AGUAS DE AZULEJO

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Manuel Molina

Fotos: Archivo Municipal.

Basta un simple paseo por los caminos para darte cuenta que cada vez son más las piscinas privadas que salpican los campos de Daimiel. Son muchas y variadas las casas que buscan, alejadas del pueblo, un pequeño remanso para las reuniones de familiares y amigos en estos meses que el termómetro alcanza sus cifras más altas. ¿Dónde mejor que en casa? Sin embargo, hace un par de décadas, al llegar las infinitas vacaciones de verano había dos opciones que congregaban a los jóvenes y marcaron una generación. Ambas eran mucho más que un complejo para paliar el sofocante calor y dentro de sus muros verdes se abría un universo.

Ir a la Muni suponía atravesar el pueblo cabalgando una bicicleta a cuarenta grados con la mochila cargada oliendo a bocadillo de chorizo y mortadela. Su principal atracción sin duda era el trampolín donde se organizaban concursos de saltos que solían ganar los mismos, al menos los mismos nacidos en los ochenta. La Muni tenía la etiqueta de “piscina tranquila” tal vez porque una vez llegabas a El Carmen aún quedaba una recta que se hacía eterna y había que decidir si continuar caminando. Los domingos de la infancia son un trayecto en Seat 127 sin aire acondicionado con el maletero cargado de bolsas de refrescos y toallas. Son partidos de futbol en las salas vacías con suelo de goma y carreras en la piscina pequeña.

El Poli tenía otro aroma, algo más canalla y juvenil. Cuando comprabas la entrada lo primero que hacías era abrir las puertas de madera como un cowboy que entra sediento a la taberna. En el pasillo de los pódiums divisabas los grupos sentados en torno a un casete escuchando cintas de Camela, El último de la fila o Mónica Naranjo a máximo volumen. Bajo la sombra larga de un árbol pasabas la tarde jugando a las cartas o guerreando entre amigos como cachorros de león. El pecho se inflaba cuando el grupo de chicas aparecía a lo lejos y nadie era puntual al marcharse a pesar de “soltar los tiburones”. El Poli era largas conversaciones en el bordillo blanco, bajar al suelo de los cuatro metros y los primeros calimochos en la terraza con un absurdo caparazón de adulto. El Sol pintado de la pared del fondo es un dibujo que se repite en mis recuerdos por muchos julios y agostos que arranque del calendario.

Hace tiempo que quería escribir sobre aquellas piscinas municipales que ahora duermen bajo ruinas. Golpeo el teclado sabiendo que en un artículo no cabe todo aquello que se podría contar; las historias de amor, las canciones de verano o la vuelta a casa por el asilo quemados por el Sol. Sus aguas de azulejo fueron testigo de numerosas pandillas que la vida ha ido separando. Resulta difícil narrar la felicidad, los infinitos partidos de futbol sala en las gradas de piedra, la arena de vóley playa, las pistas de tenis o las clases de natación a partir de las ocho de la tarde.

Contemplo las fotografías reveladas en viejos álbumes con aquellos bañadores horteras y niños rodeados de grandes flotadores con cabeza de pato. El Poli y la Muni fueron nuestras islas particulares donde el verano pasaba bajo las hojas de los álamos y el césped húmedo. Sus aguas siempre serán azules…

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Sobre el autor

3 comentarios

  1. Me parece un artículo fantástico, lleno de nostalgia, la cual la generación de los 80′, nos podemos identificar.
    Gran periódico y gran escritor.
    Les felicito.

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