LOS OLORES

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Manuel Molina

La primavera ha entrado con lluvia dejando los campos verdes a ambos lados de la carretera. El viaje se hace largo por el ansia del reencuentro y romper la nostalgia que produce el invierno en sus tardes oscuras de rutina. En el coche la música suena a lo lejos y los cables de la luz pasan
como un pentagrama a cámara rápida. En estos días el pueblo hierve de retornos. Cuando llegas lo primero que te inunda es el olor a «casa». Las paredes blancas son una especie de burbuja donde sabes con certeza que nada malo puede pasarte. Sueltas la maleta y abrazas a la familia
que lleva tiempo esperando en el portal.


Mientras te sientas ante un vermú rojo observas las pinturas de casillas rurales y paisajes llanos que cuelgan en el viejo salón de los abuelos. Esos cuadros te transportan a una época donde solo bastaba seguir el camino de los mayores y no había obstáculos propios de la madurez. Te adentras en esos tejados limpios y suelos de tierra y amapolas que han decorado durante años pasando apenas desapercibidos. Abstraído de la conversación percibes el perfume de las flores que hay en la ventana, el del tapizado del sofá e incluso del vino blanco que saborea tu padre. Es como si todo se detuviera por un momento y las manecillas del reloj de la pared fueran al
sentido contrario.


Al cabo de unos minutos el olor va cambiando y un dulce aroma llega al círculo que se entabla alrededor de la mesa de aperitivos. Te levantas en silencio y acudes a la vieja cocina. Deambulas por esa pequeña habitación de muebles de madera clara que acunan la vajilla de toda una vida. Observas los manteles blancos almidonados y la tinaja de barro donde la abuela guardaba el aceite. Las sartenes cuelgan encima de los fuegos de butano y tocas la tela suave del mandil que cae de la percha detrás de la puerta. Cautivado por el aroma llegas a la despensa donde las cestas y fuentes cargan con las rosquillas que tu madre ha elaborado los días previos al sonido de los tambores. Son como un bodegón del Museo del Prado, con sus formas imperfectas y el brillo que otorga el azúcar. La roscutrera se impone en el centro de la estantería con ese agudo
color miel y cada tentadora bolita de masa que es en sí misma una obra de arte. Un sol de Abril entra por la ventana y te sientas en la pequeña mesa redonda. Escuchas a lo lejos la palpitante conversación que vuelve a inundar la casa. Tú, sin embargo, buscas un minuto de silencio que
te lleve a unos años perdidos, a sentir de nuevo el barniz de la juventud y la infancia. Te acuerdas de los amigos que esperan en los bares y que por el devenir del tiempo has ido dejando atrás. No hará falta más que un simple saludo para retomar las risas de los recuerdos, las viejas conversaciones que son sin duda los clavos que mantienen una amistad añeja.


Te llaman desde el salón y antes de acudir abres el frigorífico. Los cuencos de arroz con leche y arroz en duz parecen un tablero de ajedrez en la repisa. Cuentas las piezas que corresponden a cada uno y faltan días para terminar con tanto postre. Te frotas la barba cada vez más blanca y
sonríes ante el festín. Vuelves al salón y todos te preguntan de dónde vienes. Sin responder, vuelves a sonreír y bebes otro sorbo de vermú. Te fundes en el sillón y esperas que la calle se inunde de gente.

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