LO CONSEGUÍ

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Jose María Pozuelo

Esta es la narración de cómo pude escribir esta historia. Un día me propuse dar un paso, y lo conseguí. Pareció sencillo, como si todo el universo fuera cómplice. Me aventuré a dar otro, otro más… concluí que podía caminar a voluntad. La realidad, tan compleja y mucho más poderosa que yo, se plegaba a mi deseo de dar un paso, como si toda la historia pasada fuera un preludio de mi pie al caminar. Julio César luchó y triunfó para que yo diera un paso. El Sol estalló a brillar para que se cumpliera mi voluntad y mi pierna se moviera hacia delante.

Quise recorrer la calle hacia atrás, y lo conseguí; quise pensar en los secretos detrás de las ilusiones de un mago, y lo conseguí; quise rasgar las cuerdas de una guitarra, y lo conseguí; quise debatir inútilmente con un loro y también con un loco, y también con un erudito, y lo conseguí, casi con el mismo resultado en los tres casos; quise leer las mil y una noches, y, tras muchas horas, lo conseguí; quise secarme al Sol después de un chapuzón, y fue asombrosamente fácil; Deseé coger un abrigo un día de frío y, sin ningún esfuerzo lo conseguí. Pensar de esta manera me empoderó, yendo cada vez más lejos.

Siempre que quise, incluso sin tener hambre, pude introducir comida en mí, masticarla, tragarla, y se convertía en mí. Este proceso, que pensado fríamente es casi mágico, por el que un plátano se transforma en un humano, estaba bajo mi control. Y no solo eso, muchos otros procedimientos biológicos dentro de mí, pero con consecuencias fuera, dependían únicamente de mi voluntad.

La precisión es casi infinita y también funciona negativamente; puedo elegir qué forma toma mi garganta para gritar las palabras que elija, y callar las que no me apetece pronunciar. Dije apetece porque en este punto jugaba con esto como un niño, no sería así más adelante.

Soy consciente de que nada de lo narrado hasta ahora es extraordinario, pido paciencia. No he elegido el último ejemplo al azar, ya que me llevó al siguiente paso. En una ocasión, de forma casual, dije unas palabras, que funcionaron como una llave en un mecanismo, que activó a otra persona, que actuó en consecuencia. En otro momento, una carcajada, en una sala amplia, sonó como un trueno y asustó al gato, que salió corriendo y derribó el jarrón.

Las repercusiones de los tirones de la voluntad movían todo el mantel de la existencia. Se volvió entonces mi única obsesión comprobar hasta donde podía llegar. Estaba claro que era el señor dentro de mi cuerpo, no era tan intuitivo saber cuál era mi rol fuera de él. Entonces quise tirar un guijarro por un barranco, lo conseguí y muchos más cayeron tras él. Quise embaucar a mis vecinos, para que se odiaran, y un día, lo conseguí, y en plena calle, se acuchillaron. Quise plantar un árbol, y lo conseguí y alguien me dijo que ahora hay todo un bosque allí, fértil de higos y nueces, que brotan en nuevos árboles porque yo conseguí el primero.

Fue cuando exploraba el papel de mi voluntad en el mundo, en las demás cosas, que me vi presa de mi investigación y ya no hubo vuelta atrás.

Por aquel entonces, una de esas mañanas en que me sentía el centro del universo (y en cierto modo lo era. Todos los puntos pueden y son el centro de su propio universo sin que eso contravenga ninguna ley física), caminaba por la calle y me embriagó la melodía de un violín. Quise acercarme, ver de donde procedía, quizá preguntar cuál era el nombre del disco que la reproducía, y lo conseguí, conseguí simplemente trepar a la reja de la ventana del primer piso, de dónde la música provenía.

En ese instante, sin que aparentemente cambiara nada, cambió todo.

Agarrado a la reja vi unas manos resbalar por las cuerdas, y los bucles de pelo castaño, y los ojos felinos, a medio cerrar, se giraron a mirarme, sin parar de tocar. Entonces, por primera vez, quise, y no lo conseguí… Quise que no me temblaran las piernas, quise que la primera vez que ella me veía no hubiera una lágrima cayendo por mi mejilla sonrosada. Quise que no se me partiera el corazón con el sollozo de su violín, que me hablaba de cosas tan íntimas, que no podía saber ese cacho de madera.

Pero no lo conseguí… era tan hermoso, sobrecogedor, desgarrador, como nada de lo que mi voluntad, con toda su soberbia creía haber logrado. Porque esa música, esa muchacha, se trascendían aunque nadie las oyera ni las viera, su belleza era un fin en sí mismo, y yo solo podía pedirles piedad y agarrarme a la verja de la ventana, gimoteando y adorando la escena, de la que juro que salía un halo que me recordó a todas las vírgenes, madres de la divinidad, que yo hasta entonces no había comprendido.

Entonces quise… ¡Ay Dios mío! quise que ella me quisiera… aún quiero… pero eso, eso nunca lo conseguí…

Todo el sentido que creía haber encontrado en las acciones pasadas se derrumbó, y como sucede con los edificios, algunas partes de la construcción se mantuvieron, quién sabe por qué, de pie tras el derrumbe. Lejos de darme ningún sosiego esto aumentaba la sensación de desamparo, pues no parecía haber ninguna lógica que rigiera ya una existencia, tan vastamente detallada e interconectada, que forzosamente podía sustentarse en el azar. Se entenderá mejor con algunos ejemplos que ocurrieron en mi camino de vuelta desde la reja de la muchacha.

Quise bajar de la ventana, y, aunque con muchísimo más esfuerzo del que esperaba, finalmente, penosamente, lo conseguí. Quise poner rumbo a un lugar seguro para mi cuerpo y mi metafísica, y espoleado por el miedo, lo conseguí. Conseguí temblorosamente dar pasos hasta llegar a la cerradura de la puerta de mi casa, y cuando quise introducir la llave… no lo conseguí.

Tras un segundo, un tercer intento, conseguí acceder, sin embargo, cuando quise dar los primeros pasos, tropecé, y no lo conseguí. Desde el suelo observé como había sido capaz de avanzar unas zancadas, pero en esa, que parecía no diferenciarse en nada de las anteriores, no lo había conseguido. Lo que antes me pareció trivial, totalmente bajo mi control, parecía ahora solo posible con el permiso de Dios sabe qué o quién.

Nada me daba ya cobijo frente a las calamidades de la realidad, sin embargo, la estructura que yo había construido con los ladrillos que obtuve experimentando en ella, sus ruinas, seguían allí; yo seguía en medio de aquella asolada torre desde donde en otro momento creí contemplar un patrón para el todo.

Quise olvidarme de todo esto y volver a mi estado anterior… y no lo conseguí. Un escalofrío me recorrió la espalda, como cuando Sansón sintió el viento en su nuca por primera vez y fue consciente de su pérdida. Quise olvidar la reja, la muchacha, su melodía, su dichoso violín… nunca lo conseguí.

Entendí lo que significaba la expresión «temeroso de Dios» y así, temeroso, como una hoja en el viento, pedí consejos a amigos y familiares.

Hubo un sorprendente y abrumador consenso que parecía centrar las leyes de la voluntad y la capacidad, que yo trataba de desentrañar, en el esfuerzo. Con esfuerzo, me dijeron, los obstáculos podían superarse, dentro de las capacidades humanas (ya en esta formulación había un espacio amplio para la propia refutación, que a mis ojos lo invalidaba todo). No puedo negar que me mostré receloso, casi deseoso de probar mis sospechas de que nada de esto tenía que ver con la consecución de objetivos. No había una ley ¡los que se esfuerzan no siempre lo consiguen, a los vagos les es concedido sin siquiera quererlo! Casos que confirmaran mi contra teoría aparecieron a diario, enumeraré algunos:

Lo primero, aunque quizá no debería haber empezado por ahí, me esforcé genuinamente por olvidar la tarde que vi a la muchacha. No solo no lo conseguí, si no que el recuerdo parecía alimentarse de mi esfuerzo. Mi viejo tío, sin embargo, olvidaba cada vez con más facilidad, y, al contrario, sus esfuerzos por recordar, eran inútiles. Invertí un número vergonzoso de tardes en jugar al baloncesto, para poner a prueba la teoría de mis conocidos frente a mi escasa estatura. El resultado no me sorprendió, sin mucho esfuerzo, la gente naturalmente más dotada para ello, me vencía entre risas de suficiencia.

Digo más, me esforcé terriblemente en comprar unas tierras, y mi vecino recibió la herencia de un familiar lejano y sin mover un dedo, lo consiguió. Seguro que estos ejemplos y otros similares pasan en la vida de todos los hombres, constantemente, compartiendo este patrón inexistente entre esfuerzo y consecución de los objetivos.

Realicé entonces otra ronda de consultas, más amplia, por los bares de la ciudad. Los más campechanos, dados a citar refranes y sabiduría popular, dijeron: «querer es poder». No me voy a detener a explicar por qué la frase no podía ser más falsa; está claro: querer es querer y poder es poder.

La pesadumbre se volvió desesperación ante la imposibilidad de influir en nada, quería y ya no podía, sentí estrecharse mi universo hasta que apenas se entendía más allá de mi piel.

La regresión fue total cuando una tarde, tiré una nota de papel arrugado a la basura y aunque quise acertar, después de todas esas horas de baloncesto, de todo el esfuerzo que puse, de saber que podía, de aplicar todas las lecciones aprendidas a la vez, no lo conseguí; inmediatamente después noté que no podía respirar. La alarma que me generó fue como una cascada mental, que me arrastró, no siendo ya capaz de controlar ni mi propio pensamiento. En ese momento oscuro, sentí la llamada de aquel ignoto violín que había tratado de olvidar.

Corrí, ya no sé ni cómo, ni si era yo el que quería, el que corría. Tras la reja, en esa música, en esos ojos esperaba encontrar respuestas que me dieran paz. Como aquella primera vez que la vi, guiado por la música que aún oía dentro de mi ser y parecía indicarme el camino en el tortuoso callejero de Sevilla, llegué a su ventana. Alocado por la sed de unos mandamientos que pudiera seguir, que me marcaran claramente qué podía o no conseguir, azotado por todos los sinsetidos y la incertidumbre y las nomas que parecían reescribirse a cada paso (literalmente) subí, con verdadera devoción, su reja. Y la vi de nuevo…

La estatua de la Virgen me acogía, con los brazos abiertos. Su sola presencia me dio calma, y creo que pasaron horas hasta que bajé de nuevo la reja. Luego me dijeron que allí nunca había vivido nadie, solo la Virgen, en su altar. Sobre ella, una inscripción que no había visto hasta entonces, me hizo trascender y terminar esta historia, sin motivos, sin leyes, siempre bienaventurado, cuando lo conseguía y cuando no, mi voluntad disuelta en la suya, en la de ella.

«Haced lo que EL os diga» ¡Qué hermoso, que sublime sentido más allá de las razones! ¡Qué somera la lógica frente a la magnificencia de lo que es! Pobres los que no se saben parte del todo, pues, incluso en su resistencia, están en él. Todopoderoso no porque quiere, porque ES, y siempre lo consigue. Lo conseguí.

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