ALAS DE MARIPOSA. Capítulo III. Dos Planetas.

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Texto e ilustraciones por Manuel Molina

Al llegar del trabajo he ido directo a la caja donde guardo los pequeños recuerdos del pueblo. Se amontonan unas fotos de juergas con los viejos amigos, cintas regrabadas de música , regalos de cumpleaños y los gastados libros de poesía. Entre todos estos objetos está guardada la única foto que nos hicieron. Hace tiempo la escaneé en la oficina y plastifiqué una copia, pues se estaba deteriorando y no quería olvidar su rostro de juventud. Estamos en una noche de verano en la terraza del Allí . Ambos sujetamos un vaso mientras ella sonríe a la cámara con su camiseta de rayas verdes. Yo sin embargo la miro serio, no aparto mis ojos de su cabello rubio y de los hoyuelos de sus mejillas. Esa noche Francia derrotaba a Brasil en la final de la copa del mundo de 1998 y nosotros apenas comenzábamos a volar.

Rompo mi propio pacto de no beber una gota de alcohol durante la semana. Me sirvo un whisky y engullido en el sillón del escritorio vuelvo a leer los poemas escritos en diversos cuadernos. Pongo la radio para evitar el ruido que producen los vecinos y bajo las persianas. No paro de recordar aquella noche donde estuvimos juntos por primera vez. Ella había salido con sus amigas y nos encontramos fuera de la discoteca. Los vasos de mini de cerveza y calimocho deambulaban por el asfalto de las calles colindantes. Laura apareció con su prima Mercedes y unas amigas del pueblo. Llevaba la camiseta de rayas verdes y una falda vaquera por encima de la rodilla. En la muñeca, la pulsera de cuerdas azules que le había hecho esa misma tarde en la piscina Municipal. Nos dimos dos besos como si apenas nos conociéramos y pronto el run run de mis amigos coloreó mi rostro de vergüenza. Desde la terraza del bar sonaba a todo volumen la canción Belive de Cher.

La noche transcurrió evitándonos inútilmente hasta que Mercedes me llamó para que nos hiciéramos esa fotografía. Después hablamos sobre cómo nos conocimos y lo idiota que parecí con el codo ensangrentado y medio cuerpo sumergido en la fuente. Le conté que los inútiles intentos no fueron suficientes y que al final mi padre supo que me había vuelto a caer. Ella sin embargo me hablaba de los nervios ante la nueva etapa universitaria y lo que suponía romper el cascarón. Éramos dos planetas distintos a punto de chocar.

La madrugada se echa encima de la mesa del escritorio y al menos he logrado escribir un par de poemas decentes. La protagonista no ha sido otra que aquella señora mayor de la cafetería con sombrero. La he convertido en una metáfora de una ciudad que cada vez entiendo menos. Apenas he cenado y me he bebido dos o tres copas bien cargadas. Con un leve mareo me lavo los dientes frente a un espejo que me escupe las canas y las patas de gallo. Intento dormir con​ los cascos puestos escuchando “Sin que sepas de mí” de Manolo García. Con la mirada fija en el techo blanco de la habitación susurro la letra: Sé que no te alejará la niebla de los días / No hay un sólo motivo por el que quiera olvidarte / Seré, sin molestarte, sin que sepas de mí.”

Eran cerca de las dos de la madrugada cuando Laura se despidió desde la mesa. Sus amigas seguían sentadas, pero ella levantó su brazo hacia nuestro rincón y vi como atravesaba la puerta. Con un alarde de valor inesperado no dudé en salir a la calle. Sin avisar a mis amigos dejé el vaso entero en la barra y atravesé todos los grupos que bailaban aprisionados bajo las luces de colores. La llamé a lo lejos pues su cabello rubio ya comenzaba a perderse por las farolas. Se detuvo en mitad de la acera con una sonrisa que me delató que ella también esperaba. Por el camino hablamos sobre diversos temas sin concluir ninguno. La noche estaba clara y solo se oía la música de los coches con las ventanillas bajadas. Unos minutos antes de llegar a su portal me detuve y nervioso acerqué mi rostro a su cuello. Sin embargo, fue Laura la que sujetando con sus dedos una barbilla que no cesaba de temblar me besó. Aquel verano comenzaría una historia que abrió de cuajo nuestros rumbos.

El sonido del despertador revienta mis sienes y la resaca se hace evidente al ponerme en pie. A tientas desde la mesita busco desesperado la fotografía de aquella noche y observo los rostros gastados por el tiempo. ¿Qué hubiera sido de mi carrera profesional sin haberme cruzado con ella? Tal vez hubiera tenido una vida distinta, más convencional y plácida. Aquel verano hizo trizas mi verdadero sentido del amor, pero también fue el origen de todos los poemas.

(continuará…)

los cascos puestos escuchando “Sin que sepas de mí” de Manolo García. Con la mirada fija en el techo blanco de la habitación susurro la letra: Sé que no te alejará la niebla de los días / No hay un sólo motivo por el que quiera olvidarte / Seré, sin molestarte, sin que sepas de mí.” Eran cerca de las dos de la madrugada cuando Laura se despidió desde la mesa. Sus amigas seguían sentadas, pero ella levantó su brazo hacia nuestro rincón y vi como atravesaba la puerta. Con un alarde de valor inesperado no dudé en salir a la calle. Sin avisar a mis amigos dejé el vaso entero en la barra y atravesé todos los grupos que bailaban aprisionados bajo las luces de colores. La llamé a lo lejos pues su cabello rubio ya comenzaba a perderse por las farolas. Se detuvo en mitad de la acera con una sonrisa que me delató que ella también esperaba. Por el camino hablamos sobre diversos temas sin concluir ninguno. La noche estaba clara y solo se oía la música de los coches con las ventanillas bajadas. Unos minutos antes de llegar a su portal me detuve y nervioso acerqué mi rostro a su cuello. Sin embargo, fue Laura la que sujetando con sus dedos una barbilla que no cesaba de temblar me besó. Aquel verano comenzaría una historia que abrió de cuajo nuestros rumbos. El sonido del despertador revienta mis sienes y la resaca se hace evidente al ponerme en pie. A tientas desde la mesita busco desesperado la fotografía de aquella noche y observo los rostros gastados por el tiempo. ¿Qué hubiera sido de mi carrera profesional sin haberme cruzado con ella? Tal vez hubiera tenido una vida distinta, más convencional y plácida. Aquel verano hizo trizas mi verdadero sentido del amor, pero también fue el origen de todos los poemas. (continuará…)

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