VOLVER A VOLVER

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Por Manuel Molina

Para la mayoría de la gente la llegada del treinta y uno de Agosto es como la última hoja que cae del árbol en otoño. En esa fecha el verano se diluye y las vacaciones van quedando archivadas en el recuerdo de fotografías y videos que a veces volvemos a mirar cuando aparecen las tardes de tormenta. Cuando la lluvia golpea en la ventana uno se queda ensimismado con las olas del mar que grabó con el móvil mientras cae la noche y ya no basta con una camiseta de manga corta.

El trajín retoma su cauce, los vehículos vuelven a los polígonos industriales y los bares tiran café a primera hora de la mañana. Sin embargo, en Daimiel, el treinta y uno de Agosto el pueblo se viste de gala y la luz inunda las calles. Tal vez amamos tanto la vida que renunciamos a cerrar el verano y nos damos una bella tregua. Los primeros días de septiembre el color brilla entre los tejados y el olor a verbena vuela mezclado con el sonido de la banda municipal y los altavoces de las peñas. Es el punto final antes de volver a la rutina, un punto final que nos marca desde que en la niñez bajamos a la plaza a vibrar con el desfile y los míticos cabezudos.

Todos tenemos miles de historias en nuestra memoria, desde la zona joven donde se trazan las risas hasta el amanecer a aquel primer concierto en el auditorio. ¿Quién no se recuerda bajo los focos cantando a plena garganta, metido en una burbuja de la que nunca quisiera salir? Nuestra feria es un regalo, un volver a volver con los amigos de siempre, callejear entre los puestos y abrazarse al peluche gigante de las escopetillas. La infinita sobremesa contándonos la vida, los lugares donde estamos separados a lo largo del año y la nostalgia que nos produce la lejanía.

Los números de la tómbola o el chorro tinto de la bota que riega la garganta entre tinajas de berenjena. Arropados entre los brazos del canguro y el balanceo del barco se chocan las caras conocidas y los ojos de los niños brillan. Apenas hay anonimato y agradecemos la sonrisa que desde el paseo vemos acercándose con los brazos abiertos. Esa aura pertenece a nuestras raíces, al libro propio que cada daimieleño y daimieleña escribe con el paso de los años.

Sin embargo, por desgracia, el pasado septiembre se tiñó de oscuridad, fue como un manto gris que castró el color y la alegría de nuestra feria. Nos quedamos vacíos, se cerraba el verano sin los fuegos artificiales y con la tristeza de esta nube oscura que poco a poco va pasando. En este esperado 2021 tenemos una oportunidad, un volver a volver. Lo ocurrido el año anterior debe quedarse en el camino como esa piedra que intentamos no pisar de nuevo.

Disfrutemos, seamos responsables y valoremos nuestras costumbres, nuestra historia y nuestras raíces. El verano no acaba el treinta y uno de agosto como para la mayoría de los mortales, si no que empieza una explosión de alegría y de luz.

Felices Feria y fiestas.

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3 comentarios

  1. Monchi Aguirre en

    Muy buena esta reflexión. Un abrazo, chicos. Seguid uniendo a los que estamos fuera. Gracias

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