El certamen.

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(Cuento de Navidad)

Manuel Molina

No atinaba con el lápiz y en menos de una hora desperdigó por el suelo multitud de bolas de papel. En el techo del baño flotaba una nube turbia de tabaco y el agua de la bañera se estaba quedando fría. Las arrugas de las manos eran surcos gelatinosos y un pico del cuaderno se había mojado de espuma. Su familia llevaba más de un cuarto hora esperando desde que Teresa, su mujer, le avisó tras la puerta de que la cena estaba lista, pero él no saldría sin tener un borrador decente.

Joaquin Cerceño Empeño era el jefe de administración y el año anterior había visto como Amelia Rodriguez Funés conseguía el primer puesto en el certamen de cuentos de navidad. Desde que en el año 2010 el veterano director del departamento de marketing Agustín Fernández Hernández creó el primer certamen de cuentos de Navidad para hijos de trabajadores, Joaquin tenía en su haber cinco primeros puestos y dos segundos contando el obtenido en 2018. La entrega de premios se celebraba en la cena de empresa, antes de comerse el postre, con las gargantas regadas de vino y los aplausos baratos. Para Joaquin, ganar era más que subir al escenario, era demostrar que su hijo podía superar el éxito relativo de sus tres novelitas autopublicadas y un premio local de poesía. La vocación de Joaquin Cerceño era conocida por todos, vendía sus novelas en el despacho a diez euros y cuando un compañero recién incorporado preguntaba, abría el cajón y sacaba un ejemplar ya etiquetado con el precio. En la mesa de la oficina, bajo el cuadro donde lucía enmarcado el primer premio de Poesía Rural Primavera 1997, mostraba orgulloso una fotografía junto a Mario Vargas Llosa en un hotel céntrico de Madrid. La empresa a la cual acudía de ocho a ocho desde hacía veintitrés años, dejó en sus manos el noticiario web y el blog donde Cerceño Empeño escribía artículos relacionados con la agricultura, deporte, empleo y novedades literarias comarcales. Sus cuatro años como concejal de festejos le otorgaron ese plus de fama para estrechar manos por los bares del pueblo y acudir a actos culturales en primera fila. Admirador de Valle Inclán y Julio Verne, se dejaba una barba canosa de tres dedos hasta que la dirección de la empresa le recordaba el filo de las tijeras antes de recibir a clientes de renombre. Vestía con americanas oscuras y corbatas de colores vivos y jamás le faltaba un pañuelo de seda en el bolsillo.

Su hijo Nito (Joaqui-Nito) Cerceño Ortunez pasaba las tardes jugando al balón en la plazuela junto a Raimundo el Araña, el redondo hijo del panadero. A pesar de que su padre le tenía forrada la habitación con libros infantiles y la colección completa de Barco de Vapor, a Nito solo le interesaba aprender el regate de su amado Leo Messi y dejar sentado al Araña en la pista del colegio.  Por imposición, Nito entregaba un resumen al mes de lectura y un relato original, y según la extensión o calidad de este conseguía más tiempo libre para dedicarlo a la videoconsola.

Tras terminarse el bacalao en salsa verde Joaquin colocó a su izquierda los cubiertos y dobló la servilleta. No podía levantarse al baño, que era su verdadera intención, por lo que usó con un cuidadoso disimulo la pantalla del teléfono móvil para retocar su flequillo y ajustar el nudo de la corbata. Cuando la dirección se puso bajo los focos de un escenario improvisado repleto de logotipos corporativos y bolas de navidad, el señor Cerceño Empeño estiró su espalda y tras beber un sorbo de cerveza limpió las comisuras con un pañuelo de papel. Con seriedad y sin contaminarse de la euforia de los compañeros ebrios que no dejaban hablar, Joaquín esperó a que el discurso de agradecimiento terminase y dieran paso a los premiados en los distintos concursos navideños. «Para una empresa como la nuestra, que vive por y para las palabras, que nuestros hijos tengan la ilusión de presentar un cuento cada año es señal de que hay cantera y futuro» dijo la directora general con los labios pegados al micrófono. Las rodillas de Joaquin se retorcían bajo el mantel, y con dos dedos afilaba el bigote esperando los nombres de los vencedores. En la habitación donde se encerraba a escribir después de cenar había una estantería repleta de títulos a nombre de Nito que le cedería una vez se le pasara el pavo y descubriera su vocación literaria. En ese rincón acristalado quedaba aún hueco y desde que desayunó café y pastas de huevo tenía la intuición de que recuperaría el primer premio. La historia del jubilado al cual no invitan a la cena de empresa era buena y tocaba por dentro. Las lágrimas que derramó su mujer cuando la semana anterior Joaquin encargó a Nito leerlo en voz alta era la prueba definitiva de que ese relato aspiraba a campeón. Cuando el niño dijo fin y pidió volver a jugar, Cerceño besó el folio y lo guardó en un sobre que echaría en el buzón a primera hora del día siguiente.

«Vamos a proceder a comunicar los ganadores del diecinueve certamen juvenil de cuentos navideños, pero antes – continuó la directora mirando de reojo a su secretario que sostenía una urna a su lado – para no convertir el certamen en una competición, y que todos los niños y niñas que concursan tengan las mismas oportunidades, se ha decidido desde la dirección general que el premio a partir de ahora se conceda por sorteo».

Fin

Feliz Navidad y próspera nueva década.Manuel Molina.

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