FIESTA

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

No cabe aquí, ni es nuestra intención, hacer una glosa de la tauromaquia y las múltiples facetas que esta actividad poliédrica tiene, y que influyen en ámbitos tan dispares como el literario, y el económico, el ecológico y el histórico, el político y el pictórico…Hilos de los que se saca el ovillo de nuestra historia y aún prehistoria, y que han dado en resaltar figuras de dimensiones descomunales en cada uno de los campos mencionados.

Reyes, pintores, literatos, políticos, militares, religiosos, economistas, médicos…Cualquier estrato social ha aportado cientos de protagonistas que han contribuido, mal que les pese a los anti taurinos, a engrandecer la fiesta nacional y a reforzar la argamasa de unión entre los ladrillos que forman nuestra identidad como nación.

Podría nombrar ahora una retahíla de celebridades de carácter universal, que sirviera para reforzar la idea de que la fiesta de los toros, es algo más que el espectáculo cruel que algunos con más ignorancia que conocimiento nos quieren hacer ver. Podría nombrar a Goya, a Lope de Vega, a Lorca, Alfonso X, Jovellanos, Carlos V, Moratín, o Isabel la Católica o Picasso entre otros, pero me da la sensación de que los estaría utilizando como justificación y no quiero. La fiesta de los toros y anoten esa palabra: “FIESTA”, es, o debería ser eso. Llegados a este punto, hemos de hacer alguna precisión.

 Recuerdo cuando era un niño, ir al circo y quedarme ensimismado viendo el número del domador rodeado de fieras a las que, metía la cabeza en la boca, hacia saltar, retroceder, tumbarse, pasar a través de un aro ardiente…y un sin número de habilidades que te ponían los pelos de punta. En silencio, y sobrecogidos, aguardábamos el momento en que un león dijera basta, y se zampase de un bocado a aquel valiente que, armado con un látigo y enseñando los pelos del pecho, hacía bailar a las fieras.

Nunca escuché: ¡Arrímate más al tigre!  o, ¡Ponte un filete en la mano! Conscientes del riesgo pese a nuestra corta edad, nunca exigimos que el protagonista excediera su nivel de habilidad y conocimiento instándole a que se la jugara en aras de un reglamento no escrito. No íbamos a criticar sino a ver, a disfrutar no a sufrir.

Si hacemos un paralelismo entre el circo y los toros, cosa nada descabellada, veremos que las cosas no discurren por el mismo camino de la comprensión y el respeto – ¡Arrímate! ¡Qué poca vergüenza tienes! ¡Qué malo eres! – y lindezas por el estilo, entre las que no faltan alusiones a la familia, brotan de una parte del tendido que, sustentado como la mayoría de las intolerancias en una ignorancia oceánica, tratan de imponer su forma de ver lo que en el ruedo debería estar pasando.

 El torear, el burlar las acometidas del toro que el lidiador provoca, están investidas por derecho propio de una gran emoción y de una plasticidad innegable. Si a esta plasticidad la dotamos de estética, empezamos a aproximarnos a una manifestación artística, y el arte, no es percibido por todos de la misma forma, ni sus protagonistas lo expresan igual. A partir de aquí, surgen los partidarios y detractores de tal o cual torero según la particular concepción que del arte de Cúchares cada uno tenga. Hay toreros artistas, de emociones y arrimón. Toreros lidiadores, pegapases, estoqueadores, valientes y más justos de valor.

De genio e improvisación, o reflexivos. Pasionales que comunican con el tendido, o más fríos; al igual que en un museo donde torean los artistas de pincel, encontramos a Velázquez, El Greco, Murillo, Tiziano, Goya o Tintoretto cada uno con su particular forma de expresar en un lienzo la idea que antes vagaba por su cabeza. Un lienzo en blanco al igual que un toro, son una incógnita para los que a ellos se enfrentan y solo disponen de su conocimiento, y de su inspiración para componer improvisando y adaptándose al momento algo que luego sea del agrado de las miles o millones de almas que contemplarán su obra. En general, nadie va al museo con un tratado de pintura bajo el brazo. Uno, se planta delante de un cuadro, y tras un periodo de observación, concluye si le gusta o no, si aquello le “dice algo” o por el contrario te deja indiferente.

Uno se deja llevar por la emoción si es que esta tiene a bien aparecer; y luego, con más detenimiento busca la proporción áurea, la profundidad de los planos y la perspectiva, la luz de la escuela flamenca, el trazo preciso del impresionismo, o el misticismo de Fra Angélico. Pues bien, a los toros no se debe ir exclusivamente con el reglamento debajo del brazo; ¡vamos a una manifestación artística! en la que, por añadidura el artista se juega la vida. Resulta, que una corrida de toros cuenta con la presidencia de una autoridad competente y su cohorte de asesores (aunque ciertamente algunas veces deja mucho que desear) y sus delegados allí abajo que son los alguacilillos, encargados de que el reglamento se cumpla, pero no hay ningún reglamento escrito como tal, donde se diga cómo hay que torear a un toro porque, para empezar cada toro tiene su lidia, ya que cada ejemplar plantea dificultades y retos únicos, además de evolucionar desde que sale a la plaza, hasta que el último aliento le abandona.

Los toros tienen sus terrenos y sus querencias, y donde no toman ni un engaño, diez metros más allá se tragan una tanda de naturales o derechazos según su condición por un pitón o por otro. Embisten con la cara arriba o a media altura, recortando por un lado y yendo largo por el otro. Pegando gañafones, o arrastrando el hocico por el suelo. Pueden embestir andando, o con trotecillo ligero cuando no pegando arreones. Pueden rehuir la pelea, o entrar cinco veces al caballo. Pueden recular en tablas o pedir guerra en los medios. Pueden pedir la muerte en la suerte natural o en la contraria. Pueden ser bravos con nobleza, o mansos con genio. Pueden tener mucho “motor” o poco. Fijeza o distraídos. Piden ser picados traseros o delanterillos. Pueden esperar y “echar la cara arriba” en banderillas, o pueden acudir francos al encuentro…Vamos, que se pueden dar todas estas circunstancias y muchas más por separado o mezcladas, con lo cual, tenemos una variedad infinita de posibilidades a las que hay que unir las propias características anatómicas y de casta del animal, algo así como su linaje familiar que también influye.

Vamos a añadir el propio estado emocional del diestro, el ambiente de la plaza, y tendremos una tarea nada sencilla por no decir complicadísima. Ahora juzga todo esto reglamento en mano, y tendrás un aficionado intolerante ¡Baja la mano! ¡Cita de frente! ¡No metas el pico! ¡Sácatelo a los medios! ¡Pinchaúvas! ¡Arrímate! y otro montón de lugares comunes que, lo único que hace es demostrar que no sabe nada de nada, y que quiere que todos los toros se lidien igual. Conocen los nombres de los toreros, su lugar de nacimiento, con quien tomaron la alternativa, antigüedad de una divisa y su color. Donde pastan las reses de tal o cual ganadero… datos y más datos, pero no saben ver al toro en la plaza y su evolución que es donde está la dificultad; porque el toro que es el verdadero protagonista, juega sin reglamento.

Estamos en plena temporada taurina, y las grandes ferias, y otros festejos con menos tirón mediático se suceden por toda la geografía nacional y la de nuestros vecinos de Portugal y el sur de Francia. Ya cayeron la de Fallas, la de abril sevillana, la madrileña de San Isidro, vendrán la de Albacete, El Pilar y San Fermín. La de otoño venteña, y un sin número de corridas y festivales salpicadas aquí y allá. Veremos primeras figuras del escalafón, y principiantes que se inician en este dificilísimo mundo de los toros, y desde Daimiel Al Día, pedimos para todos como mínimo respeto. Podrán estar mejor o peor, podrán tener más o menos suerte con sus lotes, podremos ser más partidarios de José Tomás, o de Morante, del Juli o de Roca Rey, pero lo que no nos da derecho al comprar una entrada, es a perder la educación y el respeto por alguien que se juega la vida. Si crees que lo puedes hacer mejor, tal vez deberías dedicarte al toreo. Si crees que sabes lo suficiente, dedícate a asesorar o a apoderar toreros podrías hacerte de oro, pero si te faltan el valor, los conocimientos y la educación, tal vez deberías quedarte en casa. ¡Qué bien se ven los toros desde la barrera!

La plata fría en los labios.

Una plegaria en el beso.

Un buchito de agua fresca.

Un colocar el acero.

Se hace silencio en la plaza,

se tapan los subalternos,

taconea con más fuerza

el corazón del torero.

Entro en el reino del miedo.

La muerte a la puerta llama.

Negro como la parca.

Cinco hierbas me reclaman.

Cara a cara nos miramos…

Te estaba echando de menos

te abro la puerta y hablamos

tú en tu idioma yo en el mío

a ver si nos entendemos…

Que tú siempre andas con prisa

y yo quiero parar el tiempo

y respirar de la brisa

de mi pueblo daimieleño

y trillar con la muleta

en el amarillo albero

con la mano desmayada

lento, muy lento, lento.

Tú, resoplido y pezuña

polvo, baba, furia, fiero…

Yo, parar, templar y mandar

que es la biblia del torero

El triángulo vital.

baricentro de la fiesta.

“patá” alante y femoral

y dejarla siempre puesta.

Cruzarse al pitón contrario

ambos matan por igual.

Pisar terreno sagrado…

Citar enseñando el pecho…

Y a la hora de matar

Ir en corto y por derecho

respetando al animal

No hay otra filosofía

desde Cándido para acá

quien librando a “Chiquilín”

uno de Bornos: “Coriano”.

le mató de una “corná”.

Que ponerse a torear

siempre te alarga la vida

porque se detiene el tiempo,

y se adormece en los vuelos

mientras el fiero animal

roza con el hocico el suelo.

Susurrándote al oído…

tú ves la muerte pasar

 ¡Lento, Luis Miguel… muy lento!

¡vamos a torear!

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