ALAS DE MARIPOSA. Capítulo VII. El vestido.

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Texto e ilustraciones por Manuel Molina

Unas semanas después de ver a Laura subiendo a ese taxi en Gran Vía, regreso a la cafetería a primera hora. Para mi sorpresa la señora de sombrero púrpura se encuentra en un rincón tomando un té y leyendo una revista de sociedad. Esta vez viste un abrigo de paño verde y un reloj de oro muy fino. Nos saludamos en el momento que paso a la barra y pido un café con leche para llevar. Como hay poca gente aún, me atienden al instante mientras colocan los vasos en una estantería. Con el calor del café en las manos salgo a la calle y cruzo la acera. Llevo varias noches pensando en esto; estar de guardia en el mismo punto donde vi a Laura caminar a prisa. El día apenas comienza y el frio aún permanece sobre las aceras y el cristal de los escaparates. Busco el refugio de una esquina, exactamente la que cruza con la calle Fuencarral y dejo en el suelo la mochila. Con el paso del reloj, el trasiego de la gente y el tráfico comienza a aumentar. Suenan las verjas de las tiendas al subirse y las conversaciones de teléfono móvil persiguen a los peatones. Sin embargo, por mucho que miro desesperado a los portales o la boca del metro Laura continua sin aparecer.

El pasar de los minutos me produce angustia. Entiendo que, llegados a este punto, es inevitable un nuevo retraso en el trabajo. Sin embargo, no voy a cesar en mi empeño de quedarme allí hasta la hora donde los turistas comienzan a reemplazar a los trabajadores. Una falta más en la oficina tal vez sería el detonante de un expediente o algo peor. Hacía años que mi responsabilidad no se veía tan mermada.

Con la apertura de los comercios a las nueve de la mañana se observa un rápido aumento de gente en la calle. Los taxis cruzan la Gran Vía en ambas direcciones y los autobuses se desbordan. Llevo unas dos horas en la esquina con la mochila al lado de mis pies y las manos congeladas. Entonces veo salir de la cafetería a la señora de abrigo verde que al verme allí plantado niega moviendo la cabeza. Después sonríe, se pone un gorro de lana del mismo color que el abrigo y camina hasta perderse entre los viandantes.

El sonido del móvil desde la mochila no cesa hasta que decido contestar. Es probable que la jefa o algún compañero llame al ver mi silla vacía. Masticando el fracaso de mi plan me agacho hasta el bolsillo donde asoma la melodía irritante. En ese momento, mientras busco el teléfono entre libretas y bolígrafos unas piernas delgadas con zapatillas blancas cruzan a prisa a mi altura. Al levantarme bruscamente el teléfono móvil se me cae de las manos. ¿Era Laura? Como puedo lo meto en el bolsillo de la mochila y persigo a la chica que, adelantando a la gente corre hacia el edificio de Schweppes. Debajo de un abrigo camel lleva un vestido largo que vuela con sus zancadas. El estampado del vestido es de unas mariposas azules. A pesar de intentar alcanzarla, la chica cada vez suma más distancia. Tengo los pies helados y las rodillas parecen no doblarse. Mi suerte cambia cuando uno de los semáforos se pone en verde y varios coches comienzan a pitar al ver que la gente hace caso omiso. La chica se detiene y puedo observar su delgada figura de espaldas. Cuando el muñeco rojo se cambia a verde agarro su brazo antes de que vuelva de nuevo a correr. ¡Laura! Digo desesperado en voz baja. Sin embargo, aquella chica que gira la cabeza al verme coger la manga de su abrigo no es Laura. Con cara de sorpresa y enfado me pide que la suelte pues a pesar de mi decepción, estoy tan bloqueado que sigo agarrado a ella. Le ruego disculpas por haberla confundido y con las manos en alto camino marcha atrás mientras me choco con la gente. Hundido, me voy hacia la pared de la cafetería y hecho un ovillo rompo a llorar. Al levantar la vista de nuevo, veo como todas las chicas que cruzan la calle llevan un vestido de mariposas.

(continuará…)

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