PREGONCILLO COLORAOS

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José Ignacio García-Muñoz

La sobria y consistente silueta de San Pedro teñida en ocre por un sol que se retira hacia el oeste, se alza como surgida de la inmensa llanura manchega. Vencejos y golondrinas silban en el aire, y se ocupan en capturar los pequeños insectos que la incipiente primavera les brinda.

En las abovedadas entrañas del templo, cientos de nazarenos se afanan en las últimas tareas, y aguardan entre el recogimiento y la expectación el momento de constituir las márgenes del rio rojo y blanco por el que discurrirán la sobriedad monocroma de la Santa Cena, el inmaculado lienzo del Cautivo, el estoicismo del Cristo de la Columna, y la Amargura de una universal madre que impotente, hace lo que cualquier madre haría por su hijo; seguirle hasta la muerte.

Como etéreos alguaciles, las nubes con su panza roja, van despejando camino hacia poniente mientras la noche, a corta distancia va encendiendo los cirios de los nazarenos, prendiendo devoción, tradición, oración, o meditación; cada uno, lo vive a su manera.

Miles de personas pueblan las aceras. Entre ellas, con la mirada encendida iluminando el recuerdo de años de ausencia, los hijos pródigos que un día tuvieron que dejar el pueblo para buscarse la vida, renuevan la memoria de imágenes archivadas en el desván del recuerdo, y las comparan con el presente. ¡Qué diferente todo y a la vez que igual!

El olor de la vieja casa con aroma de rosquillas y flores recién hechas por unas manos que, contaban los minutos para volver a vernos. Las mismas manos que en unos días que pasarán raudos guardarán cuidadosamente en el zurrón que se lleva el viajero, un pedazo de la esencia de su pueblo con el que mantener viva la memoria, el vínculo con la tierra que le vio nacer.  Como una roja cordillera de agrestes picos, los capirotes rasgan al cielo, seguidos por cientos de destellos de raso que llenan el aire de blancos balanceos. En la plaza, el olivo centenario estira sus ramas para contemplar a su lejano pariente a la sombra del cual, Jesús agota rezando sus últimos instantes de libertad antes de ser prendido.

En un angosto callejón, aguarda la emoción contenida de una anónima voz que le canta a la Amargura para hacerse eco de sus penas. Silencio en las filas. Bajo los capirotes, campesinos, pastores, comerciantes…con un nudo en la garganta, escuchan la plegaria triste. Recogimiento, orgullo, devoción, tradición, oración, meditación, cada uno a su manera. Los Coloraos están en la calle.

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