CARPETAS FORRADAS

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Manuel Molina

El pasado domingo, en la sobremesa, charlaba con mi sobrino acerca de los fines de semana de su generación. Pocas palabras pudimos intercambiar ya que su único interés se centraba en los mensajes de WhatsApp que no paraba de recibir. Plagado de dudas, (como todos a su edad), se enfrentaba a sí mismo para obtener la valentía de pedir permiso y acudir junto a sus amigos a cenar pizza y devorar los mandos de una videoconsola. Concedida la autorización, el mundo adulto se vio resumido a la siesta bajo un sol tibio de otoño que entraba por la ventana. Entonces, engullido por la paz del sofá caí en la cuenta de que los rincones donde mi juventud divagó tardes enteras habían sido arrasados por las modas y los años. No quedaba rastro de aquellos puntos de encuentro que los avances fueron apartando hasta reducirlos a la soledad del cuarto.

Para esta generación tecnológica sería impensable pagar un solo céntimo por una partida de videojuego efímera cuando puedes descargarte con un par de clics las novedades de alta definición. Se difuminó una época donde se mezclaban los bomber reversibles (de moda nuevamente para mi sorpresa) con las botas preñadas de bolsas y los arnés de colores en las presillas del pantalón. Hoy pocos entenderían que mientras los dedos eran destrozados por aquellos botones redondos de colores siempre había algún amigo que, apoyado en la máquina, pasaba las horas muertas dando consejos de como matar al “monstruo”.

En Daimiel cada grupo se diferenciaba (aparte de por el sello de Juan D´opazo o Los Ojos del Guadiana) por su afinidad a San Pedro, Asterix o las Mínimas. Durante los días de semana las carpetas forradas de DiCaprio, Back Street Boys o Dylan, eran el reclamo de los gallitos que usaban camisetas ajustadas “bacalas” y se desplazaban en moto con el ruidoso tubo de escape trucado. Un halo completo de Odiseas giraba en torno a aquellos locales donde se comenzaba a abandonar la infancia entre conversaciones banales y humo de tabaco a 25 pesetas.

Con la música de Camela en bucle, los bancos frente a los futbolines eran las Ágoras donde las historias del aula fluían con inmensa repercusión cual tragedia de Shakespeare. El tiempo no era denso como al sobrepasar los treinta, si no que traspasaba las agujas del reloj y todas las horas eras pocas para seguir charlando en aquellos ventanales de San Pedro.

En los “recre” nunca hacía frio, pues un aire pubertoso recorría el espacio entre máquina y máquina recreativa donde veías con cierta envidia a los veinteañeros de billar por los que suspiraban las dueñas de las carpetas. Que pronto suben y caen los mitos…

Aquellos tres puntos de reunión repartidos en el centro de Daimiel eran universos propios de juventud. Oasis perdidos donde la espera se hacía larga buscando a la propietaria (o propietario) del nombre que habías escrito un millón de veces en la última página del cuaderno mientras escuchabas el sermón del profesor de geografía

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3 comentarios

  1. Que tiempos aquellos!!!! Gracias Manuel por transportarnos un ratito a nuestros aquellos maravillosos años

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