EL VIEJO JARDIN

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Manuel Molina

Observaba el viejo jardín desde el balcón donde por primera vez éramos los hombres los que veíamos avanzar la primavera  entre rejas. La tapia del patio interior del bloque de pisos era de un  ladrillo visto anaranjado, con ciertas marcas de humedad en las paredes por el paso de los meses sin inquilinos. En el suelo de aquel patio huérfano de niños jugando al balón, se pudrían entre la lluvia revistas abandonadas y una caja grande de cartón. Justo al otro lado del muro estaba el jardín como una especie de pequeña Alhambra, un oasis que aliviaba el canto agrio  que salía por las noticias de televisión. En el centro de la parcela reinaba una alberca cuadrada con agua verdosa  que daba sustento al retorno de las golondrinas. En el fondo opuesto de mi balcón, junto a la tapia, se encontraba  la caseta encalada  donde una mujer de unos setenta años, de la que jamás supe su nombre, acudía cada mañana sobre las nueve a echar de comer a media docena de gatos. Vestida con una rebeca negra, botas de goma y un pañuelo estampado en la cabeza, dejaba al lado de la puerta, sobre el único pedazo de cemento, tres cuencos de barro con comida y agua. Después, tras encender los grifos y estirar las mangueras se marchaba con ligeros pasos sobre la tierra  agarrada a la lana que le cubría el pecho.

La parra  se enrollaba entre los alambres cuadrados de una estructura metálica, y sus sarmientos  delgados comenzaban a mostrar pinceladas verdes como si una manada de saltamontes se hubiera posado en ellos. El huerto olía a tierra mojada y niebla de diciembre, y en los árboles, cuando el mes de mayo comenzó a calentar las ramas, los pájaros cantaban libres de todo ruido de motor.

Los domingos descalzo sobre las baldosas del balcón, observaba el viejo jardín acompañado por los vecinos que en silencio pasaban la mañana buscando cualquier rayo de sol que bajara por la hilera de ladrillos. Una de aquellas noches soñé que pintaba de manera febril un lienzo donde la primavera arrasaba con cada calle del pueblo como si fuese una ola gigante de flores y brotes verdes. Un paisaje  donde finalmente la naturaleza vencía  a tantas décadas de explotación y el color sepultaba los tonos grises bajo la mirada atenta de un muchacho.

Cuando nos levantaron las rejas y pudimos pisar el asfalto dejé de mirar aquel viejo jardín. Lo olvidé como hemos olvidado tantas cosas en tan poco tiempo. Los aplausos dejaron de sonar y la solidaridad  entre vecinos se marchó como se marcharon las negras golondrinas que volaban sobre la alberca. Somos una especie que ha aprendido a volar sin alas,   y recorremos  los caminos sin sentir el calambre que produce cada zancada al avanzar.  El año comienza a apagarse, y todos queremos una nueva primavera de colores vivos que deje atrás la negrura de los días pasados, el dolor de los que se fueron sin poder despedirse y el frio de los barrotes entre las manos. Si cuando arranquemos la última página de este amargo calendario no somos capaces de guardar el viejo jardín en nuestra memoria, nada habremos aprendido. Será como una leve mancha que emborrona el traje de boda, pero que pasa desapercibida en el ebrio final de fiesta.

Feliz Navidad y próspero año nuevo a todos los lectores de Daimiel al día.

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