CAPITULO X. EL HURACAN Y LA MARIPOSA.

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Texto e ilustración por Manu Molina


Escribo en un bar de Gran Vía junto a una señora que viene cada mañana a desayunar café y tostada con mermelada de frutas. Nos encontramos sobre las nueve y ella se sienta puntual en la mesa de al lado. Desde hace meses pago su cuenta con el compromiso de que haga de parapeto a los clientes ruidosos que vienen manejando el teléfono móvil o preparando el día en la oficina. Con sus ojos pálidos se limita a observarme mientras peleo con los cuadernos y el bolígrafo hasta pasadas las dos horas de trabajo.


La última vez que creí encontrarme con Laura fue en una modesta feria del libro en un pueblo perdido de Toledo. Su organizadora era una conocida autora de novela negra que combinaba su vocación literaria con las clases de historia. Me había invitado a cerrar las jornadas con una charla sobre la poesía y una posterior firma de ejemplares. Tras cerca de una hora con el teatro casi lleno hablando del oficio de escribir pasé a una mesa larga situada en un lateral donde los asistentes presentaban sus libros para ser dedicados. Calculé que en la fila había unas veinte personas por lo que me dilataba en charlar con cada uno de ellos. A pesar de que había pasado casi un lustro desde la publicación de Diagrama del Tiempo me sorprendía el interés de los lectores y sus anécdotas dispares. Un anciano había conocido a su segunda mujer en el club de lectura local mientras leían Alas de Mariposa. Una estudiante de pendientes largos me dio a firmar un libro pintado en todas las páginas con anotaciones y fechas. Me dijo que cada vez que tenía alguna “movida” en clase buscaba respuesta en algún poema. Otra señora de peinado pomposo me preguntó cómo era capaz de expresar esos sentimientos cuando parecía un “muchacho tan serio y formal”. La fila avanzaba al ritmo de la música clásica de piano que pusieron los voluntarios. Fue entonces, cuando al abrir otra caja de libros para su venta levanté la vista y la vi al fondo de la cola. Llevaba su melena color miel algo más corta, unas gafas de pasta y parecía más delgada. Contra su pecho, aguantando la espera, estrechaba los dos poemarios. No hablaba con nadie y parecía estar sola. Un jersey de cuello alto y unos vaqueros anchos dibujaban una figura altiva y elegante.


Con los cinco o seis lectores previos a encontrarme con aquella mujer mis manos comenzaron a temblar y apenas hacía dos firmas iguales. Me detuve para beber de un trago una botella pequeña de agua y estirar la espalda. En ese instante tuve un ligero mareo y volví a ver algunas mariposas volando cerca de los potentes focos del teatro. Eran en su mayoría blancas y batían sus frágiles alas en círculos cerca de la luz.


Todavía recuerdo a la persona que esperaba antes de aquella mujer. Era un hombre de mediana edad con bigote espeso y pronunciada barriga. Con un seco “con cariño” estampé un garabato y la fecha del día agradeciendo su lectura. Luego respiré profundamente como si quisiera dejar vacía de oxígeno la sala de butacas. Moví el cuello, coloqué las gafas y miré directamente aquellos ojos azules que dejaban tímidos los dos libros sobre la mesa. Sus manos también estaban algo nerviosas y pude observar un discreto tatuaje en la muñeca. Con determinación y miedo fijé mi rostro frente al suyo y pregunté ¿a quién va dirigido? ¿A Laura?
Ella asintió al tiempo que agaché la cabeza y una gota de sudor se estampó en la primera página de Alas de Mariposa. Apenas tuve fuerzas para disculparme al ver como la tinta derrapaba por aquella mancha húmeda. Desde la mesa sentía su perfume cerca y como la tensión arterial me jugaba de nuevo una mala pasada. Tras la firma cerré el ejemplar y sin poder levantar la cabeza pronuncié muy lenta la palabra “gracias” y después saludé a la siguiente persona de la fila. Pude ver mientras le estrechaba la mano como aquella chica de vaqueros anchos y zapatillas blancas abandonaba el teatro. Llevaba más de veinte años buscando a la mujer que había marcado todos mis caminos y apenas pude levantar los ojos.


Cuando el acto concluyó y tras el formal saludo y agradecimiento a la alcaldesa y al concejal de cultura salí a la calle. En las inmediaciones del teatro la gente fumaba en corro con mis poemarios en el bolsillo o se desplazaba hacia un bar donde se veía el bullicio de viernes noche. Tras rechazar varias invitaciones de camino al taxi que me esperaba, vi aquella chica clavándome sus ojos bajo la luz tenue de una farola. En un instante volvieron aquellos recuerdos del verano del noventa y ocho, de la fuente del pueblo, de la carta, de las primeras poesías y las noches perdidas por Madrid. Sin embargo, en esta ocasión con un frio de otoño golpeándome la nuca me limité a caminar deprisa. En ese cruce de miradas comprobé que aquella chica apenas tenía veinte años, por lo que, tras mucho tiempo, las alucinaciones me habían vuelto a traicionar. Me llamé imbécil una vez más al intentar confundirla con Laura, pero a pesar de ello, su rostro era semejante al que besé por primera vez en un portal de madrugada. Haciéndome el despistado la saludé con un frio “gracias, buenas noches” e intenté seguir por la acera de aquella calle desierta. Sin embargo, del hueco de dos vehículos aparcados apareció un joven que me agarró del abrigo. El chico era alto, de hombros anchos y llevaba una cazadora de piel oscura con el cuello hacía arriba. Al verme asustado levantó los brazos y señalando a la joven que caminaba tras de mí se disculpó y dio varios pasos atrás. La pareja se puso a mi altura y ella tomó la palabra. Sus ojos se movían nerviosos mientras el joven retrocedía a su espalda y se encendía un cigarro. La chica llevaba una bolsa de tela beige donde guardaba los poemarios firmados, pero para mi sorpresa sacó también un paquete de cartas y documentos enlazados con cuerda roja. «He esperado mucho para poder conocerte. Te he leído desde que era niña. Soy la hija de Laura, y vengo a contarte la historia de mi madre…»
Cada día, desde las nueve de la mañana, escribo por encargo de aquella joven. Tengo seguro que será mi última obra. Después, los cuadernos y los lápices pasarán al olvido y yo volveré al refugio del pueblo. Con un hambre voraz releo las cartas y postales de su madre, los sitios que visitó y las historias de amor que tuvo después de aquel verano de mil novecientos noventa y ocho. Puedo estar mirando durante horas las pocas fotografías que me ha prestado su hija y las letras que conserva con mis sueños de juventud. Dicen que con los años los recuerdos son a veces tan borrosos que se convierten en ficción y terminamos por creerlos. Rodeado de prisas y tráfico busco articular con palabras la vida de una chica de pueblo que se convirtió en doctora para después viajar por diversos países y continentes en busca de aquellos más necesitados. Tal vez sea verdad que el aleteo de una mariposa puede causar un huracán en cualquier parte del mundo.

—FIN—

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