LA VIEJA ESTACION (Cuento de Invierno)

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Manuel Molina

Cuando el tren se detuvo en la vieja estación parecía que regresaba de un viaje en el tiempo. Ajeno a los abrazos que se estrechaban en el andén, cogió la maleta y el bolso y aguardó paciente a que el tren se perdiera a lo lejos. El cielo estaba rojizo y un frio seco pinchaba el rostro y las orejas como una nube de alfileres. Habían pasado veinte años desde que no tuvo más opción que aceptar el trabajo y marcharse a La Coruña. Lo intentó decenas de veces y llamó a todas las puertas, pero la burbuja había reventado llevándose consigo toda una generación. La higuera donde de niño se endulzaba después de jugar al fútbol, era un tronco seco y triste clavado junto al muro. Los bancos gastados de madera no aguantaban pasajeros y las farolas teñían de amarillo el asfalto. Las oficinas continuaban cerradas y el reloj detenido en la pared. Solo una pareja de gatos que comía las sobras de la papelera parecía residir allí.

Cuando todos los viajeros cruzaron las vías y los motores de los coches comenzaron a arrancar, él seguía observando la mansión de los franceses. Siempre le había cautivado aquella casa majestuosa de grandes ventanas y tejado en punta. Su color anaranjado destacaba por encima del ladrillo visto y las fachadas de cal. Aquella hermosa vivienda era un pedazo de novela histórica ubicada en las afueras del pueblo.

Al salir de la estación decidió cruzar el parque donde las tardes de verano se hicieron infinitas en su adolescencia. El grabado en aquel árbol conservaba las letras apenas legibles y a punto estuvo de sentarse en el columpio. Sin embargo, una voz familiar le devolvió el pudor y como el niño que es descubierto, se rehízo y comenzó a caminar deprisa. El ruido de un carrito de bebé se mezcló con las ruedas de su maleta y al levantar la mirada la vio. Seguía tan bella como cuando grabaron con una llave sus nombres. Junto a su madre empujaba el carrito de donde un gorro de lana rosa no dejaba de pedir con las manos abiertas. El cruce era inevitable a no ser que alguno decidiera atravesar el jardín. Con furtivos parpadeos observó su melena color miel golpeándole los hombros y aquellos ojos marrones que seguían partiéndole el pecho a pesar de veinte largos años.

Apenas en cuarenta metros de baldosas volvió a aquel joven de rodillas rasgadas que vivía encima de una bicicleta. A las noches en busca de rincones y a un verano infinito que terminó por arrancarles de cuajo la inocencia. Ella continuaba andando tal vez sin conocer aún el rostro que tantas veces acarició sobre la hierba de la piscina. Las primeras confidencias, los sueños aun sin corromper por la edad adulta y las promesas escritas en notas de la biblioteca municipal. Pero llegó septiembre y con él un camino que se bifurcaba por el túnel irremediable de la universidad. Al principio infinidad de llamadas y cartas, de lágrimas y promesas, después, el rio inevitable de la vida.

A pocos pasos de cruzarse él agachó la cabeza y subió hasta la barbilla el bolso de deporte. Ella, comenzó a buscar en el carrito algo que detuviera el llanto de su hija y la espiral de conversación de la madre. No se dijeron nada, y él bajó la calle mientras el Sol se cortaba a la mitad por las azoteas desnudas de su infancia.

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