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Ángel Vicente Valiente Sánchez
Si hemos visto la película Cómo casarse con un millonario (1953) de Jean Negulesco, habremos contemplado unas vistas sugerentes de Nueva York. Probablemente estén un poco idealizadas. La gran ciudad aparece como un lugar soñado para cumplir todos los deseos. Aunque esta película no sea un fiel reflejo de la realidad, la verdad es que al menos podemos contemplar a Marilyn Monroe en una actuación memorable, que ensombrece la actuación de las otras dos actrices, Lauren Bacall y Betty Grable. Con su mirada inocente, Marilyn deslumbra, arrebata la cámara, nos provoca una sonrisa constantemente. Además podemos escuchar la banda sonora de Alfred Newman, que a mi modo de ver, es lo mejor de la película.

También podemos encontrar en el cine el lado oscuro, tenebroso, amenazante de la gran ciudad de los rascacielos. Así sucede en la película Mientras Nueva York duerme (1956) de Fritz Lang, uno de los mejores directores de la historia del cine. La resolución de una serie de asesinatos sirve de base para analizar los trapicheos, intrigas, fidelidades e infidelidades del mundo del periodismo. Aquí se dibuja muy bien la ciudad de Nueva York en la noche, con sus bares, sus calles y el “asesino de la barra de labios”. Así pues, tanto la comedia como el cine negro o la comedia musical se utilizan para hacer propaganda de esta gran ciudad. Así se ha hecho desde los principios del cine hasta la actualidad. Hay muchas ciudades importantes, bellas y sugestivas en Estados Unidos, pero ninguna tiene el poder cautivador de Nueva York.
Entre las muchas ciudades de Norteamérica sobresale por diversas razones esta magnífica ciudad. Muchos nombres neoyorkinos nos vienen de pronto a la cabeza: Times Square, Grand Central, Puente de Brooklin, Central Park, la Quinta Avenida, etc.

Nos puede resultar sorprendente, si es que no es subversivo, escandaloso o simplemente descabellado comparar a Nueva York con nuestro querido pueblo de Daimiel. Bueno, pues eso es precisamente lo que voy a hacer aquí, con el debido respeto a Nueva York, que pasa por ser una de las ciudades más visitadas, más alabadas y más deseadas del mundo. Empecemos, pues.
Pasear por Times Square no es pasear por la calle Arenas, eso desde luego. Ahora bien, conviene destacar las cosas que las distinguen. Allí, en Nueva York, los grandes anuncios luminosos, el ajetreo inmenso de gentes de toda procedencia, los perritos calientes, los edificios descomunales, el ruido, miles de turistas mirando hacia arriba. Eso es lo que nosotros no tenemos, pero tenemos el silencio, la tranquilidad, el conocer a la mayoría de nuestros vecinos.
Central Park no es el Parque de Nuestra Señora del Carmen, eso es verdad. Pero nuestro parque tiene más salubridad, porque no está rodeado de un gigantesco bosque de edificios inhabitables, que no producen asombro sino estupor. En Central Park se refugian a diario muchos neoyorkinos en busca de aire, silencio, paz, huyendo del agobio de las grandes colmenas. Estas cosas las tenemos aquí sin el ruido de fondo de una ciudad ensordecedora y amenazante.
El edificio de Grand Central no es nuestra vieja estación de ferrocarril, pero la nuestra es más antigua, más romántica, con un pasado novelesco que el edificio neoyorkino no puede tener, por muy deslumbrante que sea, que lo es.
Nueva York tiene sus distritos o barrios: Manhattan, Bronx, Queens, Brooklyn, Staten Island. Nosotros también tenemos los nuestros: San Isidro, la Paz, la Plaza, etc..

Nueva York tiene una variedad casi ilimitada de razas, culturas, religiones, costumbres e idiomas. Aquí vamos camino de ello.
Sobre todo hay algo que nos distingue de la “Gran manzana”: la historia. Cuando aquí se realizó la gran Motilla del Azuer, es decir, mil años antes de Cristo, Manhattan era solo una isla repleta de castores, osos pardos, ciervos y pelícanos. Es posible que también hubiera algunos indios cazando castores, osos, ciervos y pelícanos. Bueno, pelícanos no. ¿Para qué iban a querer los pelícanos?
Nueva York respira modernidad, edificios, negocios, economía. Daimiel respira historia por todos lados. Una historia larga, densa, interesantísima. Nueva York tiene la mejor propaganda del mundo en el cine, las series de televisión, el mundo digital. Daimiel es una parte importante de la historia de España. Muchos daimieleños desearían ir a Nueva York. Pocos neoyorkinos, desearían venir a Daimiel. Pues bien, esto creo que debe cambiar. Debemos intentar convencerlos de las bondades de nuestra tierra, de la felicidad que produce visitar las Tablas, la Motilla o el Museo Comarcal; el silencio, la paz, la vida campestre. Quizás lo consigamos. En realidad no lo hemos intentado nunca. Al fin y al cabo se trata de dos ciudades, distintas, pero ambas muy honorables. Y amantes de la libertad.

