SEMANA SANTA ORÍGENES

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José Ignacio García-Muñoz

Para poder conseguir el origen etimológico del término penitente, tendremos que marcharnos hasta el latín y es que deriva de “Paenitens”. Esta palabra a su vez emana del verbo “Paenitere”, que puede traducirse como “arrepentirse”.
Esta palabra puede emplearse como sustantivo o como adjetivo, siempre vinculada a lo que mantiene relación con la penitencia.


Es imprescindible conocer, por lo tanto, qué es la penitencia para comprender el significado de penitente. La penitencia es la compunción o el remordimiento que se siente tras realizar algo malo o que, por algún motivo, se cree que no fue bueno haberlo concretado. El concepto también se emplea como sinónimo de castigo y, a nivel religioso, es el nombre que recibe el sacramento que brinda el perdón de sus faltas cuando éstas son confesados con dolor y bajo ciertas condiciones.

Penitente, pues, es el adjetivo que nombra al sujeto que cuenta con una penitencia o que lleva a cabo la misma. El penitente es quien, tras evaluar su conciencia, se arrepiente de un comportamiento, se confiesa ante un sacerdote y recibe una penitencia por parte de éste.
La penitencia, en este sentido, permite la satisfacción del pecado. Por lo general consiste en una acción que es sugerida por el cura y que el penitente debe concretar para reparar la falta cometida.

Tras indicar al penitente qué debe hacer, el sacerdote puede absolverlo.
Sin entrar en profundidades históricas ni cronológicas, ya que ni mi intención, ni mis conocimientos lo permiten, si se puede decir, que el movimiento que desembocó en la actual Semana Santa (entiéndase como procesiones) y todo su arsenal de manifestaciones, tiene su origen fuera de la iglesia, pero como consecuencia de la vulneración de sus preceptos por parte de quienes cometieran el error de hacerlo.

Efectivamente,quienes incurrían en falta considerada lo suficientemente grave, eran expulsados de la Iglesia y ni siquiera rezar les estaba permitido, tanto menos entrar en los lugares donde se celebraban actos litúrgicos. Rondaban por las inmediaciones de iglesias, suplicando a los fieles que sí podían entrar, rezasen intercediendo por ellos.

Para choque distinguirse de los demás, se vistieron (o se les obligaba) con ropas características (túnicas, lienzos, sayos, capas etc.) que los hacían reconocibles a ojos de los demás. Si uno lee a los evangelistas, podrá comprobar, que ni siquiera ellos (los evangelistas) se ponen de acuerdo sobre las ropas y el color de las mismas con las que vestía Jesús cundo fue juzgado.


La institución inquisitorial no es una creación española. La primera inquisición, la episcopal, fue creada por medio de la bula papal Ad abolendam promulgada a finales del siglo XII por el papa Lucio III, como un instrumento para combatir la herejía albigense en el sur de Francia. En cualquier caso, a los juzgados por delitos contra la Iglesia, se les vestía con unas ropas que colgaban por el pecho y la espalda, llamada “sambenito” (de ahí viene lo de colgar el sambenito) y con un capirote que debían llevar hasta conocer su sentencia, tanto de culpabilidad como absolutoria.

Volviendo a aquellos que fueron expulsados de la iglesia, el caso, es que para lavar sus pecados y hacerse acreedores al perdón, comenzaron a hacer toda suerte de sacrificios y demostraciones como (permítaseme la frivolidad), pasear imágenes de santos, o caminar de rodillas fustigándose etc. etc.

No tardaron en asociarse para hacer más evidente y visible su arrepentimiento, y con la unión, aumentó la posibilidad de incorporar (sufragar) tallas e imágenes varias a las que se encomendaban pidiendo su intersección, y que eran portadas en sus actos de penitencia. No fueron pocos, los que empezaron a dirigir sus ojos hacia esas prácticas, y a mirar con simpatía a quienes formaban tan piadosas procesiones, hecho que no pasaba desapercibido para la iglesia, que veía en estos penitentes una amenaza a su autoridad.

La solución, vino dada por la admisión de tales prácticas, pero en el seno de la iglesia que, consideró a los penitentes como nuevos catecúmenos, pasando así a controlar un movimiento que empezaba a escaparse de su influencia. En realidad, se le planteó a la iglesia una disyuntiva: ¿Cómo prohibir unas prácticas piadosas de quienes buscaban el perdón de sus “pecados” negándoles al mismo tiempo el perdón Si se predica el perdón y el arrepentimiento?, ¿Cómo negárselo a aquellos que tan fervientemente lo solicitan? La evolución hasta nuestros días, ha desembocado en un fenómeno social de dimensión universal en el mundo cristiano.

Para muchos, supone un auténtico ejercicio de recogimiento, oración y penitencia. Para otros no es más que una manifestación de “ecologismo cultural “pero en el fondo, sigue siendo la plasmación de un movimiento solidario y de tolerancia. Nadie sabe quién se esconde bajo el anonimato de un capirote…Todo el mundo es admitido, nadie sobra.

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