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Uno del Pueblo
El toreo de todas las épocas fue desempolvado en La Maestranza por un torero de todas las épocas. Estampas del ayer se volvieron a representar en el albero sevillano a los sones de la Banda del Maestro Tejera, todo desde la dirección e interpretación de un genio de la tauromaquia, con El Cosío bien asimilado en su cerebro.
José Antonio Morante de la Puebla, dió un paso definitivo hacia la gloria, afianzando su cátedra en lo más alto de la pirámide taurina. Para el recuerdo y la memoria histórica quedará la memorable e inolvidable representación artística, más allá de faena, que puso en escena el genio de La Puebla.


El toro “Colchonero”, de la ganadería de Álvaro Núñez debutante en la capital andaluza, contribuyó con su nobleza y bravura a la creatividad del diestro. El artista creó arte, y después de lo visto, sentido y vivido, concluimos que hasta ese 16 de Abril de tarde espléndida, no habíamos imaginado nada igual en un ruedo. No es de extrañar que a partir de esta fecha aflore aún más la afición, sobre todo entre los más jóvenes, que arroparon y de qué forma la sensacional actuación del torero. Los más veteranos, simplemente quedamos absortos por lo contemplado, hecho que aún reafirma más nuestra afición a la tauromaquia.



Primorosa tauromaquia, donde surgió lo bravo, lo bello, lo original, lo creativo, lo ingenioso, lo imaginativo, lo talentoso, lo exquisito, estético, bonito y hermoso. Sinónimos que aún quedan cortos para llegar a reflejar por medio de la palabra escrita aquello que aconteció aquel 16 de Abril en Sevilla. Sueño inolvidable, tauromaquia que los propios toreros sueñan en un Templo del toreo como es la Plaza Maestrante de Sevilla.
Nosotros a través de la pantalla vimos la capacidad de un genio, torero con alma que superó el sentir de quienes colmaban el coso del Paseo de Colón sevillano.
Las diferentes fases de la lidia se escenificaron en el albero de anárquica manera, con intenciones y conceptos solo presentes en la mente del de La Puebla, cerebro privilegiado para almacenar y alternar tauromaquia decimonónica con toreo actual, todo ello desarrollado de un modo personal, de difícil relato para el cronista, modos fuera de serie, fuera de la norma habitual siempre tan respetada por los profesionales.

Lancear de recibo con largas a una mano, con la espalda recostada en la talanquera sin enmendarse, fue el saludo capotero del prodigioso genio sevillano, que disfrutó convencido de sí mismo. Desplegó seguidamente un ramillete de verónicas que enardecieron a la plaza, feliz ante tan exquisita belleza. Remate con capote al hombro, cordobesa de cartel, dio paso a poner al toro en suerte, midiendo con precisión el castigo en varas, después de primorosos lances de tijerillas y toreo de capote de siglos anteriores, que dio paso a un tercio de banderillas desde una silla de tijera prestada por el tendido, con piernas cruzadas, banderillas en alto y tranquilidad hasta el embroque. Un posterior par reunido al estilo más puro enardecía al personal, plaza en pie embriagada de inesperadas e indescriptibles sensaciones, mientras “Amparito Roca” sonaba.


Muleta en ristre, de nuevo tomando asiento en la de tijera, así inició faena el maestro, ayudados por alto y el de pecho ya en pie. Redondos y naturales, vestido manchado, pies juntos, cercanía y valor, pecho por delante naturales de ensueño y olés desde el alma en los tendidos. Adornos y abaniqueos sellaban las tandas, con aún más sentidos olés. No faltó de ná.
No hubo trofeos, paradojas del destino. Los aceros no acompañaron, pero al doblar “Colchonero” los máximos trofeos de la afición presente y enardecida furon escuchados y “sentidos” por un triunfador que había traspasado sentimientos, más allá de orejas o rabos a la usanza tradicional, norma obligada y aceptada por la profesión, como debe ser. Pero dio igual. El pueblo dictó sentencia sacando a hombros por la Puerta Principal, que no la del Príncipe, a un torero que ya ha hecho historia.


La pasión por los toros se desbordó junto al Guadalquivir en aquella tarde, ya para siempre inolvidable para quienes contemplamos aquella indescriptible e inefable representación sobre un albero sevillano por el que han dejado huella los más grandes. Este último, José Antonio Morante de la Puebla, grande entre los grandes.


Éxtasis, belleza extrema, creación artística que supera lo racional. El toreo soñado por los toreros lo patentó Morante. Arte puro, sentimiento, variedad, ingenio, personalidad, valor, regreso al pasado y solvencia sobrada muy del presente. Faena cumbre, actuación memorable que se inscribirá con letras de oro en los anales de la tauromaquia. Delirio en La Maestranza. Apaga y vámonos.


