PIE FRANCO. Capítulo III

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

Anochecía cuando el Land Rover de la guardia civil abandonaba la viña. El contorno de la sierra de Villarrubia al fondo, se tornaba de color violáceo al tiempo que algunas estrellas empezaban a asomarse tímidas en el cielo azul. Tras ordenar el levantamiento del cadáver, poco a poco, todos se fueron marchando y la quietud se apoderó del lugar antes invadido por el ir y venir de las autoridades y la gente que curiosa se había acercado. El llanto de su madre presente durante toda la tarde había dado paso a un pesado silencio, y Juan el hijo de Chule y Juana que había venido precipitadamente de Ciudad Real donde estudiaba, caminaba cabizbajo y sin rumbo por la viña hasta que sus ojos se detuvieron sobre un objeto caído en el suelo que en la semioscuridad no era capaz de distinguir; cuando lo tuvo en la mano comprobó que era una pitillera en cuyo interior había tres cigarrillos de liar. Desconcertado, se la guardó mientras rumiaba para sí la posibilidad de que fuera de su padre que, a escondidas continuaba fumando pese a la prohibición de los médicos. Se acercó después al lugar donde cayera su padre para recoger la herramienta, y tras guardarlo todo en la esportilla reparó en el cigarro a medio consumir manchado de sangre, también lo recogió y lo guardó con los otros en la pitillera – ¡Qué cabezón has sido padre! Ya te lo decía madre, que el tabaco te iba a matar!

Un escalofrío recorrió su espalda, la noche se había echado encima y el frio arreciaba. Sobre el cielo raso, colgaban cientos de estrellas dando la bienvenida a la media luna que parsimoniosa fue ganando altura. Casi a tientas, guardó los aperos en el 4L que le recibió como horas antes lo hiciera con su padre, gélido e inhóspito. Tras varios intentos el motor cobró vida y los faros proyectaron su luz amarillenta contra las siluetas de las cepas que calladas, guardaban silenciosas su testimonio.

Al día siguiente, tras un velatorio que se hizo interminable ante la larga fila de vecinos que pasaron a dar “la cabezá”, se llevó a cabo el entierro. Cuando el último de los asistentes se despidió tras dar el pésame Juan, se dirigió a la salida acompañando unos pasos por detrás a su desconsolada madre que, flanqueada por el resto de familiares a duras penas conseguían mantenerla en pie. Apoyada contra la tapia del cementerio, cerca de la entrada, descansaba una Derbi Antorcha que llamó la atención de Juan por dos cosas: la primera por el color rojizo de los neumáticos manchados de barro, y la segunda por el pequeño charco de gasolina debajo de ella.

Desde pequeño, Juan fue un niño muy observador, se pasaba horas enteras mirando un hormiguero, desarmando sus juguetes, o ayudando a su padre cuando arreglaba la fumigadora o cualquier maquinaria agrícola. Su intención siempre fue estudiar criminología, pero sus padres le disuadieron para que hiciese enología y en un futuro echar una mano con el proyecto de bodega familiar en el que les había embarcado el abuelo. “El abuelo” pensó para sí, ¡menudo personaje! Y una mueca amarga se dibujó en sus labios.

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