CUENTO DE REYES MAGOS

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José Pozuelo

Viajando por un lugar donde no existen direcciones, por un tiempo en el que la arena no cesa de caer de un lado a otro del reloj (no porque nadie le dijera que cuente, si no porque le gusta como sientan los granitos acariciándose entre sí), una estrella curiosa decidió asomarse a nuestro firmamento…

-¡Prodigioso, milagroso, una bendición! -celebró Baltasar en lo alto del imposible equilibrio de su torre de astronomía. Repasó los libros en busca de precedentes. Aquello debía ser un buen augurio, ¡el mejor de todos, sin duda! ¡Una nueva estrella, tan brillante como aquella! Tenía la certeza de que si estaban atentos, anunciaría maravillas nunca vistas por los hombres.

Tomó un pergamino para escribir a Melchor, Gaspar y Paracelso, pero la emoción no le dejaba acertar la pluma en el tintero. Una nueva era. ¿Quién sabe lo que pasará a partir de ahora? Seguro que sus tres amigos magos se habían percatado ya del fenómeno. Efectivamente, antes de que acabara su carta, una de las palomas mensajeras de Melchor se posó en el alfeizar. Desató con mimo el escrito de su pata, le dijo unas palabras al oído en el idioma secreto de los animales y la liberó al aire nocturno de nuevo. Apoyado en la ventana, la vio alejarse con el corazón lleno de gozo. La estrella parecía querer decirle algo desde allí arriba.

Se palpó los bolsillos. Buscó en su gorro. Desistió y chascó los dedos. Todas las velas de la estancia se encendieron. Sus labios se movieron mientras leía con una mano en sus anteojos y otra en el papel. Melchor tenía razón: ¡Debían seguirla!

Apañó un petate con lo necesario para iniciar un viaje del que no sabía nada, más que era vital realizar. Cogió también mirra. Bajó los veinte peldaños de treinta centímetros que separaban los cien metros de la cúpula de su torre con el suelo y salió. Gaspar estaba esperándolo, sonriente.

Lo que deparó su viaje y lo ocurrido después es conocido por todos. No tanta gente sabe, sin embargo, lo que ocurrió al cuarto mago que vislumbró la estrella…

-Ummmm, interesante. Altamente inusual… -Paracelso, el mago, se frotaba la cabeza.

Incrédulo, se sumergió de nuevo en la visión del telescopio. Sin sacar el ojo izquierdo del visor de cobre, tanteó la mesa en busca de una pluma para anotar rápidamente las coordenadas del astro. Requeriría días llevar un estudio detallado de l…

-¡Au! ¡Diablos!

Se había pinchado un dedo con las tijerillas. No recordaba haberlas visto encima de la mesa… una gota de sangre cayó al suelo.

Llevándose a la boca el dedo herido, repasó los títulos de su biblioteca hasta dar con los volúmenes que buscaba. Una lectura exhaustiva, que le llevó toda la noche, no fue concluyente. Se hacían vagas referencias a profecías, que no se repetían de un tomo al siguiente. En los párrafos más alentadores un dibujo a mano de la bóveda celeste era la referencia a seguir. Feas gárgolas, estrellas de David y criaturas retorcidas salidas del fuego poblaban las páginas.

Malhumorado, soñoliento y con el dedo enrojecido salió a la calle. De camino a la taberna, donde había planeado dar un enfoque diferente al asunto por unas horas, algo parecía cambiado… Amanecía.

Despertó sobre su mesa. Le quemaba el aire al respirar y no conseguía sentir que estaba en equilibrio. Hizo memoria… su último recuerdo fue una conversación con una boca casi sin dientes, vieja, una gitana de piel cetrina que se ofreció a curarle el dedo. Receloso, negó con la cabeza.

-La poca limosna que te pida se compensará. Las heridas hechas mirando a las estrellas lo rompen todo desde el cielo a la tierra. -sentenció la anciana.

-¿Cómo dice?

-Trae aquí ese dedo. Por lo que lleves encima, me desharé del mal augurio que te persigue.

-¿Mal augurio? ¡Usted también la ha visto! Dígame que significa.

Su pronunciación era torpe y su no tenía referencias de su propio raciocinio. La interlocutora no se movió; esperaba las monedas. Paracelso buscó en su bolsillo. A pesar de estar repleto, le ofreció cuatro monedas, aún quería tomar algo más. Los discos dorados no hicieron ruido al caer sobre la mano de la gitana. Los inspeccionó, mordió uno y miró a Paracelso:

-¿Es esto todo lo que tienes? No seas avaro ahora, la mancha se cierne sobre ti.

Paracelso no se amedrentó y fue con su mentira hasta el final. Esas triquiñuelas no le sacarían ni una divisa más. Asintió a la gitana y le dijo que pidiera cuanto quisiera mientras hablaban, él vendría a pagar la cuenta más tarde.

-Dame tu mano.

Así lo hizo. Ella la frotó con sus dedos, ora siguiendo los surcos, ora murmurando. Anverso y reverso. Terminado el estudio, le dejó libre. De los pliegues de su vestimenta hizo aparecer un mortero y diferentes hierbas. Paracelso no reconoció muchas de ellas.

-Un mal presagio… sí, sí, muy malo.

-El corte estará bien, dime qué sabes de la estrella.

-No sé nada, más que ha venido a guiar. Ten cuidado con dónde. Tú lo sabes ya.

Empezaba a cansarse de todo aquello. Era palabrería. Aquella mujer no había visto un telescopio en su vida. Se levantó. Su invitada le agarró por la manga, levantando el mortero.

-Bebe.

Deseando que esa bebida le hiciera desaparecer, acabó el contenido en un sorbo y salió sin decir nada. Al volverse, la gitana tampoco estaba. Soñó con una estrella azul toda la noche.

Era de noche otra vez. Como en su sueño. Se abalanzó sobre el telescopio. No ver la estrella hizo que se sofocara intensamente. Buscó de forma intuitiva y luego desbocada dónde encontrarla. Esa noche tampoco durmió. Antes de los primeros rayos de Sol la localizó. Anotó las nuevas coordenadas y cayó rendido.

El despertar trajo cierto alivio. No recordaba haber soñado con la estrella. La idea de que fuera un mal presagio le obsesionaba. Tras días anotando coordenadas y buscando referencias, nada, salvo lo que le dijeron en la taberna, se sabía. El suelo y paredes del observatorio amanecían embadurnados de cera, que formaba dibujos apócrifos. Ánforas vacías y rotas, pergaminos hechos trizas… Se apartó de las gentes, de sus amigos y de todos. La mano del corte estaba toda negra, aquello sin duda tenía que ver con la estrella y la gitana. ¿Cómo es posible que aquella señora supiera algo que él no podía descifrar? A pesar de que dolía, rehusaba ir al médico. Se sabía tocado por la estrella. Sabía que los demás lo sospechaban, recelaban de él. Perdió la cuenta de las noches. La mayoría de ellas ni siquiera subía al observatorio, gritaba al cielo borracho desde cualquier calle.

Una mañana apareció muerto sobre los adoquines de las afueras de la ciudad. En su fría mano gangrenada encontraron una carta. Gaspar le instaba a seguir la buena estrella.

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