DAIMIEL EN CONCIERTO. EL ORIGEN

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Ángel Vicente Valiente Sánchez

Éramos jóvenes, muy jóvenes. Lo nuestro era vivir, disfrutar y asombrarnos ante las cosas. Ahora, sesentones, canosos y arrugados, recordamos entre la bruma aquellos tiempos de la Terraza del Carmen y de Los Pinos. Para las nuevas generaciones aquellos tiempos son la prehistoria. Para los que tuvimos la suerte de vivirlos representan un momento de gran brillantez y esplendor de nuestro pueblo. No hemos vuelto a ver en Daimiel nada semejante. Vinieron después grandes conciertos, grandes espectáculos de luz y sonido; vinieron las grandes estrellas del momento, pero no superaron la expectación de estos primeros años.


Hay que explicar, sobre todo a los jóvenes de hoy, que entonces no contábamos con las “maravillas” de la televisión, ni con los videojuegos, ni con los ordenadores, ni con los pantalones vaqueros. Por eso cualquier espectáculo era un acontecimiento sagrado, como las tragedias de Sófocles entre los griegos. Una orquesta, el baile (los que podían bailar), la cerveza Calatrava, el traje de los domingos, un cigarrillo. Los conciertos no tenían el sentido que luego fueron adquiriendo con el paso de los años. Todo era un deslumbramiento en las ferias por pasarlo bien (y por conocer chicas).
En la Terraza del Carmen había una pista de baile circular con una fuentecilla en medio, frente al escenario. Habían crecido algunos árboles alrededor del recinto, de tal modo que desde fuera no se podía ver nada. En el exterior estaban las atracciones feriales del parque. Entre ellas, el circo, los avioncitos que subían y bajaban, los churros, el chocolate, los pinchos morunos. Una verja metálica nos recibía, con unos maceteros espléndidos. Y un señor de adusta mirada nos observaba circunspecto para pedirnos la entrada. ¿Qué habrá allí dentro? – nos preguntábamos con inocencia. Oh, la inocencia.

Algunas orquestas dejaron su huella, como Los Blondas. En esa época comenzaron a actuar Los Brujos. No existían al principio las actuaciones de las grandes estrellas de la música pop. Esto se produjo después. Pero de momento era suficiente (y más que suficiente) la actuación de las orquestas que animaban la fiesta. Entonces comenzó a surgir un fenómeno que no ha dejado de renovarse hasta nuestros días: las ferias de Daimiel fueron creciendo en prestigio en toda la provincia, sobre todo en el aspecto musical y en el taurino. No solo por la calidad de los grupos musicales o los toreros sino sobre todo por la respuesta multitudinaria del pueblo. Daimiel era una fiesta.

La memoria borra los hechos anecdóticos y solo conserva las impresiones más duraderas: el asombro, la expectación, el murmullo de la gente, los sonidos de las orquestas. De pronto llegaron Los Módulos, uno de los grupos más rompedores que hemos tenido en nuestro país. Aquel día las entradas en la Terraza del Carmen se agotaron. Muchos no pudimos entrar. No habíamos calculado el abarrotamiento del local. Y nos quedamos fuera. Fue esa, creo yo, una de las primeras actuaciones multitudinarias de las ferias. Vino gente de todos los lugares de la provincia.


La formación inicial del grupo fue Pepe Robles, voz y guitarra; Tomás Bohórquez, teclados; Emilio Bueno, voz y bajo; Juan Antonio García Reyzábal, batería y voz. Pepe Robles había formado parte del grupo Los Ángeles. A mediados de 1969 se conforma el grupo Los Módulos bajo la marca de Hispavox y con la producción de Rafael Trabuchelli. Su primer sencillo tenía en la cara A la canción Ya no me quieres, una balada romántica de extraordinaria calidad compuesta por Pepe Robles. El órgano Hammond de Tomás Bohórquez deslumbra. Después, en 1969, apareció otro single que los haría famosos con el tema Todo tiene su fin. ¿Os los imagináis actuando allí mismo, a vuestro lado? Pocos grupos de esa categoría han pasado por nuestro querido pueblo. Aquel día la Terraza del Carmen, disfrutando y conmoviéndose con estos músicos excelentes, se convirtió en el verdadero origen de Daimiel en concierto.

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