ESPÉRAME. CUENTO DE VERANO

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Manuel Molina

— ¿Y cómo te va?

— Bueno, ya sabes que es un mundo difícil, pero no me puedo quejar.

— Siempre supe que llegarías, Juan.

— ¿Qué llegaría? No he llegado a ningún sitio Ana, tal vez he asaltado a algunos lectores, pero poco más.

— Tú y tu infinita modestia.

— No es modestia, es realidad. ¿Qué tal tus hijos Ana? ¿Siguen fuera?

— Sí, el mayor está ahora en Chicago, con una beca universitaria de un año. Ignacio está feliz en el instituto con sus clases e investigaciones. No quiero que crezcan tan rápido.

— ¿Quién te lo iba a decir a ti, verdad? La dulce Ana, aquella chica que nunca saldría de estas calles.

— Y así ha sido Juan.

— Bueno, siempre te ha ido bien. Yo me alegraba por ello.

— En realidad, le fue bien a Nacho, yo solo fui una estela paralela.

— Seguro que, para que a él le fuese bien, tú hiciste tu parte. Nunca se llega solo.

— Cierto, pero no quiero recordar. Esos años me siguen entristeciendo. Cambio de tema… ¿Qué escribes ahora?

— Nada, apenas tengo tiempo. Además, empiezo a repetirme a mí mismo. Parezco una especie de IA que plagia mis propios versos. Prefiero hacer como ahora, hablar de mis libros pasados.

— No digas tonterías, Juan ¿Qué tienes que hacer en tus ratos libres que no sea escribir?

En ese momento una pareja de jóvenes, de apenas dieciocho años, se sienta en la mesa de al lado. Él lleva una camiseta blanca de algodón y unos vaqueros cortos. La chica, rubia con el pelo rizado, viste un vestido de flores amarillas y moradas. Ambos piden un café con hielo y una ración de pastel. Parece que han llegado a la terraza del bar por inercia, como si se hubieran chocado con las sillas. Mientras esperan al camarero se besan en el cuello y se ríen.

— La verdadera juventud — murmura en voz baja Ana mientras mueve la cucharita.

— También la tuvimos.

— Y la estropeamos, con ignorancia.

— No digas eso Ana, tuvimos la oportunidad y la aprovechamos a nuestra manera.

— No te convenzas Juan. Yo lo he hecho durante mucho tiempo y no ha servido para nada.

— No me convenzo, es la realidad. ¿Qué habríamos hecho? Yo me pensaba García Lorca y tú querías una vida apacible, tranquila.

— ¿Nunca me preguntaste? Te marchaste a la universidad como alma que lleva el diablo. ¿Crees que yo siempre tuve claro el quedarme aquí?

— Son muchos años Ana, no merece la pena hacernos daño de nuevo. Cada uno ha vivido la vida que ha buscado.

Un camarero con mandil ceñido a la tripa deja dos cafés en la mesa de los jóvenes. Ambos dejan de reírse y como si estuvieran sedientos beben a la vez. Luego ella comienza a hablar mientras el chico la observa acariciándose su propio hombro. De repente los altavoces colocados en los toldos de la terraza comienzan a sonar. Es la canción italiana de Mina Il cielo in una stanza. Los jóvenes se ríen, Juan y Ana los miran.

— Aún guardo esa carta Juan.

— ¿Qué carta?

— ¿No la recuerdas? Aquella carta que me enviaste el último año de facultad. Yo llevaba meses saliendo con Nacho, pero me dijiste que te ibas a Granada. Que una vez terminases la carrera probarías suerte allí. Que necesitabas limpiarte, que tenías que apostar por tus poemas, que era ahora o nunca…

— Lo siento, pero…

— Te acuerdas perfectamente. Ahora no quieras hacerte el chulo. No tienes edad para eso.

— Claro que me acuerdo Ana. Pero aquella carta la escribí desesperado. Ciego de celos. Creo que incluso borracho. Me llegaban comentarios de vuestro noviazgo. “Ana está saliendo con el hijo del prestigioso abogado”, “Nachito” “El figurín”. Te lo prometo, y sabes que con el tiempo fuimos casi amigos, pero en aquel momento lo odiaba, lo odiaba con todas mis fuerzas. Nacho representaba todo lo que detesté en mi juventud.

— ¿Sabes qué? A mí también me llegaban “comentarios”. De tus salidas por Madrid. De tus “amigas de la Uni”, de las juergas infinitas. De que el pueblo se te había olvidado o te quedaba corto…

— Yo quería ser un poeta maldito y era un idiota considerable. Bueno, eso sigo siéndolo. — Juan sonríe y levanta su taza de café que le cubre media cara—.

— No te voy a quitar la razón.

Los jóvenes pagan con tarjeta los dos cafés y la tarta mientras el camarero sostiene el datáfono como si sujetase agua hirviendo. Se levantan y se alejan hasta una Vespa roja aparcada en la acera, a la sombra. El chico la arranca y le cede un casco negro a la joven. Ella se abraza a él y el ruido de la moto se queda sobre el asfalto tapando la canción de Mina.

— ¿Cuándo te vas Juan?

— Mañana en el tren de las once. Esta noche, tras la conferencia iremos a cenar.

— ¿Duermes en la casa de tu familia?

— No Ana, demasiados recuerdos. Además, la casa es ya por completo de mis sobrinos. La editorial me ha reservado una habitación en el hotel y ahí estaré mejor, más cómodo y, sobre todo, menos nostálgico.

— En otro momento quizás te hubiera preguntado el número de habitación.

— No sigas Ana, mejor dejarlo como está. Con este café maravilloso y la certeza de que estamos bien. De que la vida nos sigue, al menos, agradecida.

— Dejémoslo en aquel hotel blanco de Granada ¿no? En aquellas dos noches de verano en que nadie me encontraba, que agarré un tren a escondidas. En el principio de mi final con Nacho. Cuando quisiste olvidar…

— Te ruego que lo dejes Ana, han pasado doce o quince años. Como has dicho antes, hay recuerdos que me entristecen.

Antes de levantarse de la mesa Ana busca en el bolso un sobre y lo pone al lado del monedero y el teléfono de Juan. Es un sobre blanco, abierto, con un sello y una dirección de Granada.

— ¿Qué es esto Ana?

— Es la contestación a tu carta. La que nunca tuve el valor de enviar.

— No la quiero.

— Yo no puedo tenerla en casa.

— Quémala, rómpela. Haz lo que quieras, pero yo no puedo leer ahora esta carta.

— Necesito que lo hagas. Léela cuando quieras, en el tren, de viaje, en tu piso de Madrid… pero necesito que sepas lo que siempre quise haberte dicho y no tuve el valor.

— Han pasado demasiadas cosas entre hoy y la fecha de esta carta. No tiene sentido Ana. Hemos vivido mucho entre medias. Lo siento.

Ana asiente despacio. No hay lágrimas, solo una rigidez repentina en las manos. Agarra el sobre. Juan piensa, aliviado, que se lo guardará en el bolso. Pero no lo hace. Con una parsimonia sobrecogedora, Ana mete los dedos en la solapa abierta, saca el pliego de papel amarillento y, mirándolo fijamente a los ojos, lo rasga por la mitad. Luego lo hace más pedazos que caen sobre el cenicero metálico de la mesa.

— Tienes razón —dice ella con una sonrisa afilada—. Ya hemos vivido mucho. Disfruta de la conferencia, Juan.

Ana coge su teléfono móvil y se marcha sin mirar atrás. Juan se queda contemplando los fragmentos. Una ráfaga de aire caliente del toldo vuelca el cenicero y dos pedazos salen volando hacia el asfalto. En uno de ellos, con una caligrafía redonda y juvenil se alcanza a leer una sola palabra: «Espérame».

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