ICONOS

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José Ignacio García-Muñoz

Son recuerdos en blanco y negro, son siluetas, que quedan en la memoria como aquellas verónicas que dispensaba a cuentagotas Curro Romero con su menguado capotillo. Son iconos de un tiempo que ya no volverá. Son imágenes asociadas a un espacio y un tiempo tan corto en la vida de la tierra, en la vida de un pueblo, como largo en la vida de un hombre. Tiempos en los que las galeras con el perrillo atado debajo, compartían espacio con las personas y los remolques.

Tiempos en que los días de mercado se hacían en la calle Prim, y un poco más allá, en la calle Monescillo, se afanaban las operadoras en la centralita para facilitarte (le llamaremos en una hora) la conferencia con el familiar lejano. Tiempos del Teatro Ayala y el “Cinillo”, con sus tiroteos en los que “el muchacho” siempre salía airoso en su pugna con los pobres “indios”. Con sus películas de Tarzán, o de Alfredo Landa. De gaseosa La Pitusa, y de apagones con candil al anochecer. De tertulias a la fresca en las tórridas noches de verano bajo un cielo en el que no cabía una sola estrella más. De comprar perdigones del 4 ½ donde “Noteme”.

De bañarse furtivamente en los albercones, y de visitar las tétricas simas del “Mulillar” en noches de luna llena. Tiempos, de viajar en los trasportines de aquellos grandes dinosaurios negros de Melero, que salían del Paseo de Las Delicias en Madrid y se plantaban en Daimiel en tres horas. Tiempos de feria en el Paseo del Carmen, y de rosquillas, barquillos, flores y hábitos en Semana Santa. De cangrejos en Zuacorta o Flor de Rivera. De compartir con la cuadrilla polvo, costras en las rodillas y pupas en la comisura de los labios.

Pitos y altramuces en la plaza. De caracoles en septiembre, y de interminables noches de labor en las bodegas durante la vendimia. De bañarse en el Azuer, y volver a casa con los calzoncillos manchados de la roja tierra de las márgenes del rio, que delataban nuestras peripecias finalmente premiadas con un “gavillazo” en el culo. Tiempo de bailes en Los Pinos, o de bajar a las profundidades de “La Gruta” con aquella luz violácea que hacía resaltar el color blanco de la ropa tornándolo en fluorescente, mientras los Credence Clearwater Revival entonaban “Hey Tonight”. Tiempos de UHF y del Viti, de Matías Prats y la “selección”.

De los tallos de la churrería Alcázar que deberían haber sido patrimonio de la humanidad, y de los melones tendidos sobre mantas en la acera del mercado. Tardes de pan y chocolate. De noches de frías y casi mojadas sábanas al acostarse. De bocanadas de vaho subiendo hacia los altos techos, y luces temblorosas que se apagaban presionando aquellas perillas que te obsequiaban de vez en cuando con algún latigazo producto de la humedad reinante. De poner la palangana en el aguamanil y llenarlo con la jarra para las escuetas abluciones matinales. De lijarse el culo con el papel “Elefante”, o teñírselo con las noticias del “Lanza” convenientemente deshojado. De bacinillas debajo de la cama y visitas al corral en noches de malestar intestinal. De las gambas con gabardina del “Cortijo”, y las raciones del “Eugenio”.

De los “Coyotes” con trocitos de fruta en la heladería de la plaza, y de los puestos de chucherías portátiles rematados con inmaculados paños blancos y con aquellas tapaderas de cristal debajo de las cuales, aguadaban Sacis, pastillas de leche de burra, regaliz y un buen montón de tentaciones infantiles. Del tiempo detenido en las tardes de agosto mientras los gorriones no se atrevían a salir de debajo de la sombra. Tiempos en que las procesiones las abrían jinetes a caballo mientras mis primos y yo gritábamos: ¡Me le pido! y “La Pava” acarreaba viajeros.

Tiempos de Sonseca, D Gustavo y Doña Pascuala. De D Francisco y D Amable. De Rodríguez Maestre…De Pantaleón “Pantala”, y de Félix “Enséñame la luna”. De “Pepetola” y su yegua que se subía por los tejados. De “Caracol” del que hablé el otro día, y de Carlos Redondo y su hermano “Chule” del que aprendí mis primeros acordes de guitarra flamenca. Del “Lince”, y “Calatraveño”, de D Evelio dirigiendo la banda mientras centenares de nazarenos acompañaban a sus imágenes. De los madrugones en viernes santo para ver en el Altillo “el encuentro” de la Verónica. Tiempos de Rufo, y Floren, a los que recuerdo con especial cariño, lo mismo que a Kiko Moraleda, y a Raimundo el carrero y su hijo Rai. De Manuel Negrillo y la imprenta de Casillas.

De Los Blancos y La Duquesa. Archidona y su droguería. Polainas el carnicero, “Carco” y sus chorizos. Eufrasio el mecánico y la farmacia de Simal… No cabe toda una vida en un trozo de papel, y seguro que no están todos los que son, pero en tardes como la de hoy en las que el cielo se pone mohíno, se me vienen a la cabeza como imagino que a cada uno de vosotros os pasará, los iconos de mi niñez, de un tiempo pasado y muy, muy feliz.

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