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Paki García Velasco Sánchez
Ahora mismo estoy pensando que, siempre han dicho que las bebidas gaseosas no son muy sanas, que casi mejor tomarlas sin gas y a ser posible sin azúcar. Y es que dichas bebidas en su apariencia parecen inofensivas, ya que abres una lata, escuchas ese glorioso «pssssh» y piensas que todo va a ir bien…y claro, hasta que no nos pasa algo como lo que yo he vivido hoy que nos haga recapacitar con este tema, no nos daremos cuenta de ello. Pues bien, esta misma mañana he podido comprobar en primera persona algo de esto, y os aseguro que se quedan cortos con todas las cosas malas que dicen de ellas.

¡Pero vamos al lio!… Toda la movida ha comenzado este mediodía cuando he ido al frigorífico a coger una cosa que necesitaba, y así como quien no quiere la cosa, detrás de lo que estaba buscando y escondida con premeditación y alevosía, estaba ella… la lata de coca cola con más mala leche (en este caso bebida de cola) que he visto en mi vida. Ya que la muy capulla se ha agarrado como una lapa a lo otro y cuando menos lo esperaba y pillándome desprevenida… ¡ZASSSS!!!! … se ha tirado al suelo y durante una milésima de fracción de segundo y de un engañoso silencio, (es la calma que precede a la tormenta), la muy “condená” (la lata entiéndase), herida en su amor propio y con una rabieta de tres pares de narices, ha decidido vengarse de la humanidad y se ha puesto a regar con su líquido hecho espuma (como una fuente a presión) todo a su paso, y cuando digo todo, es todo…desde los muebles, electrodomésticos, paredes, puerta, techo… e incluso a miiiii… ¡madre mía que poderío gastaba la tía!

Había que ver aquello en vivo, era un espectáculo en 3D digno de una superproducción cinematográfica de esas americanas, un geiser disparando en todas direcciones y en alguna más jajaja.
Joer, para los solamente 33cl que tiene la joía, hay que ver todo lo que ha dado de sí en salpicar y ponerme “sopona”. Y aunque yo, por activa y por pasiva, he intentado detenerla de mil y una formas, ella seguía cabezona dando vueltas sin un respiro, imparable, ahí toa concentrá en el suelo y bailando break dance cual pirindola posesa, “enrabietá”, casi como “endemoniá”.
Y así ha estado un buen rato, hasta que se ha cansado y ha echado el freno “madaleno” al quedarse sin fuerzas y con la panza vacía de tanto escupir tó el veneno que llevaba dentro.

Madre mía, me faltaban manos para agarrar el rollo de papel de cocina, la bayeta, los trapos varios, la fregona o cualquier otro producto de limpieza imaginable, para así empezar a darle un “enjabonao” de arriba abajo a toa la cocina, que falta le hacía después del espectáculo.
Y cuando he terminado de limpiar todo y la habitación ha vuelto a parecer habitable, me ha surgido una gran pregunta y un misterio que la ciencia aún no ha resuelto: ¿por qué un simple bote de refresco contiene tal cantidad de líquido equivalente a la de una pequeña presa hidráulica?… ¡That is the question!!!!…
Ná, misterios insondables de la vida que necesitan un expediente X para resolverlos… Por lo que después de recapacitar y pensar un momentillo en lo que había pasado, hay que pensarse muy seriamente si seguiremos consumiendo más armas mortíferas de estas que carga el diablo.

Lo bueno de esta historia es que al final, lo que empezó con una simple lata de refresco caída, ha terminado convirtiéndose en una anécdota digna de contar, ya que el incidente ha quedado reducido a un pequeño relato y unas cuantas risas. Porque, al fin y al cabo, en los pequeños desastres cotidianos e incluso en los momentos más pegajosos, siempre hay espacio para el humor.
Por eso ahora, cada vez que veo una lata, la miro de reojo, así “soslayadamente” y como diciendo: «nena, ¡mucho cuidado conmigo que sé de lo que eres capaz! … «
