PIE FRANCO. Capítulos XXI Y XXII

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

Eran algo más de las doce cuando el rápido resoplaba a la entrada de la estación de Atocha. En un instante, el andén se convirtió en una especie de hormiguero gigante donde decenas de personas cargadas con los más diversos bultos buscaban la salida, mientras que otros tantos a la carrera, buscaban en sentido contrario con el agobio dibujado en su cara el vagón que figuraba en sus billetes. Familias a la carrera llevando casi arrastras unos niños, y los mozos de equipaje sorteando despistados se mezclaban con el humo de las máquinas, los pitidos, y la megafonía anunciando nuevas entradas y salidas. Juan, buscaba en aquel maremágnum la imagen de Don José que, al fondo, movía inútilmente el sombrero agitándolo en el aire. Cuando se despejó un poco el andén, ambos se saludaron con cara de circunstancias.

Madre mía, aquí hay más gente que en la procesión de los “Moraos”

¡Madrid Juan Madrid!

-Pues a mí aquí que no me esperen.

No digas cosas raras. Madrid es una maravilla cuando lo conoces, y, además si sale bien lo que tenemos entre manos más de una vez, y de dos, tendrás que venir aquí. Te voy a llevar a desayunar al Palace, y cuando salgamos me dices que te sigue pareciendo Madrid.

Cuando atravesaron la puerta que les franqueó el empleado, Juan se quedó mirando al elegante portero que vestía media librea.

Una vez acomodados en el comedor, Don José ordenó que les sirvieran el desayuno americano. Cuando Juan, vio todo lo que se iban a meter entre pecho y espalda, se quedó atónito.

No son los tallos de tu pueblo, pero tampoco está mal.

Juan miró la cubertería, la loza, los manteles…y exclamó

-Vamos Don José ¡uñas al guarro!

El ataque de risa que le dio al bodeguero, hizo que parte del comedor se girase en su dirección tratando de entender que pasaba.

-Estos son de cucharada y paso atrás don José; en Daimiel iban a pasar más hambre que un tábano en el museo de cera.

-Cállate ya que me voy a atragantar. No sé de donde sacas tantas sentencias.

Durante unos minutos, degustaron el desayuno y hablaron relajadamente del certamen pasado, de lo bien que se había comportado el “Veinticuatro Cepas”, y las esperanzas que tenían depositadas en él, pero en un momento determinado, Don José se puso serio y preguntó a Juan por el motivo de su inquietud.

Bueno, ahora cuéntame que es lo que te preocupa.

Pues vera usted Don José, no sé si me va a considerar un loco, pero no podía decírselo por teléfono porque no me fio ni de la mitad de la cuadrilla, y no quiero que ninguna telefonista pueda escuchar lo que le voy a decir.

Venga hombre desembucha que me tienes en ascuas.

Pues verá Don José: creo que mi padre no murió de muerte natural, creo que le mataron.

Don José dejó en la mesa el zumo de naranja del que bebía en ese momento, y con gesto grave preguntó

– ¿Qué le mataron?

Y no solo eso, creo que se quién puede haber sido.

Pero eso es muy grave muchacho, eso es un crimen ¿por qué piensas eso? ¿no has ido a la Guardia Civil?

Entonces, Juan explicó a Don José toda la historia desde el día de la muerte de su padre. Cómo había aparecido la pitillera en la viña con los cigarros dentro, uno de ellos con sangre supuestamente. Le explicó la presencia de la Derbi y su conductor, lo de las ranas venenosas, la sospecha de que Anselmo (al que para sorpresa de Juan Don José conocía) fuese el dueño de la pitillera, y de ahí el rechazo a fumar aquel día. El mordisco de Sultán la noche que se quedó vigilando en la casilla. Y, por último, el suceso del gato el día que le llamó por teléfono.

Don José interrumpió en varias ocasiones a Juan pidiendo alguna aclaración suplementaria como la del informe médico del acta de defunción, y lo de las ranas venenosas.

Lo primero que tienes que hacer, es dejar de hacer de detective; esto lo tiene que gestionar un profesional, y ahora mismo nos vamos a ver a un amigo que es comisario de la policía judicial.

En menos de media hora, subían por la Castellana, y Don José aparcaba su Mercedes en el Paseo de La Habana cerca del Santiago Bernabéu. La casa del comisario, estaba situada en un octavo piso al que el ruido del tráfico llegaba con muy baja intensidad, y desde el despacho, se podía divisar una buena parte de Madrid. Tras saludarse efusivamente, Don José puso en antecedentes a su amigo que, no obstante, pidió a Juan que relatara lo sucedido mientras tomaba notas en un cuaderno.

Hoy mismo, voy a telefonear al comandante del puesto de la Guardia Civil para que me localice a ese hombre y le pongan vigilancia.

Entonces ¿usted cree que ha podido ser el que ha matado a mi padre?

Mira muchacho: en la policía no “creemos”. Si sospechamos, buscamos pruebas, y lo que me cuentas nos hace sospechar, por lo tanto, procede comprobar todo esto qué, de momento son pruebas circunstanciales. Hay que comprobar si tiene antecedentes, su familia y entorno, y como demonios tiene en su poder esas ranas, y de donde las ha traído. En una investigación, buscamos el quien, cuando, dónde y como; pero lo más importante, es saber por qué, qué móvil tiene para hacer lo que ha hecho si es que lo ha hecho.

Don José y Juan se miraron en silencio, algo que no pasó desapercibido para el inspector hombre avezado y gran observador.

¿Hay algo más que debamos saber?

Tras un momento de duda, ambos comenzaron a hablar casi a la vez, pero Juan cedió la palabra a Don José que explicó a su amigo el asunto de la bodega. Juan terminó de completar la información

Recientemente, me he enterado de que, en tiempos, el tal Anselmo pretendió a mi madre, y que fue a partir de la guerra cuando la amistad que tenían mi padre y ese señor se fue a hacer puñetas…

-La experiencia, nos ha demostrado muchas veces que los móviles para un crimen son mucho más cercanos de lo que nos parecen. Si exceptuamos aquellos en que por alguna razón su autor ha perdido el “oremus”, la mayor parte de las veces la envidia y el dinero, y otras veces el amor y los motivos pasionales, se encuentran detrás de la comisión de estos actos delictivos, y en este asunto, el olfato me hace pensar en alguno de ellos si no en los dos; en cualquier caso, no tenemos más que conjeturas que habrá que ir comprobando. Por cierto, ¿no tendrás aquí la pitillera?

Pues sí, sí que la tengo. No me he separado de ella en todos estos días.

-Pues si te parece y aunque la habrás manoseado, trataremos de sacar huellas dactilares; Seguro que están las tuyas, pero es posible que también estén las del propietario, y de paso veremos si identificamos en los cigarrillos algún tipo de substancia tóxica. Me has dicho antes, que el que está a medias, presumiblemente tiene sangre de tu padre, y es el que estaba al lado de donde murió ¿es correcto?

Sí señor, así fue como me lo encontré.

Bueno, por mí hemos terminado; no sé si saldrá algo de esto, pero desde luego, es un suceso atípico. En cualquier caso, se pondrá en contacto contigo la policía de Ciudad Real. Por el momento haz tu vida como siempre, y no juegues a detectives; no sabemos si puede ser peligroso, o tal vez, puedes alertar al posible autor.

Ya en la calle, tomaron el coche y se dirigieron a comer a un pequeño restaurante de ambiente taurino en la calle Barbieri: Casa Salvador, y a las cinco de la tarde Don José dejaba a Juan en la estación de Atocha

Bueno, ya no nos veremos hasta que vuelva de París. Mantenme informado de todo, y dedícale tiempo a los injertos que se nos pasa el tiempo.

-No se preocupe que me pongo a ello en cuanto llegue.

El viaje de vuelta se le hizo corto dándole vueltas a todo lo que había sucedido. Era de noche, cuando la tartana de la estación le dejaba cerca de San Pedro, y se perdía engullida por la niebla mientras los sonidos de los cascos se iban apagando en la distancia. Sólo, en mitad de la calle, levantó la mirada hacia el reloj del campanario que señalaba las nueve, y de pronto, las horas que había pasado fuera le parecieron años, y el pueblo y la capital, dos mundos distintos que habitaban en una dimensión paralela. Una imagen se le vino a la cabeza que le provocó una sonrisa.

– ¡Un armao, eso es lo que parecía el portero del hotel! Un armao.

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