CUANDO UN AMIGO SE NOS VA

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Uno del pueblo

Quedamos desolados, pellizcándonos aún por la inesperada pérdida de uno de los nuestros. Una estrella más en el cielo nos contempla transmitiéndonos sus más puros deseos, sobrados de amor. Es el consuelo que nos reconforta, ya que con absoluta certeza ocupa lugar de preferencia entre los elegidos, cerca del Sol y rodeado por las almas de los justos, siendo él un recién llegado a ese ecuánime universo. Nuestro familiar y amigo, se ganó el cielo. Sin duda.

Se nos ha ido un daimieleño de pro, hombre de valía reconocida por su pueblo, referente humano, modelo social. Y se nos ha marchado sin hacer ruido, fiel a sí mismo hasta el final. De pocas pero precisas palabras, nuestro hermano llegó a la meta de su vida cruzándola como un auténtico campeón. No le incomodó sentirse solo en el centro médico ante el último tramo. Tenía clara la victoria, con los deberes hechos y el apoyo moral de la otra Victoria, compañera durante su vida. El equipo técnico de apoyo formado por sus cuatro vástagos, le acompañó hasta cubrir las tres cuartas partes de la última carrera, siendo apartados por los jueces de la competición, viéndose obligado por tanto a correr el último tramo él solo, seguro de su Victoria y su equipo. Fue una soledad asimilada con naturalidad, aferrado a sus principios, sabedor de que “la muerte no es el final del camino”.

Desolada quedó María al sentirse huérfana de un fiel hijo en Daimiel, aunque complacida de contar cerca, entre los elegidos para la gloria eterna, con uno de los suyos. Sin ruido. En silencio.

A vueltas con la maldita plaga, nos ha tocado sufrir la consecuencia final. Nuestra familia, como las restantes que han sufrido alguna baja inesperada por la pandemia canalla, ya sabe lo que significa la pérdida de uno de sus miembros sin poder acompañar en el adiós. La dureza razonable de la norma, impide asistir a tu ser querido en la despedida. El “bicho” impone durísimas medidas, emocionalmente difíciles de digerir. Aislados en su habitación, tal vez la última mirada que retuviera nuestro querido familiar fuera la del profesional que le aplicara la mascarilla por última vez, postrer contacto humano ante los umbrales de lo eterno, gloria de la que a buen seguro ya disfruta nuestro llorado patriarca, querido más allá de su vinculo parental. Rabia e impotencia, contenidas y paliadas por la entereza, la esperanza y la fé de quienes lloramos su pérdida.

Se nos ha marchado un daimieleño de honor. De pocas palabras, de muchas buenas acciones. De fino sentido del humor ,“sin dudamente”, como persona inteligente que era, ayudó´, aconsejó y orientó, desde su dedicación profesional al público, a muchos de sus paisanos, que han lamentado su adiós de modo muy sentido. Deja vacío humano, pero será imborrable su recuerdo, permanecerá vivo entre nosotros con su legado de bondad. Agradecimiento y sonrisa por haberle tenido en nuestras vidas, donde aún sin verle, seguirá existiendo.

Algo se nos muere en el alma cuando un amigo se nos va. Pero si así lo ha dispuesto, hágase Su Voluntad.

En memoria a mi querido cuñado Pepe, hermano del alma, Pepe Murillo, José González de Murillo Martínez. Todo un señor.

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