LA ESCOPETILLA DEL CUATRO Y MEDIO

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

El sol, estaba a punto de asomarse por detrás de la “paercilla” que daba a la calle Nueva Iluminado a contraluz, el negro montón de orujo que humeaba como un incendio sin llama al fresco aire de la mañana, deshilachando en girones blancas nubecillas que poco a poco, el viento dispersaba después de flotar ingrávidas durante unos instantes. Al ganar altura, el sol deshizo un mundo de pequeños contrastes de luces y sombras, en el que empezaron a resaltar las brillantes piedras pulidas por los años que alfombraban el patio, un patio que más que brillar, refulgía en esa hora mágica en que la noche y el día se cruzan sin apenas mirarse camino de sus cosas.

Al resguardo del techo del jaraíz, sentado en uno de los brazos de la bomba de trasegar, aguardaba paciente a que los más madrugadores viniesen a servirse el desayuno. Pronto, los silbidos de los tordos empezaron a llenar el lugar; al principio, desde el grueso muro necesitado de enjalbegar, por cuyos desconchones sangraba el adobe rojos hilillos de tierra, luego, cautelosamente, se fueron acercando al montón y comenzaron su búsqueda entre los hollejos. Reposando sobre las piernas, la escopetilla aguardaba su turno. La tarde anterior, había comprado donde “Noteme” una caja de plomillos del cuatro y medio.

Siempre me encantó esa tienda, y a día de hoy, todavía me parece ver a Miguel con sus inefables gafas cada vez que paso por la puerta. –“Andaros con cuidao con la escopetilla, que de una caña de tortasol salió un disparo”.
Al ascender, el sol dejó de herir los ojos, y pude ver con claridad a los gorriones y los tordos dándose el festín, que solo interrumpían cada vez que algún gato recorría el lomo de la pared, momento en el cual, volaban hasta posarse sobre mi cabeza en el tejado de la casa lejos de su alcance, para volver a la tarea una vez el felino desaparecía. Tras mojarlo con saliva, introduje cuidadosamente el plomo en el cañón, y cerré lentamente la escopeta para no hacer ruido. El objetivo eran un par de tordos, o tres o cuatro gorriones, que la tía Pili le preparaba a mi padre.

Por la calle Prim, se dejaba oír alguna galera madrugadora bajando hacia San Pedro. A esas horas, los cascos de las mulas resonaban en el empedrao acompasados con el girar de las ruedas produciendo una música especial. Un “Andante molto tronante” que tanto echo de menos, pero que está grabado en la banda sonora de mi vida. Pronto, Juan Manuel y Antonia empezarían a producir en la churrería Alcázar ese patrimonio de la humanidad que eran sus tallos, desgraciadamente desaparecidos con ellos, y que, en muchas casas significaban el comienzo de un nuevo día. El recuerdo de los tallos me hizo tomar conciencia de que llevaba demasiado tiempo allí sentado, y las tripas al igual que los pajarillos, empezaron a reclamar su ración. Cuidadosamente encaré el arma, y me fijé un objetivo, un tordo particularmente gordito que picoteaba en la parte baja del montón. Hice coincidir la bola del punto de mira con el alza, situando al pájaro en línea, pero en el último momento, decidí disparar contra un horquillo semienterrado que había más a la derecha. El estampido provocó una loca desbandada, y el tejado de la casa de Carlos Garcia Muñoz Fanega, se volvió a poblar de aves.


Si he de ser sincero, el que ha fallado el tiro es el Queche de hoy día 2 de agosto de 2022, y siento decir que aquel día me cobré tres gorriones y un tordo que no me comí, porque la verdad, es que me gustan más vivos, en un amanecer como el de aquel día, en el que jugando a ser mayor aprendí a respetar cosas que no respetaba.

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