RESACA EUROVISIVA 2026

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Paki García Velasco Sánchez

Aunque este año España no ha participado en esta edición del Festival de Eurovisión dejando a muchos seguidores del certamen un poco huérfanos y con ese gusanillo de esperar los míticos “twelve points” durante las votaciones, el festival ha vuelto a reunir espectáculo, emoción y propuestas musicales de todo el continente, consolidando una vez más su papel como escaparate cultural y fenómeno televisivo internacional.

Con la participación reducida a solo 35 países (la cifra más baja desde 2004), la gran final estuvo marcada por la drástica decisión de España, Países Bajos, Irlanda, Islandia y Eslovenia, de boicotear el evento y renunciar a su emisión en protesta por la inclusión de Israel. RTVE dejó un vacío histórico en su programación del sábado al no emitir la gala por primera vez en 65 años, sustituyendo el festival por un contundente mensaje en pantalla a favor de los derechos humanos y la paz en Palestina. Y es que, en esta 70ª edición y por primera vez, España no formaba parte de Eurovisión como muestra de rechazo.

Aparte de todo eso y como cada año desde que tengo uno de razón, ocurre lo mismo, ya que juramos y perjuramos que no vamos a verlo, decimos que “ya no es como antes”, prometemos que solo pondremos la final y cinco minutos por curiosidad … y de repente, son las dos de la mañana y estamos discutiendo con absoluta seriedad sobre la diferencia artística entre una balada con guitarras láser y una actuación en la que aparece un señor vestido de astronauta u hombre de hojalata así tal cual. Lo de siempre un caos perfectamente organizado y con una variedad de diez, (nota mental mía: que precisamente por eso yo creo que sigue funcionando).

La edición de este año volvió a demostrar que el festival es mucho más que música. Es una mezcla entre competición internacional, reunión de vecinos europeos y terapia colectiva retransmitida en directo. Ya que, y durante varios días, Europa entera se paraliza para decidir cuestiones verdaderamente trascendentales como ver quién desafina menos, qué país ha abusado más de las pantallas LED y cuántos ventiladores industriales son necesarios para mover una melena con dramatismo suficiente para dejarnos boquiabiertos.

Musicalmente hablando, decir que el nivel fue bastante alto, notándose que muchos países llegaron con propuestas más trabajadas y menos: “vamos a poner a cuatro bailarines dando saltos y a ver qué pasa”. Hubo baladas muy potentes, canciones con ritmo perfectamente calculadas para quedarse pegadas en la cabeza durante días, y también ese tipo de actuaciones imposibles de explicar a alguien que no ve Eurovisión. Porque el festival tiene una regla no escrita, y es que cuanto más difícil sea describir una actuación, más posibilidades tiene de convertirse en la favorita del público.

Un año más, uno de los grandes temas de conversación volvió a ser la puesta en escena de todo competidor, y es que, a estas alturas, Eurovisión ya no se gana solamente cantando, ahora hay que aparecer suspendido en el aire, meterse en una jaula gigante o jugar con fuego, cruzando los dedos para que el escenario y los extras no salgan ardiendo. El espectador moderno ya no quiere solo música, no… quiere sentir adrenalina pura como en un sueño raro de esos que te dan después de cenar demasiado.

Y luego están las votaciones… ahhhhh las votaciones, ese momento mágico en el que Europa entera y parte del extranjero, descubren que las matemáticas pueden convertirse en una experiencia emocional y religiosa. Da igual cuántos años pasen, seguimos sorprendiéndonos cuando los países vecinos se votan entre sí como si estuvieran intercambiando cromos: “¡enga, doce puntos para nuestro queridísimo amigo y vecino que pa eso viven al lao!” jajaja, qué casualidad, nadie lo veía venir (nótese la cierta ironía de mi frase).

Asimismo, las redes sociales (y como siempre), jugaron otro festival paralelo. Porque mientras unos comentaban las canciones, otros analizaban parodias, vestuarios o miradas sospechosas donde no las había. Hubo actuaciones convertidas en meme antes incluso de terminar la primera estrofa, y comentaristas improvisados que parecían expertos musicales. Eurovisión tiene esa capacidad única de transformar a cualquier persona en analista cultural internacional durante una noche. También volvió a quedar claro que el festival refleja bastante bien el momento cultural de Europa. Hay espacio para canciones emotivas, mensajes sociales, reivindicación, humor y puro espectáculo. En un mismo escenario conviven propuestas muy serias junto con otras que parecen creadas después de una apuesta entre amigos. Y, curiosamente, ambas pueden funcionar. Esa mezcla es parte del encanto que tiene el certamen.

Al final, Eurovisión sigue siendo uno de esos pocos eventos capaces de reunir a millones de personas para ver algo tan simple como un concurso de canciones. Y quizá ahí esté la clave de su éxito. Y es que pocas cosas unen tanto como comentar una actuación diciendo: “No he entendido nada… ¡pero me ha encantado!”.

Y probablemente por eso seguimos viéndolo cada año, porque Eurovisión no es solo música, es tradición, espectáculo, exageración y un poquito de locura compartida. En otras palabras: ¡es Europa siendo Europa!

Este año hubo actuaciones que parecían videoclips de 3 minutos con presupuesto de película de ciencia ficción y otras que eran puro: “¿qué acabo de ver y por qué me está encantando?”. Algunas de las más comentadas fueron estas:

Este año la encargada de abrir la gala fue Dinamarca con Søren Torpegaard Lund y su “Før Vi Går Hjem” (que dicho así a muchos nos puede sonar algo muy raro jajaja). El tema de electropop cantado en danés está compuesto por el mismo artista junto a Thomas Meilstrup, Valdemar Littauer Bendixen y Clara Sofie Fabricius, y nos habla de las relaciones intensas y casi adictivas entre dos personas, en un entorno nocturno como vía de escape, donde todo se vuelve apasionado, caótico y efímero y las cuales están marcadas por la dependencia.

Pero para sorpresa y con mayúscula, la gran vencedora ha sido Bulgaria, la cual se ha alzado con el micrófono de cristal por primera vez en su historia gracias a la arrolladora actuación de Dara y su tema “Bangaranga”, un tema con una marcha increíble y que bien les ha valido para coronar ese primer puesto en la clasificación. La actuación tenía de todo, desde ritmos casi tribales con una energía desatada, hasta una puesta en escena que hacía que todo tu cuerpo se moviera en el sillón al compás de ese ritmo tan pegadizo. Porque a pesar de que empezaba muy contenida, terminaba siendo un absoluto caos perfectamente calculado con una realización de cámara que iba a mil por hora.

El tercer puesto terminó siendo para Rumanía, una de las grandes sorpresas de la noche gracias al fuerte respaldo del público europeo, especialmente tras una actuación muy teatral y oscura que conectó especialmente con él. Así pudimos ver a Alexandra Căpitănescu con su canción “Choke me”, un tema compuesto por la propia cantante junto a Călin-Alexandru Grăjdan, Elvis Silitră y Ștefan Condrea. La canción interpretada íntegramente en inglés nos habla de una relación intensa y obsesiva donde el amor se mezcla con la dependencia y el control, y en donde la protagonista se siente sin identidad propia buscando en la otra persona una forma de sentirse viva, aunque eso implique someterse a una relación tóxica.

Muy comentada también fue la actuación de Delta Goodrem por Australia (la cual partía como una de las favoritas) con “Eclipse”. Aquello fue Eurovisión en estado puro, un piano enorme, miles de luces brillando, ventiladores industriales trabajando horas extra y una subida de la cantante al final en una plataforma. Vocalmente estuvo impecable y muchos la vieron como una de las actuaciones más “épicas” de la noche.

La propuesta de Finlandia también dio muchísimo que hablar, y es que este año llevó una de esas actuaciones que solo pueden existir en Eurovisión y que, de alguna manera, funcionan perfectamente dentro de ese universo paralelo. Linda Lampenius y Pete Parkkonen llevaron “Liekinheitin”, una especie de tormenta de rock, violines y energía nórdica desatada. La canción empezaba casi misteriosa, con Linda tocando sola entre luces y humo, y de repente aquello explotaba, era imposible apartar la vista, un violín que sonó en directo con unas notas impresionantes, luces rojas por todas partes y una sensación constante de que el escenario estaba a punto de reventar. Una puesta en escena muy eurovisiva en el mejor sentido posible.

Y luego estuvo Reino Unido… que decidió abrazar el caos absoluto con Look Mum No Computer y “Eins, Zwei, Drei”. Aquello era tan exagerado y tan extraño que había dos opciones: odiarlo o adorarlo. Los pobres quedaron fatal en la clasificación, pero sinceramente, Eurovisión necesita actuaciones así para seguir siendo Eurovisión.

También hubo actuaciones más emocionales, como la de Daniel Zizka con “Crossroads”, mucho más minimalista y elegante, mientras otros países parecían intentar recrear el final de una película sobre el escenario, Chequia apostó por algo mucho más sencillo, íntimo y cinematográfico.

Y en plan friki tuvimos al representante de Grecia: Akilas de 27 años y su canción Ferto. El artista vestido de tigre y al cual incluso vimos subido en patinete por el escenario, nos trajo un tema con un mensaje muy emocional que nos habla de ambición, dinero y éxito, pero también del deseo de ayudar a su familia después de haber vivido dificultades económicas. De hecho, una de las partes más comentadas del tema es cuando se dirige directamente a su madre y promete darle una vida mejor.

Y ya si hablamos de Israel, decir que este año su representante fue Noam Bettan, y sinceramente fue una de las figuras más comentadas de toda la edición, tanto por la canción como por todo lo que rodeó su participación.

Su tema, “Michelle”, era una mezcla bastante curiosa de pop dramático, sonidos electrónicos y cierto toque cinematográfico. La canción iba alternando inglés, francés y hebreo, algo que le daba un aire muy internacional y bastante elegante. Musicalmente empezaba casi íntima y melancólica, pero poco a poco iba creciendo hasta convertirse en un tema mucho más intenso y emocional. Eso sí, evidentemente la participación de Israel estuvo rodeada de polémica desde el principio debido al conflicto en Gaza. Mientras unos hablaban únicamente de la canción y de la calidad vocal de Noam, otros veían imposible separar la actuación del contexto internacional.

El resultado fue que Israel acabó convirtiéndose en una de las delegaciones más comentadas de toda la edición. Y a nivel artístico, “Michelle” quedó bastante arriba y muchos coincidieron en que era una propuesta muy sólida, ya que de hecho, Israel terminó en segunda posición, algo que demuestra que la canción conectó muchísimo con parte del público europeo.

Italia, por su parte, volvió a hacer exactamente lo que Italia suele hacer en Eurovisión, aparecer con una propuesta sofisticada, emocional y con una elegancia casi insultante. El representante fue Matteo Bruni (el Chayanne italiano) con el tema “Sotto la Luna”, una canción con clásicas influencias italianas.

Mientras otros países apostaban por explosiones, fuego y pantallas gigantes, Italia decidió confiar en algo mucho más simple, una buena canción, unos cuantos bailarines, una interpretación intensa y esa capacidad italiana para convertir cualquier actuación en algo que parece sacado de una película de autor.

Y ahí estuvo precisamente su fuerza. En una final llena de actuaciones enormes y exageradas, Italia apostó por parar el tiempo durante tres minutos.

Las redes se llenaron rápidamente de comentarios diciendo que Italia había enviado “la canción adulta del festival”, lo cual siempre suena un poco pretencioso, pero en este caso tenía sentido. Era una propuesta mucho más sobria, muy centrada en la voz y en transmitir emoción real en lugar de buscar el impacto inmediato.

Y no me quiero dejar en el tintero lo que muchísima gente llamó uno de los mejores momentos del festival, y no es otro que cuando en uno de los actos de intervalo, Verka Serduchka empezó a interpretar “Volare” de Domenico Modugno, y fue ahí en ese momento donde el estadio entero se unió a ella para así cantar al unísono como un gran coro gigante interpretando este clásico de la música italiana.

Y así bajamos el telón de esta nueva edición de Eurovisión, una noche de música, emoción y espectáculo que, una vez más, volvió a unir a millones de personas frente a la pantalla. Y es que el festival demuestra que sigue siendo mucho más que una competición, es una celebración de la diversidad, la cultura y la pasión por la música. Ahora solo nos queda esperar un año más para volver a escuchar el ya mítico “Good evening, Europe”.

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