CARTA ABIERTA

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José Ignacio García-Muñoz

Como en tantas ocasiones, me he despertado antes del amanecer, y como tantas otras veces me he entregado a profundas cavilaciones en ese periodo de tiempo que siempre me resulta particularmente productivo; ese tiempo en el que parece que el cerebro procesa todo a una velocidad inusualmente alta, y que los neurofisiólogos achacan a la actividad eléctrica
en la que el cerebro emite a esas horas a caballo entre la oscuridad y las primeras luces, entre el sueño y la vigilia.

El silencio del hogar, la suave respiración de tu compañera en la cama, los pequeños sonidos de la casa, con sus íntimos crujidos y rumores, invitan a la concentración y predisponen la mente para formularse preguntas, y aventurar respuestas muchas veces relacionadas con la rutina diaria, pero también muchas veces, de naturaleza más profunda.

En estas estaba la otra noche, cuando me formulé la pregunta que hoy trato de desentrañar: Tú, ¿por qué te vistes de nazareno? Somos nosotros, en función de nuestras creencias, emociones, conductas, expectativas y experiencias pasadas los que construimos esa realidad imaginada en la que vivimos tal vez cautivos de nuestra creación, y con ello damos sentido a nuestras vidas.


Yo, al igual que muchos de vosotros desde pequeño y bautizado en San Pedro, formé parte de la hermandad de “Los Coloraos” y de “Los Corbatos” porque así lo quisieron mis padres, y porque era tradición familiar. Pese a que con el tiempo mis padres fijaron su residencia en Madrid, cada año acudíamos a la llamada del Jueves Santo, y ocupábamos nuestro lugar también por tradición cerca de La Amargura, y durante mucho tiempo así sucedió, hasta que por diferentes causas un año no salí.


Tal vez el estirón de la pubertad había convertido en pequeña mi túnica de siempre, o la llegada de nuevos componentes a la familia propició la rotación de la misma que fue a parar a manos de otro, no lo sé, el caso es que aquel año no pude salir …y me dolió. A este, le siguieron un montón más sin mi presencia en las filas. No obstante, siempre que he podido, me he acercado, y no son pocas las noches que me han sorprendido de regreso a Madrid después de escuchar El Niño Perdido en el interior del templo al finalizar la procesión.


Decía Sócrates, que el ser humano es un ser social por naturaleza, y el insocial por naturaleza y no por azar, es mal humano o más que humano; el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada para su propia suficiencia, no es miembro de la sociedad sino una bestia…o un dios.
Hoy casi cuarenta años después y habiendo meditado a conciencia mi regreso, me propongo engrosar las filas nuevamente al lado de la Amargura. No, nunca perdí el sentido de pertenencia. No soy ni una bestia ni un dios, y estoy seguro de que no soy ni seré el único que está en un trance similar.


¿Vuelvo por un sentimiento religioso?
El ser humano tiene una implícita «necesidad» de creer, o una «necesidad» de búsqueda del sentido, o la «necesidad» de búsqueda de la verdad última de las cosas. Hay un componente básico no aprendido en el ser humano, que tiene que ver con las preguntas radicales, cuyas respuestas últimas apelan a un dios (un poder, una fuerza, un padre o madre) al cual se está supeditado o del cual se forma parte, como su fundamento.


Parte de la experiencia religiosa, se refiere a los elementos afectivos que provocan determinados fenómenos.
Tenemos tendencia a confundir ser religioso, con ir a misa todos los días y fiestas de guardar, o a rezar el rosario diario, y esto desde mi punto de vista no es así. Tanto más religioso es aquel que se pregunta por la trascendencia de las cosas del espíritu, sin abrazar una religión y su
liturgia más que por tradición familiar sin plantearse más interrogantes, de modo que sí, vuelvo movido por sentimientos religiosos pero los míos.
Durante el proceso de regularización, se me ha solicitado una fe de bautismo.

Particularmente, no tengo ningún problema en aportarla, pero lo considero anacrónico. ¿Acaso un ciudadano de cualquier país puede combatir en Ucrania por sentimiento solidario o de justicia, y un no bautizado no puede desfilar hombro con hombro conmigo, aunque su
sentimiento religioso que no su religión, se lo autorice?
Es más que probable, que todo esto que planteo aquí hoy, os interese “ná y menos” ya que nadie me ha pedido explicaciones, pero si muevo a
la reflexión, aunque sea un poco a una sola persona me habré dado por satisfecho.

También, es posible que todo se reduzca a: Porque me sale de… (aquí que cada uno ponga la ubicación anatómica que considere oportuna), siendo esta una razón mucho más prosaica, pero no menos poderosa. No me he preguntado nunca por qué me visto pero lo hago. Es posible que haya más razones incluyendo los prejuicios en quienes no participan que en quienes lo hacen. ¿Les faltaron un padre o una madre
que les animaran? ¿No había tradición en la casa? ¿No han sentido la necesidad de pertenencia? ¿Su sentimiento religioso no transita por estos lugares?


Que la salud y la climatología nos respeten, y nos respetemos entre nosotros.

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