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José Ignacio García – Muñoz (Queche)
Les habrá sucedido a ustedes. A mí me ha sucedido, que cuando vamos a emprender un viaje hay un reloj interno que nos despierta antes de que el propio despertador lo haga. En estos últimos días ya lo he sentido varias veces. Es como si alguien hiciese sonar uno de aquellos antiguos llamadores que retumbaban en las puertas de madera antes de que el portero automático los relegara al ostracismo. Suenan en el pecho que son las portadas del corazón. Son señales sutiles, como el estallido de flores blancas que cubre las hasta ese momento desnudas ramas de los prunos. Los últimos bandos de grullas surcan el cielo al atardecer por encima de la Isla del Pan, y el labrador levanta la espalda de la besana, mira el azul con la mano por visera, y se despide hasta el año que viene si Dios quiere, mientras centenares de siluetas como dardos voladores se pierden entre gruidos más allá del horizonte. De pronto, los días son más largos. Multitud de diminutos brotes pugnan por asomar en la punta de los dedos de los adormecidos árboles, y antes de que el viento de marzo apenas borre la efímera nevada de pétalos blancos y rosados que alfombran los pies de los almendros, la Semana Santa se presenta sin hacer ruido.

Dentro de nada, cubriré el recorrido que separa la ciudad donde resido de la que me vio nacer, y por supuesto la señora Semana Santa vendrá conmigo, y como todos los años, nos iremos los dos; primero a San Pedro, donde dejaré que mis ojos revoloteen sin un objetivo concreto posándose en los diferentes pasos, como queriéndome asegurar de nada ha cambiado, que todo está donde debería estar: La Piedad, El huerto, La Amargura, La soledad, El Cautivo, La Cena, El Santo Sepulcro… A continuación nos iremos a Santa María donde entre penumbras, volveremos a ver a los titulares aguardando esplendidos, pacientes, callados, para terminar en La Paz saludando al Nazareno, a la Virgen del Primer Dolor, y a la Verónica.

Hay en esa calle; la Calle Jesús, otro icono de mí Semana Santa. Desgraciadamente, ya no puedo robarle una rosquilla recién hecha a mi tía Pili, ya no podemos abrir el cajón donde la tía Maruja guardaba los barquillos, y ya no puedo aspirar ese olor único que impregnaba la cocina mientras en la sartén crepitaba la masa. Ese icono es la panadería de Astilleros, donde todavía puedo evocar ese olor, y ese sabor. No sé, si su actual responsable es consciente de que con su trabajo hace feliz a tanta gente.

En mi imaginario; que alguno de ustedes con razón puede llamar desvarío, le pongo cara a la Semana Santa, y me la represento como una señora de edad madura, rostro impreciso, pelo largo, y vestida con un manto. Sí, ya sé que no es muy original, y la verdad es que parecería una virgen, pero no lleva corona ni adorno alguno. El caso es, que esta señora, de forma sutil me pregunta si tengo la túnica preparada, si hay gasolina en el cartucho del velón, y si rosario, medalla, guantes, escudo, y cíngulo están en paradero conocido, y anda ya detrás de mí hasta el Domingo de Resurrección.
Yo por mi parte, la entretengo con algo que en estos días se convierte en obsesión: las marchas procesionales, y siempre le pongo las mismas, porque en eso soy un clásico. Había una, hay una, que desde que era un niño de apenas siete u ocho años se ha convertido en mí preferida, pero no me pregunte usted por qué .Se llama “Nuestro Padre Jesús” de Emilio Cebrián Ruiz y Pérez Garrido, a los que nunca estaré suficientemente agradecido porque esa marcha es una parte de la banda sonora de mi vida.


Emilio Cebrián Ruiz fue un compositor toledano creador entre otras cosas de los pasodobles “Churrumbelerias” “Ragón Falez” e incluso compuso una obra para guitarra “Recuerdos a Sevilla”, que estrenó el sin par guitarrista flamenco Manuel Serrapí Sánchez más conocido como “Niño Ricardo”, uno de los que inspiró ni más ni menos que a Paco de lucía.
Emilio Cebrián tuvo una muerte prematura estando en Liria (Valencia) al caer desde un balcón cuando salió a fumar un cigarrillo. Verdaderamente el tabaco mata de muy diversas maneras.


La segunda marcha procesional con que obsequio a mi invitada es “Flagelación” de Valerio Martín. Flagelación sobrecoge cuando es interpretada entre los muros de San Pedro, y hasta las maderas del suelo callan ante esa oración escrita en un pentagrama.
D. Valerio Martín Pingarrón fue director de la banda municipal durante 30 años, y tomó posesión allá por 1904 para venir a traer un largo periodo de tranquilidad a la formación que unos pocos años antes había entrado en crisis. Resulta que con motivo del desfile de la patrona Virgen de Las Cruces (festividad de la Ascensión), al salir esta de la parroquia de Santa María, el público asistente comenzó a protestar por la falta de música debido a la incomparecencia de la banda que sí había tocado dentro. Los altercados pasaron a mayores, y hubo enfrentamientos entre diferentes grupos que se extendieron por todo el pueblo: como los que se arrearon de lo lindo con las velas de la procesión en la calle Virgen de Las Cruces esquina con el Parterre.
D. Valerio Martín también compuso el siguiente de los temas con que obsequio siempre a la señora que yo creo es la Semana Santa: se trata de “Expiración”, una marcha reconocible por cualquiera que se haya echado a la calle al paso de las diferentes cofradías. Valerio expiró a su vez a los 80 años de edad como consecuencia de un derrame cerebral. No sé si fue el noveno de los directores que tuvo la banda, pero al contario que Emilio Caballero(1877) que fue el primero, o Sánchez Valdepeñas o Ramiro Romo que le sucedieron, estos no han dejado obra escrita que signifique tanto para este humilde reportero como D. Valerio.
El broche de oro a mi selección de marchas tiene por título “El Niño Perdido” obra de D. Joaquín Sedano Majan, y se ha convertido en un icono de nuestra Semana Santa, y referencia para la cofradía de “Los Moraos”.

D. Joaquín nació en Daimiel en 1860, y fue sacerdote presbítero en nuestra localidad, habiendo sido director de la escuela municipal de música en 1899.Falleció también en Daimiel el año 1928, y ha dejado en la memoria colectiva esa trompeta que entre dos luces introduce la marcha con que da comienzo la estación de penitencia de la cofradía Nuestro Padre Jesús Nazareno.
Hábitos, música y rosquillas. Reencuentro con olores, con nostalgias, con familia, y con amigos que pese a la edad también pueden ser nuevos. Por supuesto, reencuentro con esa señora que cada Domingo de Resurrección, desaparece en la niebla para volver al año siguiente, y golpear en el pecho con el llamador para preguntarme si tengo preparada la túnica, el rosario, el velón…
