PIE FRANCO. Capítulo I y II

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

Miró el reloj y se dijo: < Alivia Chule, que haces tarde> Después de quitarse el pijama, vertió agua de la jofaina en el aguamanil, enderezó el espejo, y durante unos instantes observó su imagen. Era un hombre cercano a los cuarenta, fibroso y enjuto de carnes. Tenía la cara y el cuello morenos, al igual que los antebrazos curtidos por el sol y el aire, en contraste con el cuerpo mucho más pálido, lo que hablaba de las muchas horas a la intemperie. Las manos nudosas y ásperas se introdujeron en el agua gélida, frotó el jabón de sosa hasta obtener una ligera espuma, y se lavó cara y axilas, luego se mojó el pelo sintiendo un escalofrío cuando algunas gotas le resbalaron por el pecho y la espalda. Se frotó enérgicamente con la áspera toalla hasta que la piel de gallina tomó un tono rojizo y empezó a entrar en calor; la verdad es, que en aquella habitación hacia frio, pero peor que el frio era la humedad, una humedad que se metía en los huesos y que hacía que el vaho acompañase la respiración. Accionando varias veces la perilla de porcelana que colgaba del cable trenzado en el cabecero de la cama, y como casi todos los días, tras recibir el correspondiente calambrazo ¡Cago en sus mulas!, el filamento de la General Electric de 125 W dio su brazo a torcer y se apagó. Bajó las escaleras hasta la cocina, abrió la puerta del Westinghouse, y extrajo un manojo de varetas que tenía guardadas en la parte de abajo desde septiembre; las había elegido cuidadosamente siguiendo los consejos que le diera su padre Braulio antes de irse a la gloria. Un día, poco antes de morir, le pidió que le acompañara en su viejo Citroën dos caballos a un rincón apartado de la viña, aparcó el coche junto a la pared de adobe que formaba el corral de la casilla de campo, tras el albercón, y le mostró un par de docenas de cepas. La verdad, es que nadie hacia caso a esas cepas en las que el abuelo había puesto toda su experiencia. Eran de pie franco, y el abuelo jamás había dicho donde las había conseguido, aunque pasaba muchas horas dedicándoles atención, y volcando en ellas todo su saber.

Mira Chule, tienes que coger varetas de estas cepas, procura que tengan al menos seis u ocho yemas por si no te sale a la primera, y cuando la luna allá por febrero esté en menguante, haz los injertos, yo he probado en púa y en yema, y casi prefiero la púa, porque estos cordones son viejos y muy leñosos. Estate atento a la poda en verde, y en abril, o cuando tu veas, haces el pampaneo ¿estamos? “Y no le digas a naide de ande son los injertos” ¿estamos, o no estamos?

Todas aquellas instrucciones, las había apuntado cuidadosamente en una libreta. Había instrucciones sobre la fermentación, temperatura, los aminoácidos, los sulfitos, esteres, acetaldehídos y taninos, y ahora, tras elegir la parcela en la que habría de hacer el injerto, estaba dispuesto a dar cumplimiento al “mandao” de su padre.

Colocó las varetas en una esportilla, junto con las tijeras de podar, la navaja, el azadón y unas hebras de esparto para atar los injertos, bajó al corral, y metió todo en la parte de atrás del 4L junto con el mono de trabajo y las botas de agua. El día estaba claro, un día de esos que regala el invierno en que el cielo amanece de un limpio color azul, pero que también anuncia una fuerte helada. El Renault se resistió a arrancar después de la noche al raso, pero tras unos cuantos intentos el humo negro del gasoil ensució el aire. Pasó primero por la churrería donde tomó media docena de tallos y un carajillo, y a continuación se dirigió por el camino de Vacía Cubos hacia la viña al otro lado del Azuer hasta volver a cruzar la CR 201.Después de unos minutos traqueteando por el camino embarrado, aparcó el “cuatro latas” y se enfundó el mono azul y las botas. El suelo rojizo y húmedo por la pelona que había caído hacía el terreno algo resbaladizo, pero pronto atravesó el lineo y se plantó en la parcela elegida. Dejó la esportilla con las varetas y la herramienta en el suelo, y se agachó para examinar la primera de las cepas que habría de injertar.

No lejos de allí, oculto tras la casilla, alguien había madrugado más que Chule como así lo delataba una Derbi Antorcha con el motor aun tibio apoyada contra la pared. Ajeno a la presencia del hombre que se le acercaba por la espalda continuaba agachado.

Caminando despacio para no perder el equilibrio, el hombre fue avanzando por la hilera embarrada hasta llegar a escasos metros de donde Chule navaja en mano, estaba sacando punta a una de las varetas de la esportilla para obtener la primera púa. Tan concentrado estaba en la tarea mientras afilaba y canturreaba una coplilla de Rafael Farina, que no sintió llegar al visitante hasta que este le saludó.

Buenos días Jesús.

Sobresaltado al verse sorprendido, se le escapó la afilada navaja y se hizo un pequeño corte en un dedo.

¡Coño! que susto me has dao, no te he sentido de llegar…

Es que venía despacico pa no caerme con la resbalaera ésta, y como estabas ahí amagao…

¡Es que no he sentido ni el amoto, me cago en la leche! y al verte me he quedao como las liebres cuando les das las largas.

Pues es que te he visto de pasar, que he venido a por el azadón que me lo dejé el otro día, y me he dicho, vamos a saludar al Chule.

Mientras tanto, Jesús sacó del bolsillo del mono un arrugado pañuelo para limpiarse la herida, y se lo apretó durante unos instantes para cortar el sangrado.

Menuda pelona ha caído esta noche.

Sí, ha sido buena sí. A ver si el sol calienta un poquillo porque tengo aquí faena pa to el día.

Sacó entonces, el recién llegado una pitillera en la que había algunos cigarros liados, y tras coger uno, se la tendió a Chule que la miró con recelo.

¡Me cago en la leche! como se entere la Juana de que fumo me la lía, me lo tiene prohibido el médico.

No obstante, Jesús tomó uno de los cigarrillos que manchó de sangre procedente del dedo herido, se lo llevó a los labios, y lo encendió con el chisquero de mecha que le ofrecían. Una fina columna de humo blanco, salió por la boca de Jesús que, en la gélida atmósfera sin viento, quedó suspendida en el aire flotando ingrávida contra el azul intenso del cielo. Instantes después, Jesús dio un paso vacilante, luego otro, y con estrépito se desplomó sobre la esportilla desperdigando su contenido sobre la tierra escarchada, sintió como la boca se le secaba, y una fuerte opresión en el pecho que le impedía respirar. Lo último que vio, fue al visitante inclinándose sobre él mirándole con cara inexpresiva. Mientras la vida le abandonaba, un rictus de terror se dibujó en sus ojos que se clavaron en el azul infinito, y su mirada quedó como el humo del tabaco unos instantes antes, flotando en el aire para siempre.

La noticia corrió por el pueblo como un reguero de pólvora: ¡Han encontrado al Chule muerto en su campo! Según parece, la Juana fue a llevarle la comida al mediodía, y se lo ha encontrado tirao en el suelo. Por lo visto le ha arreao un zamacuco el corazón.

¡Amos qué lástima la criatura!

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