un periodo de tiempo indefinido. Pocas cosas hay tan dañinas para el ser humano …quizá ninguna, como la incertidumbre, como el no tener horizonte, como el no poder anticipar lo que va a pasar de una semana a la otra… te quedas en “stand by”. Técnicamente, todas y cada una de nuestras células tiene en su ADN la información necesaria para realizar la tarea que tiene encomendada, e incluso, saber qué hacer cuando algo va mal, pero el cáncer viene a trastocar ese orden establecido y consigue que esas células traidoras no solo continúen haciendo mal su trabajo, sino que se extiendan, de modo que uno tiene la sensación de que tiene el “enemigo en casa” …es algo difícil de explicar.

Tenemos muy reciente la pasada pandemia del SARS CoV2, y comprenderéis muy bien a lo que me refiero. Durante un tiempo, el mundo se detuvo y la incertidumbre se apoderó de nosotros. No podíamos planificar nada, porque el futuro se veló durante un largo periodo, y cualquier atisbo de solución hasta la llegada de las vacunas y los primeros tratamientos eficaces era un espejismo que nos agarrotaba y nos mantenía en tensión. Así es como se siente una persona con cáncer: en la cuerda floja, como a alguien al que su propio cuerpo ha traicionado, y para el que el futuro se dibuja muy lejano.

Está claro, que dentro del desastre todavía queda esperanza, y que la curación es una realidad en muchos casos… cada vez más, pero también, lo es el hecho de que todos los que han padecido, padecen, o van a padecer cancer, han de realizar una travesía del desierto en la que los límites del horizonte se han desdibujado, y en algún momento pueden necesitar de una referencia en mitad de la tormenta de arena. No necesitan palmaditas en la espalda ni compasión, y esa referencia, podemos ser cualquiera de nosotros si los incluimos en nuestra planificación de vida hasta que encuentren la salida que está al otro lado del muro de la desesperanza.

Con toda mi solidaridad para los que están pasando el trance, y para los que se están ocupando de ellos. Mantengo mi faro encendido por si me necesitan para orientarse. Un abrazo infinito.

Compartir.

Sobre el autor

Déjanos un comentario, no hay que registrarse