CUBRIR DISTANCIAS:

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Por Miguel Antonio Rodríguez Megía

Detrás de un viaje de cientos de kilómetros en un vehículo actual, es importante para mí, lo que pienso cuando pongo por primera vez un pié en tierra extraña. Siempre me planteo ¿cómo he llegado hasta aquí?; y dependiendo de la importancia histórica del lugar, ¿cómo lo habría
hecho un personaje del pueblo llano como yo soy ahora?, desde mi lugar de residencia, hasta el lugar que he venido a visitar, pero en su época, ¿cómo vivían? y ¿de qué medios disponían?; para ello, me intereso en la gente, costumbres, comidas, medios y el entorno. Ayuda a entender un poco la superficie del carácter de la gente, con la que empiezas a relacionarte. La
distancia geográfica retiene temporalmente “memorias locales” específicas.

Uno de los lugares más recurrentes en mis viajes, es el norte (Cantabria y Asturias), donde no dejo de preguntarme lo que pudo ocurrir en su día, en la “Alta Edad Media”, tras la batalla del Guadalete y la iniciativa de los reyes Astures para comenzar la conquista, de lo que dejaron los Visigodos a merced de los Musulmanes. Una ruptura general a todos los niveles, gentes llenas de incertidumbre, en territorios constantemente en combate con condiciones muy duras, organizados casi en clanes, pero con estructuras visigodas heredadas de la observación romana a pequeña escala, y el pueblo llano lleno de temor y cargas de los señores. Unas veces cristianos, otras musulmanes, otras cristianos sometidos a la servidumbre de un señor
musulmán y a la inversa.

Viendo el medio y el poder de la naturaleza (vegetación y fauna), la geografía y los peligros para un hombre normal, las condiciones serían terribles. La esperanza de vida era de 35 años y
yo tengo ahora 50; la vida me ha concedido más tiempo (y espero vivir más), por mi época. La incertidumbre de hacer el viaje que he hecho en seis horas a lo sumo, duraría lo equivalente a treinta kilómetros al día como muchísimo en zonas suaves con los animales, cargas, arreos y
los caminos en buen estado, quizás más de un mes. Andar ligero o lento no dependía de retorcer el puño a la moto, o pisar el acelerador. Ellos estaban a merced del entorno, el clima, los depredadores, los ladrones e incluso otros peligros (más humanos que divinos).

Aún así salían adelante y disfrutaban en el tránsito, a pesar de estar constantemente alerta, cuidando de sus animales, sus abastecimientos y planeando día a día lo que tenían que cubrir.
Seguro que tenían presente, todo lo que podía truncar sus expectativas en esa jornada. Es decir, que un mes de tránsito y exposición no se lo quitaba a este viajero, más que un acto divino.

El primer paso sería como una zancada habitual, como el que va a trabajar y estoy seguro que en algún momento no muy lejos del inicio, se giraría para poder ver como se hacía pequeña su aldea, con la incertidumbre de volver a verla, una última comprobación del carro, los animales,
enseres y a seguir… Pero ¿quién podría permitirse, parar su vida durante dos meses para ir y volver?, ¿y por placer, como yo?…

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