LOS OJOS DEL VIAJERO

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Manuel Molina

Nuestra sociedad agitada y diabólicamente diseñada para el consumo y la absorción de experiencias nos agarra tan de raíz cuando pasamos a la edad adulta, que en el olvido queda la fantasía que siempre nos ayudó a crecer. Con el pasar de las primaveras tengo más claro que una gran diferencia entre la infancia y la madurez son los muros que nosotros mismos construimos para separar etapas de la vida. Nos aterra tanto que el día no esté estructurado y planificado que cuando hay un rato de calma sin ocupar nos susurramos al oído con desesperación «estoy perdiendo el tiempo». A grandes rasgos, hemos dejado de permitirnos mirar  a través de la ventana el caer de la lluvia o dejar pasar la tarde en una silla bajo el sol como hacían nuestras abuelas. Vivimos ahogados en un huracán de información y velocidad, y sin darnos cuenta, las hojas del calendario se desprenden como si de un otoño perpetuo se tratase.

Cuando se es adulto todo se etiqueta con vigencias temporales; los días de vacaciones, las líneas del curriculum, el horario de trabajo, los años de matrimonio… sin embargo, en la infancia los límites del reloj apenas existen. Se viven las experiencias con la fuerza de la primera vez, como si los ojos fueran los de un viajero lejano que camina por ciudades desconocidas que le sorprenden en cada rincón. Por algún mágico  motivo el tiempo se difumina y queda grabado en nuestra memoria, y ahí reside ese don que pocas veces cuidamos cuando las canas van apareciendo. Con nostalgia el escritor Julio Cortázar afirmaba que «después de los cuarenta  la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás».

En la infancia tenemos la maravillosa capacidad de que nada nos parezca «normal», todo es nuevo y está por descubrir, el más simple insecto nos llama la atención y vemos con enorme claridad la multitud de colores en las flores. El tiempo desaparece por que los sueños, por muy lejanos que se atisben, son un camino que aún está por recorrer. No hay cimas difíciles de conseguir, ni prejuicios, cualquier cosa puede transformarse en lo que nuestra imaginación construya. He jugado partidos en la puerta de casa creyendo que estaba en el más abarrotado Santiago Bernabéu. He pintado en libretas de segunda mano las más grandes obras de arte y he descubierto abismos y selvas montado en un caballo de pedales sin apenas salir de Daimiel. En la infancia los amigos no se elegían, llegaban. Al girar una esquina o llegar a una plaza surgían con un balón despellejado o un bocadillo de mortadela para compartir, y entonces, bastaba el poyete de una acera para echar la tarde. Nunca se tuvo la sensación de perder el tiempo y si llegaba aquella nube oscura del aburrimiento se buscaba con ahínco una nueva aventura.

 Sí, no me tachéis de ingenuo,  es cierto que la vida avanza y  las responsabilidades florecen, pero no me confundan, no se trata de vivir como un niño, si no de mantenerlo despierto. Cuidar  esos ojos que filtran la negrura de los días rutinarios y no permitirnos caer en la rueda que nos adormece y nubla nuestro bien más preciado: la imaginación.

A  mí recién llegado amigo  Nicolás Susmozas Garcia.

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